La casa del alquimista (fragmento)Gustav Meyrink

La casa del alquimista (fragmento)

"La casualidad quiso que en aquel momento la masa de nieve se desplomara, dejando al descubierto un animal heráldico que a modo de emblema habla sido labrado en la piedra: un pavo real con una barba hirsuta de carámbanos de hielo; una obra de arte de vivacidad increíble: el plumaje
de su cola desplegado al máximo y enhiesto como en una ira encendida, tenla las alas extendidas y sostenía en sus garras una farola de un color verde cobrizo. En una mueca más bien propia de diablo que de pájaro y dirigiendo la mirada a los cielos, sonreía irónicamente con malicia satánica. El con torno de su cuerpo parecía carcomido, casi total mente corroído por el influjo de los siglos.
Como si se esperara al caballero de los cuadros, una mano fina y delgada abrió entonces la puerta y una muchacha joven de pelo negro azulado vistiendo un pantalón turco femenino de color rojo, las cejas muy pobladas y casi unidas en el nacimiento de la nariz, le invitó, sin pronunciar palabra y
con ademán serio, a entrar en el café.
El humo dulzón de tabaco oriental que como una niebla espesa llenaba la estancia comenzó a evolucionar en forma de nubes, movido por la corriente de aire que se estableció al abrir la puerta. Como si emergieran entre el humo fueron apareciendo hornacinas de madera tallada en las cuales estaban sentados los clientes —en su mayoría ya de edad avanzada — jugando al ajedrez o leyendo periódicos. Al entrar el caballero de los cuadros todos levantaron la vista con la expresión del que ha sido sorprendido en una acción prohibida; su apariencia no encajaba del todo en aquella atmósfera. En el fondo, y sentado
con las piernas cruzadas ante una especie de taburete de latón brillante, aparecía un anciano de piel oscura como un árabe, la barba teñida de rojo escarlata al modo asiático, ojos blanquecinos, aguda nariz aguileña , con un turbante azul grisáceo en la cabeza; aspiraba a intervalos regulares de un narguile. Tan pronto rozaban sus labios el extremo del tubo de ámbar, exhalaba unos estertores guturales como si en el vaso multicolor estuviera atrapada alguna criatura retorciéndose en mortal agonía. "



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