Felicidad (fragmento)Emilio Carballido

Felicidad (fragmento)

"Tarde que avanza. Fuente y pájaros. Entran apresuradamente, como perseguidos Emma y Mario. El ya no trae barba, viste mejor, ya no usa bastón. Se detiene porque él está mascullando algo; saca un papel y anota.
EMMA.-¿Qué estás escribiendo?
MARIO.-El número. Esto no va a quedarse así.
EMMA.-Ay, Mario, Vámonos.
MARIO.-No, no faltaba más. Vamos a sentarnos.
EMMA.-Pero Mario...
MARIO.-Vamos a sentarnos. No somos unos niños, ¿no? No hay por qué huir.
EMMA.-Mejor vámonos.
MARIO.-No. El que huye es porque debe, siéntate.
EMMA.-Bueno, como quieras.
Se sientan. Un silencio.
MARIO.-Qué bueno que tomé el número. Ahora están muy estrictos.
EMMA.-Ya no pienses en eso. ¿Te gustó la película de ayer?
MARIO.-¿Cómo no voy a pensar? Es que no estábamos haciendo nada, dilo tú, ¿hacíamos algo malo?
EMMA.-Pues no, malo no, pero...
MARIO.-¿Pero qué?
EMMA.-Pues ya te habías puesto un poquito... acalorado, ¿no?
MARIO.-Bueno, efusivo, digamos. Pero es natural, ¿no?
EMMA.-Bueno, pues sí.
MARIO.-¿Y qué rayos tenía que ver el policía en todo eso? Te aseguro que si hubiera estado ahorcándote, o robándote, no habría un miserable policía por todo esto.
EMMA.-Pues sí, así son.
MARIO.-En cambio, no estábamos haciendo nada, un beso, un poco de... ¿qué rayos, para qué demonios tenía que venir?... Por el soborno, claro, para eso fue.
EMMA.-Mira, precioso, di que salió barato. Ya siéntate, ven.
MARIO.-¿Pero no oíste la burleta? ¡Me dijo abuelo!
EMMA.-Ya, ya, no hagas caso. Ay, Dios mío, ven acá. (Lo sienta.) A ver límpiate la boca, estás lleno de pintura.
(El la abraza de pronto. La besa.)
EMMA.-No, oye, va a volver el policía. No, espérate, nos va a ver.
MARIO.-Ya le pagué. ¿no?
EMMA.-Pero no es eso... de veras, ya estate seriecito, así quieto. Ay, tengo mucha pena.
MARIO.-La palabra vergüenza es realmente la adecuada. Pena significa dolor.
EMMA.-Ah.
Un silencio.
MARIO.-¿No quieres ir al cine?
EMMA.-No, tengo que llegar temprano.
Mario la toma de la mano. Se la besa golosamente mientras hablan.
MARIO.-¿Cómo sigue tu mamá?
EMMA.-Pues mejor, pero la casa la pone de malas. Hay tanto ruido.
MARIO.-¿Sí?
EMMA.-Como tenemos abajo el mercado... en el sanatorio estaba más a gusto, pero no podíamos visitarla, sólo una vez por semana. Ya estaba muy triste de pobre.
MARIO.-Pobrecita.
EMMA.-Mario, deja de besarme así ese brazo. Qué barbaridad. Ya, quietecito.
MARIO.-¿A dónde quieres ir a cenar?
EMMA.-A cualquier parte barata. Has estado gastando mucho.
MARIO.-No, eso no.
EMMA.-Cómo no. Ya estuvo bien.
MARIO.-Un pequeño gasto... Debes tomarlo como pequeño homenaje sin importancia. Si a veces me quejo un poco de algún precio, no es por ti, es por... por esos meseros, hambrientos de propinas. No son nada de honrados, siempre hay que revisarles las cuentas. Pero no creas que me importa gastar de vez en cuando.
EMMA.-Como estabas quejándote ayer...
MARIO.-No me quejaba. Es que... Toda mi vida he tenido que escatimar, contar centavo tras centavo... Ahora, claro, ya estoy en mejor posición, y no me había dado cuenta: con dinero se pueden hacer cosas... Pero no hay que abusar: todo exceso es perverso. Hace calor, ¿no?
EMMA.-Un poco, julio es así, llueve, calor, llueve. La tarde está linda.
MARIO.-¿Y esas ventanas encendidas? ¿Hay gente trabajando?
EMMA.-Figúrate. Se han de sentir horrible.
MARIO.-Se lo merecen. No hacen nunca nada. Deberían estarse allí las veinticuatro horas.
EMMA.-Sí, claro. Se trabaja tanto en las tardes. No puede uno hacer nada, viendo anochecer afuera, y el jardín ahí abajo. En el último piso se ve salir la luna, y uno pegado a la máquina, o a las listas; ya me ha tocado, pobrecitos. Todo mundo debería salir, caminar, respirar... Vamos a caminar un rato. "



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