Patio descubierto (fragmento)Carlos Maggi

Patio descubierto (fragmento)

"La casa es antigua por fuera y extraordinaria por dentro. A la manera colonial, tiene un patio en el medio y piezas alrededor; pero Jerónimo le impuso su estilo. Del cancel hacia atrás tendió un techo, cerró con una mampara de vidrios y pegó sobre estos papeles imitación vitraux a rombos color crema y rojo. Se atraviesa el za­guán, pues, y al entrar se encuentra uno en ese ambiente penumbroso donde el aire cobra tintes nacarados y huele a tabaco de pipa y a humedad. A la derecha se abre la puerta del fumoir y del otro lado está el dormi­torio de solterón. Ambas habitaciones carecen de venta­nas y no reciben otra luz como no sea la muy pastosa que entra por la puerta que da al hall. Se ve la cama de bron­ce sobre una alfombra roja y su estilo corresponde, por un inexplicable parentesco, a las voituretes dandys de los años veinte; es muy baja, ambos respaldares son de la misma altura y extremadamente sobrios, hechos en caño redondo, perfectamente pulido y bronceado, del calibre de un brazo; pero la gran audacia futurista está en el modo de apoyar: la cama reposa sobre cuatro gran­des bolas de bronce, semejante cada una de ellas a una verdadera pelota de fútbol. Las paredes de la otra habi­tación, la pieza que todos llamamos fumoir, son blancas, pero Jerónimo, según se explica, recortó un cartón to­mando como base la tapa de una lata de café y, aplican­do ese cartón horadado, pintó círculos negros a todo lo ancho y alto de los muros; los grandes lunares se dis­tribuyeron de un modo irregular y provocan un efecto para quien esté entre ellos, mitad modernista del año treinta, mitad mareo astigmático. Sobre esas paredes es­tán colgadas las armas de la colección: sables, espingar­das, trabucos, pistolas de duelo, una lanza de fantasía estilo arábigo, un venablo envenenado, el puñal con ca­bo de marfil y oro que todavía conserva un cierto he­rrumbre que se muestra como la sangre del amante asesinado. Hay una sombrilla japonesa abierta, que cuelga invertida desde el centro del techo, a modo de plafond. El suelo está tapizado con varias alfombras y hay almohadones con paisajes pintados a mano; hay también un inmenso cuero de tigre a rayas amarillas, blancas y ne­gras, que conserva la cabeza, los enormes dientes y los ojos de vidrio, fosforescentes. Sobre una mesa pequeña, un caballero medieval con la armadura completa y su gran espada sostenida ante sí con ambas manos, sirve de encendedor; se le vuelca la cabeza hacia atrás y apare­cen la mecha y la rueda de hacer chispa. Al tío le gus­tan los objetos que figuran una cosa y sirven para otra. Junto a su sillón lo acompaña fielmente una tortuga de cobre florentino a la cual, de tanto en tanto, Jerónimo le pisa la cabeza; el animal levanta entonces su caparazón y Jerónimo escupe dentro; es una ingeniosa salivadera, un mecanismo perfecto y una escultura naturalista de tamaño natural. Pero esto es en el hall, donde está el sillón Monis la mesa bar, la lámpara chinesca y la fal­sa chimenea de madera lustrada con guardafuego de bronce, tras el cual se apilan los pedazos de resma há­bilmente cortados; haciendo funcionar la lamparilla eléc­trica que tienen entre ellos, los trozos de resma simulan ser carbones encendidos y cuando llega visita —nosotros somos visita— Jerónimo se levanta del Monis, deja caer el diario en el suelo y en el momento de invitar a pasar, aprieta la perilla y la chimenea se transforma en una fragua al rojo vivo; lo hace indiferentemente, invierno y ve­rano; se ve que es por el efecto artístico y no por el ca­lor que pueda dar el artefacto. Pero esto es en el hall, decía, porque el elemento más extraordinario del fumoir está entre los dos sillones de pana color borravino. Sobre un archivero de roble de esos de escritorio comercial, con cortina articulada de subir y bajar, está Napoleón; una estatua de metro y me­dio de alto, en uniforme prolijamente pintado; el pan­talón blanco, las botas de charol, el capote gris con sus correspondientes botones y, coronando la testa, el infal­table tricornio. La posición del hombre es la clásica: su mano derecha hundida bajo el chaleco, sobre el pecho, pero en la zurda sostiene, a la altura de la cadera, una lamparilla eléctrica servida por su buena arandela de porcelana y su respectiva llave para apagar y prender a voluntad. El gesto imperial es austero, aunque los labios estén pintados de bermellón, y contrasta con la ocurren­cia festiva de empuñar la luz; mas, porque la bombita está cubierta con una pantallita de raso azul, tan feme­nina. La figura hace pensar en un conspirador de yeso que está por tirar una granada de mano, o mejor: en un enamorado militar que se dispone a volear por sobre el muro una extraña flor, una campánula luminosa. Hasta la altura de la vista, el furnoir, el hall y el dormitorio tienen las paredes cubiertas por un zócalo de estanterías de madera oscura con puertas de cristal; allí se ordena la colección de medallas y monedas, más un sin fin de pequeños objetos sin ningún valor para otro que no sea Jerónimo: mates y bombillas, insignias de clubs deportivos, zapatos de bebés (el primer par que usó cada uno de sus dieciséis sobrinos) alfileres de corba­ta, dijes, piedras de colores, cajillas de cigarrillos, bara­tijas, chucherías, naipes, condecoraciones, la reproduc­ción del Palacio Legislativo en cartón pintado, algunas piezas de ajedrez, el pañuelo que perteneció a Garibaldi. Según se dice, los dos cuartos, el frente, los que es­tán a los costados del zaguán y son más espaciosos, tam­bién tienen estanterías de estas, que no han perdonado un solo metro disponible; pero aunque en tales vitrinas se guarden objetos semejantes, nadie los ha visto, por­que esas habitaciones están llenas de diarios hasta el techo. Jerónimo compra todos los periódicos y varías re­vistas y conserva tales publicaciones; las con­serva, pero no las ordena; va poniendo uno sobre otro los ejemplares desde hace cuarenta ellos, siempre en esas dos piezas del frente y ahora, prácticamente, ya no se puede entrar. Él está sentado en su sillón y lee noticias que no le interesan y fuma su pipa y de tanto en tanto escupe una saliva negra en el centro mismo de su tortuga de cobre florentino. Está hundido en el sillón Morris, con la luz de la lámpara chinesca viniéndole de atrás, casi invisible en la penumbra, y el hall y la casa van quedándose vados. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com