La bola (fragmento)Emilio Rabasa

La bola (fragmento)

"Amaneció el día siguiente, y con él mis inquietudes y zozobras, a tan alto grado puestas, que no parecía sino que me estaba encomendada la parte política y mañosa de la revolución. Y cuál no sería mi sobresalto, cuando mi madre, más blanca que esta hoja de papel, me anunció que el señor Jefe político me llamaba a su oficina, con la advertencia de que pasara por allá sin pérdida de tiempo.
Mi madre me dio las noticias que circulaban como nuevas en San Martín, en tanto que yo me vestía a toda prisa. Madrugaban, por cierto, las novedades, pues apenas serían las siete de la mañana; y eran aquellas, que Coderas no había pegado los ojos en toda la noche, pues un correo del gobierno le trajo papeles importantísimos y muy numerosos; sobre todo muy numerosos, pues los políticos de San Martín no comprendían una alarma sin su resma de papel florete. Decían también las lenguas mejor movidas y más resbalosas, que entre aquellos pliegos los había que comunicaban reservadamente una derrota sufrida por el Gobierno, y la orden para imponer una contribución extraordinaria en aquel distrito tan digno de mejor suerte, como decía Severo.
Sin desayunarme acudí al llamado del Jefe político, si no es que puedan entrar en la categoría de desayuno las mil prevenciones, consejos y órdenes con que mi madre me conminó a que tomara un hilo de conducta tal, que había de conducirme al ovillo de la buena armonía con todo el mundo.
Entré en la Jefatura, la cual para oficina tenía todos los legajos y polvo suficientes, y un secretario que por su aspecto y condiciones fuera bastante para caracterizarla, aun cuando el escudo de madera colocado sobre la puerta principal, no lo denotase con su inscripción y su águila y su nopal. Frente a una mesa de antiguo cuño y que parecía desertada de refectorio de domínicos, parada sobre el menor número de pies en que el equilibrio estable era medianamente posible, se encontraba sentado con malísimo semblante el temible Coderas; el secretario, colocado en el extremo útil de la mesa, dejaba volar su ejercitada pluma, escribiendo la centésima circular que se dirigía a los presidentes municipales del distrito; y el Síndico Cañas, viejo chiquitín, escuálido, con ancha calva, de conducta y carácter escurridizos, a la diestra de la autoridad administrativa, recogía los párpados para leer desde su asiento lo que el secretario escribía y él dictaba.
El Jefe político me saludó con la mano desde lejos, con una familiaridad afectuosa a la cual no estaba yo acostumbrado; Cañas se puso de pie, y sonriendo hasta plegar toda la cara, me recibió dando dos pasos al frente.
-Siéntese vd., Sr. Quiñones -dijo Coderas.
Y yo obedecí, cada vez más perplejo.
Coderas, poco listo para todo aquello en que el ingenio fuera cosa esencial, abordó el asunto.
-Le he llamado a vd. para un negocio importante. Como las cosas se han puesto feas, ¿eh? y yo tengo que cumplir con mi deber, porque el deber es lo primero, he dispuesto que el Sr. Carrasco, mi secretario, se haga cargo de una compañía de voluntarios; y como yo necesito un secretario porque es necesario y además muy útil en la Jefatura, pues he dispuesto nombrarle a vd. para que venga en lugar del Sr. Carrasco.
No se requería una letra más para hacerme sudar frío.
-Yo creo que vd. no se negará -continuó el Jefe político-, porque se trata de servir al Gobierno, y además de que este es nuestro deber, ¿eh? además de que este es nuestro deber, pues también el Gobierno sabe recompensar a los buenos servidores que le... que le... es decir, a los buenos servidores que sirven y que se rifan en estos casos y que no tienen miedo.
Yo, que maldito si quería rifarme y que veía llegar una secretaría, precisamente cuando no la deseaba ni la podía ver sin horror, me quedé de una pieza.
-Ciertamente, Juanillo -dijo melosamente el síndico, con un chacoloteo de paladar que me pareció de víbora de cascabel-; en estos casos es cuando se abre para los jóvenes como vd. un buen porvenir. Yo lo doy el buen consejo de que ni vacile; tanto porque así mejora la posición de vd. como porque se prepara para la vida pública, que siempre comienza por poco. Sí, señor Comandante, esté vd. seguro de que Juanillo acepta; es hombre que lo heredó de su padre que fue muy amigo mío; yo creo que puede vd. mandar que se le extienda el nombramiento. ¿Verdad, Juan? Sí, señor; que se le extienda.
Por fin pude abrir la boca, aunque no muy dueño de ella. Me excusé tímidamente con las circunstancias de ser único sostén de mi madre: se me contestó que nada quitaba el que yo continuara siéndolo; argüí que mis peligros la hacían sufrir extraordinariamente: se me replicó que no corría yo ningunos; reventé al fin, manifestando que ambos argumentos míos descansaban en la situación actual, intranquila, incierta y peligrosa, ¡y jamás lo dijera...! Coderas lanzó un terno, se puso encendido de cólera, cerró los puños, y dejando caer uno de ellos sobre la destartalada mesa, gritó:
-Pues qué ¿cree vd. que a mí me hacen algo esos roñosos? Pues qué ¿cree vd., que yo les tengo miedo o que no deshago en un momento a esta punta de marranos? Pues que se levanten ¿eh? que se levanten y que me busquen ruido, que es lo que estoy deseando para darles una zurra que se han de acordar de mí. ¡Vaya, hombre! Pues era la última que ahora anduviéramos con esas. Que vengan, que grite uno siquiera y verán todos estos cabezudos o cabezones como no dejo cabezón parado, porque no sirven ni para limpiar mi caballo ¿eh? Sí, señor, ni para limpiar mi caballo; y si a vd. no le gusta que yo lo diga, pues que no le guste, pero yo me he de pasear sobre todos, y a todos se los ha de llevar el diablo; porque no les tengo miedo ni a ellos ni a la...
Basta para muestra del estilo oficial de San Martín; y ahorrándome yo trabajo, dejo al lector el de subrayar cuanto guste en el párrafo anterior. "



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