La librería ambulante (fragmento)Christopher Morley

La librería ambulante (fragmento)

"El camino de Shelby a Port Vigor discurre entre las suaves y amplias colinas que definen el curso del Sound. Y debajo, a nuestra izquierda, el río corría reluciente al fondo del valle. Era un paisaje perfecto: los bosques eran todo bronce y oro; las nubes eran blancas y espesas y parecían espuma celestial suspendida en el aire. El sol era tibio y flotaba glorioso en un arco formidablemente azul. Mi corazón estaba lleno de fervor. Creo que por primera vez sabía lo que Andrew sentía en sus viajes de vagabundo. No entendía cómo todo aquello había permanecido oculto para mí hasta entonces. No entendía cómo el trascendental misterio de hacer pan me había impedido ver durante tanto tiempo los misterios del sol y el cielo y el viento en los árboles. Pasamos junto a una casa campestre blanca que había al lado del camino. En la reja de entrada estaba el granjero, sentado en un tronco, puliendo un trozo de madera y fumando su pipa. A través de la ventana de la cocina vi a una mujer que limpiaba la estufa. Me dieron ganas de gritarle: «¡Oh, estúpida mujer! ¡Deja la estufa, las ollas, sartenes y labores, aunque sea por un día! ¡Sal de ahí y mira el sol y el cielo y el río a lo lejos!». El granjero miró con indiferencia el Parnaso y entonces recordé mi misión como distribuidora de literatura. Mifflin estaba sentado con un pie apoyado en su valija, observando las copas de los árboles que se mecían con el viento frío. Parecía perdido en alguna lejanía, cautivado por la musa de la mañana. Solté las riendas y me acerqué al granjero.
—Buenos días, amigo.
—Buenos días, señora —dijo con firmeza.
—Vendo libros —dije—. Me preguntaba si no necesitaría alguno.
—Gracias, señorita —dijo—, pero el año pasado compré una pila entera y no creo que vaya a necesitar ninguno más en lo que me queda de vida. Una colección completa de oraciones fúnebres que un agente me vendió por un dólar al mes. A estas alturas podría pasar por un doliente afligido delante de cualquier lecho de muerte.
—Pero usted necesita libros que le enseñen cómo vivir, no cómo morir —dije—. ¿Qué hay de su esposa? ¿No le vendría bien disfrutar de algún libro? ¿Y sus hijos? ¿No querrán leer unos cuentos de hadas?
—Dios me bendiga —dijo—. No tengo esposa. Nunca fui un hombre arriesgado, así que mucho me temo que los placeres de mi melancolía seguirán limitándose a las oraciones fúnebres por un buen tiempo.
—¡Bueno, aguarde un momento! —exclamé—. Tengo justo lo que usted necesita.
Había estado examinando con atención las estanterías y recordaba haber visto un ejemplar de Anhelos de un hombre soltero. Me bajé del pescante, abrí la caravana (me produjo una gran emoción hacerlo yo misma por primera vez) y encontré el libro. Miré dentro de las tapas y vi las letras n m escritas con la limpia caligrafía de Mifflin.
—Aquí tiene —dije—. Se lo vendo por treinta centavos.
—Es usted muy amable, señorita —dijo cortésmente—, pero para serle franco no sabría qué hacer con él. Estoy trabajando en un informe del gobierno sobre gusanos y hongos y, entre medias, leo algunas oraciones fúnebres. La verdad es que ésa es toda la lectura que me puedo permitir. Eso y el Bugle de Port Vigor.
Me di cuenta de que era sincero, así que volví a trepar al pescante. Me hubiera gustado hablar con la mujer de la cocina, que ahora se asomaba perpleja por la ventana, pero decidí que sería mejor continuar el camino y no perder más tiempo. El granjero y yo intercambiamos un saludo amistoso y el Parnaso se puso en marcha.
La mañana era tan hermosa que no sentía la necesidad de hablar, y como el profesor parecía muy pensativo preferí guardar silencio. Pero cuando Peg empezó a ascender una cuesta empinada Mifflin sacó de repente un libro de su bolsillo y se puso a leer en voz alta. Yo observaba el río y no me volví para mirarlo, aunque lo escuché atentamente:
—«Espiral de nubes, ráfaga de viento, el disco solar, el tabernáculo azul del cielo, el ciclo de las estaciones, la titilante multitud de las estrellas, partes todas de una unidad rítmica y mística. Allí donde nos lleven nuestros pequeños asuntos debemos distinguir por doquier las huellas digitales del majestuoso plan, la rutina metódica e inexorable que no tiene comienzo ni fin, allí donde la muerte no es más que un prefacio al siguiente nacimiento y el nacimiento es el ineludible antecedente de otra muerte. Nosotros, seres humanos, somos tan incapaces de concebir el motivo o la causa moral de todo aquello como el perro es incapaz de comprender el razonamiento en la mente de su amo. El perro ve los actos del amo, benévolos o malignos, y menea la cola. Lo mismo ocurre con nosotros.
»Por lo tanto, hermanos, es preciso andar por este camino con el corazón liviano. Alabemos el bronce de las hojas y el estallido de la ola mientras tengamos ojos para ver y oídos para escuchar. Una sincera perplejidad ante las bellezas inefables del mundo es la postura adecuada para el aprendiz. Seamos todos aprendices bajo la atenta mirada de la Madre Naturaleza». "



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