El hombre y su verde caballo (fragmento)Antonio Márquez Salas

El hombre y su verde caballo (fragmento)

"Y él, ¿qué trae? No trae más que una pierna menos y un palo, un garrote. La muleta quedó allá, pesada, hundida en aquel barro tibio y fétido.
Eso trae. Nada más. Una mera huella y la nostalgia de su otra pierna, perdida entre algunos chorros de sudor, de sangre y de alcohol. Que acaso ya humeara entre el estiércol, bajo las duras goteras de las cornisas rotas o en los nidos oscuros y malolientes de las golondrinas.
Eso es lo que trae. Una pierna menos. Pero la mujer, Domitila, dice que por lo menos ha vuelto y eso es ya mucho traer. Ha vuelto con una pierna menos, con un muñón que no ha sido curado, sangrante y oliváceo, lleno de pústulas blancas y costras falsas. Con un muñón que, maldito, cogió la misma gusanera que le hizo perder su pierna. Con cuidado, el indio Genaro se hunde en el muñón una astilla de leña, para arrancarse algunos pedazos purulentos, en un afán de aliviarse aquel dolor. Eso trae, porque en el camino se durmió del puro cansancio y una mosca le puso, él mismo no supo cómo, un panal de queresas que ahora son violentos gusanos taladrantes. La astilla se hunde en los huecos llenos de pus, como el garrote en el barro, y con un suave movimiento de palanca hace brotar gusanos que se mueven rabiosamente.
Eso es lo que trae. Nada más. Y ahí frente a él están unos niños que le piden pan y le llaman taita. Y sobre todo Domitila con su vientre bajo, siempre como si estuviera a punto de acurrucarse. Como si continuamente tuviera diarrea y necesitara agacharse. Y en la lejanía, casi en el pasado, su rancho frente al prado, como si fuera una nariz que husmeara el grueso aliento del río. De ese río lento como un buey inservible que baja tres cercados más lejos, pegado a las costras de la tierra.
Ya es algo lejano en su vida aquel toro amarrado a un lento tronco de laurel que alza con cierta majestad algunas ramas sarmentosas; el marrano padrote detrás del almizcle de la hembra, estirando su gran trompa y mostrando sus dientes cortantes y sus berridos, y el caballo escondido en la sombra verdosa del pasado. Su verde caballo, con el negro cabestro dócil, extendido como la hierba, por dentro como la saliva, como los pingajos que le cuelgan de las orejas o como los pájaros que le danzan la mañana sobre el lomo, picoteando garrapatas.
Éste es su verde caballo, con luz en las patas hinchadas y que por las noches piafa en sueños acordándose de su hermosa y lejana juventud. Allí está con todos los aperos de su alma el indio Genaro, esperando llegar a los costales para tenderse y olvidarse definitivamente de su pierna.
Los niños frente a la puerta atajan aquel río de hormigas que pretende desbordar y llegarse hasta la pierna agusanada del hombre. Los niños atajan las hormigas como en un juego siniestro. Son los hijos de Genaro que defienden su derecho a matar hormigas, a comer batatas y auyamas.
Entretanto Genaro se halla sobre los viejos costales bañado en sudor, con aquel muñón gangrenado lleno de gusanos que excavan en su pierna, en su sangre, en su vida. Son los gusanos de Genaro. La mujer con un paño aletea sobre la pierna para impedir que las moscas se sienten sobre ella.
Por las noches las ranas se quejan en los charcos y Genaro en la choza. Los niños se hallan encogidos sobre sí mismos y duermen con los huecos de las narices llenos de insectos. Por eso tosen y despiertan al indio que ve avanzar aquella rabia ulcerada de su pierna por las paredes de su cuerpo.
La mujer comienza de nuevo a manejar el trapo y los gusanos a sorber el líquido putrefacto. Las toses se repiten en la noche y sobre el césped que nace frente a la choza, los perros ladran hacia los árboles que ocultan el resplandor lunar. Por entre ellos llega un viento suave y puro que se cuela por las hendijas de la puerta y baña de frío aluminio la frente afiebrada del indio Genaro. En la cuadra se oye de vez en cuando un fuerte resoplido y un roer la madera con lenta velocidad. Es su viejo y verde caballo de trompa desvaída. Su caballo que sabe que allá en los costales que se apeñuscan al costado del mundo, está el indio Genaro luchando con los gusanos que son como la gloria.
La fiebre es lenta y rabiosa, pero el aire dulcifica aquel trac-trac de los gusanos. La carne toda le cruje y él siente un dolor agudo.
Las sombras se alzan hasta la mujer que espanta los mosquitos que pretenden posarse en la pierna del indio Genaro. Se alzan hasta sus ojos que brillan en la noche, hasta la saliva que pugna por salir de sus glándulas.
Un gallo despierta la noche y corta las sombras con un canto ronco, desesperado. "



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