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Texto de la semana

Pedro César Dominici
(Venezuela, 1873-1954)
El triunfo del ideal (fragmento)
"Todos los días subía la Via Aracoeli, y seguía paso a paso la fatigosa cuesta que conduce al Capitolio, pasando delante de la estatua ecuestre de Marco-Aurelio, de aspecto sereno y confiado, casi amable, sobre su grueso caballo sin bríos ni brusquedades, virtuoso como el filósofo que lo monta; y entraba al museo, a contemplar la Venus inmortal, el Fauno reído y el Gladiador moribundo. Sin embargo, no era allí en donde hubiera deseado admirar esas tres obras maestras; esas galerías llenas de bustos y estatuas numeradas lo ponían nervioso; los hombres no saben ennoblecer las maravillas con que el acaso los ha favorecido; ignoran que esos mármoles forman el fuego sagrado de la futura redención. Esas galerías largas y húmedas, esa fila monótona de esculturas impiden la abstracción imaginativa que es el más bello encanto de un artista, soñar, creer que en esos momentos de supremo placer no se vive, se recuerdan vidas anteriores, tiempos lejanamente entrevistos, eternamente impalpables, flores del deseo. Se imaginaba el sitio que él hubiera hecho construir para colocar esas tres obras, algo así como un jardín misterioso, lejos del ruido enervante de la ciudad, a las faldas de una colina, y allí entre plantas extrañas una fuente de agua muy clara, y encima al arrullo de los pájaros, bajo el cielo azul, el Fauno de mármol rojo que come voluptuosamente su racimo de uvas dulcísimas, pensando en cosas picarescas, meditando una alegre maldad para oír los gritos de las ninfas asustadizas que sumergen sus cuerpos desnudos entre las ondas de un río delicioso. Y más lejos, en un recodo árido y triste, el Gladiador moribundo que ha roto su cuerno y se ha dado la muerte sobre su escudo para no ser esclavo del vencedor. Y después, en una capilla débilmente iluminada, entre perfumes muy suaves, escuchando las vagas melodías de una orquesta invisible, arpegios dolientes, deliciosa música de Gluck, la Venus Capitolina, la Afrodita inmortal, eterno aliento de amor y de belleza. En el museo de pintura, la santa Petronila del Guercino, el san Francisco de Aníbal Carrache y la Sibila de Cuma del Dominiquino eran sus cuadros preferidos. Se explicaba el prestigio de la religión católica, ella ha servido de pretexto a los pintores, como el paganismo produjo las más perfectas esculturas y la más pura arquitectura. Rafael ha conquistado más prosélitos entre los intelectuales con su pincel que los apóstoles con sus evangelios. Y por eso pasaba semanas enteras en el Vaticano admirando a este divino pintor en sus stanze, o iba a la Capilla Sixtina a contemplar con un espejo las maravillas del Juicio Final de Miguel Ángel y los frescos deliciosos de Perugino y Ghirlandajo. Y sin embargo, en la pintura religiosa no encontraba el rastro de suprema nobleza que vibra en las esculturas paganas. Delante del Apolo del Laocoonte o del Perseo, como en todas las obras inspiradas en la religión de los dioses, existe algo que subyuga y eleva el espíritu; en esas cabezas, en esas frentes, en cada gesto, se revela el más bello y aristocrático de los ritos, y el hombre se ennoblece, se siente con fuerzas para emprender obras reformadoras, el alma sueña con cosas majestuosas, cantos de justicia y de belleza, y el ideal se va muy lejos armado caballero, a cumplir las leyes del destino en una góndola tirada por un cisne, nuevo Lohengrin de un reino azul. "

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