El misterio de la historia (fragmento)Jean Daniélou

El misterio de la historia (fragmento)

"Si acabaran así las cosas, tendríamos un cuadro realmente desesperante. Pero no sucede así, ya que a pesar de todas las infidelidades de su pueblo, Jamás se separa totalmente de su viña el corazón de Yavé. Permite que las malas hierbas entren en la viña, que se apoderen de ella, permite que pies ajenos la devasten, pero no puede olvidar que a fin de cuentas esa viña era la suya, y conserva aún en su corazón el amor que un día le profesó. La ha amado demasiado; la ha amado con un amor demasiado absoluto, demasiado irrevocable, para que pueda, aun en lo más profundo de sus envilecimientos, dejar de profesarle algún amor; de la misma manera que un hombre, cuya mujer se ha desviado totalmente, verdad es que no puede ya verla de nuevo, verdad es que está perdida para él, y sin embargo sigue siendo su esposa, y no puede desposarse con otra. Tal es el sentido de la imagen del vínculo que aplica la Escritura a Yavé y a Israel. Por mayores que sean las infidelidades de su pueblo, Yavé permanece siéndole siempre flel. De ahí que desde el
fondo mismo de su infinita miseria, convencida como está de hasta dónde ha llegado la decepción que ha causado a Yavé, la viña se atreve aún a dirigirse a El y a pedirle una vez más que se apiade de ella.
Tal es el sentido del Salmo LXXX, que es algo así como la prolongación del cántico de Isaías, y que nos expresa la persistencia' de la confianza del pueblo, aun después de tantas infidelidades. Tras de haber hecho cuanto ha hecho, se atreve aún a recordarle la alianza, y a decirle que no tiene derecho a abandonarle.
[...]
No hay duda de que produce una muy fuerte impresión el leer este Evangelio tras del Cántico de la Viña. Tras de haber aguardado pacientemente durante 2.000 años, Dios ha enviado al fin a su Hijo en persona, para a fin de cuentas salvar la viña diciéndose: "Al menos a mi Hijo le respetarán". La verdad es que, después de haber sido testigos de la decepción de Dios a lo largo del Antiguo Testamento, asistimos ahora a la suprema decepción. Los Profetas habían fracasado, y el mismo Cristo ha fracasado. Henos aquí en los límites extremos del fracaso, en sus abismos. ¿Quién podrá conseguir algo allí donde ha fracasado el Hijo de Dios? ¿No parece a nuestros ojos este fracaso como algo realmente irremediable? La paciencia de Dios ha llegado a su colmo. He ahí la tragedia de Cristo, que es el hijo del Dueño de la Viña, rechazado por los viñadores, crucificado, tratado como un extraño por su mismo pueblo.
Y sin embargo de este abismo ha de brotar una esperanza, como consecuencia de un cambio absoluto de perspectivas: "Hará perecer de mala muerte a los malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen los frutos a su tiempo."
Este fracaso de Cristo ante el pueblo de Israel, esta tragedia del Viernes Santo en el que vemos a Israel rechazando al que le ha sido enviado, este fracaso va a ser de una manera misteriosa, en los designios de Dios, el modo de que la cepa, que había sido plantada en Israel, reciba de manera repentina una nueva expansión. En realidad, va a producir por primera vez los frutos que de ella se esperaban. Hasta entonces la viña no daba más que agraces. En cierto sentido, desde el punto de vista del pueblo de Dios, todo el Antiguo Testamento no es más que un agraz; apenas si se hallan de vez en cuando algunos frutos menos amargos; hasta ahora la viña de los hombres no ha ofrecido a Dios frutos que haya podido El gustar. Un verdadero fracaso. "



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