Nadar desnudas (fragmento)Carla Guelfenbein

Nadar desnudas (fragmento)

"Todos los días, desde que Sophie partió a París, Diego le envía una carta. Y cada mañana, sesenta y tres hasta ahora, despiertan con la esperanza de recibir de ella una palabra, un dibujo, lo que sea. En el muro de la cocina, el calendario se hunde bajo las cruces desalentadas de Diego que marcan los días sin respuesta.
Rodeados por peumos, palmeras y magnolios, Diego y Morgana, en la inmovilidad de la tarde invernal, leen en una banqueta del parque. Ella, con los pies recogidos, tiene la cabeza sobre el regazo de Diego. Levanta los ojos de su libro de estudio y observa el follaje traspasado por la luz. Una pequeña panza despunta de su vestido. A lo lejos los queltehues, con sus gritos desapacibles, anuncian lluvia.
Morgana piensa en Sophie. Piensa en ella todo el tiempo. Recuerda una ocasión en que con un tono misterioso, Sophie le dijo que temía encontrarse en una misma mirada con un pájaro y un muerto. Como tantas otras veces, tuvo la impresión de que apenas lograba asir el fragmento de una composición mucho más amplia y compleja, que tal vez ni Sophie alcanzaba a abarcar cabalmente.
Piensa también que lo que las unió y las une es que ambas saben que la única forma de sobrevivir es extrayendo de todo su gota de belleza. Si quiere conservar vivo su vínculo debe persistir en su afán por buscar esa pizca de eternidad que está oculta en las cosas y que Sophie intentaba atrapar en sus jaulas. Esta es acaso la única certeza que tiene en este charco de incertidumbres.
Ya no quiere volver a su libro, a todas esas teorías y conceptos que intentan organizar la poesía. Observa las paulonias, cuyas ramas se abren sobre un fondo que parpadea. En el pasto, un chico hace bailar una pelota de fútbol. La desliza de la rodilla al hombro, del hombro a la punta del pie, y la atrapa en el instante preciso en que una música irrumpe desde lejos y las nubes llenan la cavidad del cielo.
—Preciosa, ¿no tienes frío? ¿No quieres que volvamos? —le pregunta Diego mientras despeja su frente.
Morgana niega con la cabeza, pero antes roza con los dedos el centro de su boca.
—Amor —dice él—, hace mucho tiempo que debí contarte esto.
Se hace un silencio. Las briznas de pasto se agitan con el aire de la tarde.
—Sophie pasó parte de su adolescencia en un hospital siquiátrico —continúa—. Intentó suicidarse varias veces. Al cabo de unos años, una doctora dio con los medicamentos que necesitaba. Pero siempre pesó sobre nosotros el temor de que volviera a intentarlo.
—Ese era su secreto.
Diego asiente silenciosamente. Morgana recuerda las muñequeras que aun en la piscina usaba Sophie, siempre de colores, pintadas por ella misma, como pulseras vivas. Un dolor sólido le golpea el pecho. Se estremece, al tiempo que a lo lejos las sirenas le recuerdan que todo se precipita hacia un futuro incierto. "



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