Solo, en campo descubierto (fragmento)Antonio Márquez Salas

Solo, en campo descubierto (fragmento)

"No es necesario verle para saber que está muerto. Pero éste no es un muerto desarmado, no es un muerto destinado a corromperse. Éste está muerto y ya resucitó. Ya volvió a la vida, porque es un hombre que está en el pasado, recorriendo los campos con su voz asordinada y mirando la nocturna claridad a través de los ojos de una gigantesca cerbatana. Cuando ambos pasábamos por la sementera donde los mulatos Cirimbel cultivaban maní, veíamos el plantío extenderse bien pulido, bien regado y con sus bellas flores amariposadas oler pesadamente. Entonces Aaron Torrealba decía, mejor aún, musitaba algo entre dientes y me invitaba a visitar las mulatas que habitaban unas chozas a la vera del camino. Aquellas mujeres de tez casi cobriza o gris, de ojos alargados y de pelo como negra viruta de hierro, lo recibían sonrientes, mientras él rasgueaba suavemente la guitarra. Casi sin mirarlas, con voz apenas audible, se acercaba al oído de la mayor, que reía con los ojos y que no sé por qué tenía el extraño nombre de Quiroba y le recitaba, como si se tratara de un animal o de otro ser no perteneciente a este mundo, algunos versos sangrientos, rotos, germinales, con olor de semilla viva, le decía algo que comenzaba: "Yo quiero ser la agonía del santo que te corrompe o que está permanentemente dentro de ti, que echa flor y se pudre en ti". La mujer sonreía y mostraba sus dientes blancos y uniformes.
Cuando por la noche regresábamos, la mujer lo esperaba bajo los frondosos mangos y cohabitaban en medio del campo, aspirando el áspero olor de las flores de maní, en medio de la tierra recién removida y viendo volar las lechuzas en persecución de los insectos nocturnos. Pero nada en él correspondía a lo que los demás llamamos realidad, porque vivía en estado de permanente alucinación, en perpetua agonía, como si la vigilia de Dios le hubiese sido encomendada para que sólo permaneciese sobre la tierra atento a los hechos de los hombres, viviendo al mismo calor de los animales y sumido en los mismos sueños y anatemas de todo lo existente. Porque una cosa era vivir como Aaron Torrealba y otra muy distinta entregarse a la simple contemplación, al discurrir de un tiempo sin sangre, alimentado su cuerpo reblandecido por la pura e impersonal vía de la linfa. Aaron Torrealba era un animal de aurora, pensador de sonidos y gustador de esencia de aromas y perfumes y, sobre todo, de los líquidos sombríos de las horas densas del amor. Era el que soñaba por todos, el que disponía los planes acerca del alma de sus amigos y el que entregaba a cada uno su cuota de miel negra, que es el honor del hombre, de valor, que es la fiebre amarga de los que sufren, y de aventura, que es la noche del desierto.
Recordándolo así, me abrí paso entre la turba y penetré a la iglesia donde el cura esperaba el cadáver con todo su atavío. Le dije: "Ese cadáver no entrará aquí, vaya y búsquelo donde está, en medio del río, en el centro del charco, cubierto por su propia sangre y amarrado como un árbol a las raíces de la vida. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com