Morir bajo tu cielo (fragmento)Juan Manuel de Prada

Morir bajo tu cielo (fragmento)

"Los nuevos adeptos eran todos campesinos que, hasta la fecha habían aceptado con más resignación que entusiasmo la vida que sobrellevaban —por lo demás, la misma que habían sobrellevado sus padres y abuelos—, entreverada de penurias y alborozos, sobresaltos y rutinas, que es la argamasa con que se modelan las vidas corrientes y en paz con Dios. En la propaganda subversiva que los hombres de Novicio les habían repartido, esa vida pacífica se describía como un cúmulo de calamidades sin cuento—siempre permitidas, auspiciadas o promovidas por el castila— y se pintaba con colores vehementes la nueva vida que vendría después de la rebelión, una vida idílica sin penalidades ni disputas, sin desigualdades ni sinsabores, en la que las pasiones más mezquinas del hombre serían súbitamente abolidas y sustituidas por los impulsos más nobles. Por supuesto, Novicio sabía que este paraíso en la tierra o democracia beatífica era una quimera. Sin embargo, para su sorpresa, su auditorio la aceptaba sin rechistar, como los niños aceptan la existencia de las hadas y los trasgos, incluso se enardecían y exaltaban mientras les evocaba ese imaginario reino de paz y justicia universales; y aplaudían exultantes cuando Novicio remataba sus discursos con aquellos apostrofes ebrios de fanatismo: «¡Ya está bien de sufrir, de aguantar y de llorar! ¡Una nueva aurora germina, sobre la sangre de nuestros héroes y el llanto de nuestras madres!». Y otras majaderías de parecido jaez. Como Novicio era hombre templado y ecuánime que no se dejaba arrastrar por impulsos ciegos, aquellas arengas le provocaban cierta vergüenza de sí mismo. En su fuero interno, reconocía que no hacían sino envenenar el alma de las gentes ingenuas; y ni siquiera sabía si la vida que les traería la revolución sería mejor que la vida que hasta entonces habían padecido. Estos conflictos de conciencia, que de modo más o menos mitigado o lacerante siempre habían pesado en el ánimo de Novicio, se habían agravado ahora, después de conocer a aquella mujer en la escuela de Baler, pues sabía que el hipotético triunfo de la revolución redundaría en muchas zozobras y padecimientos, injurias y persecuciones, para ella y para quienes compartían su misma vocación; y esta certeza lo hacía sentirse miserable. Exactamente el mismo sentimiento lo invadió mientras descabezaba a machetazos al cálao que acababa de cazar, mientras arrojaba su cuerpo muerto a una caldera de agua hirviente para después desplumarlo, mientras extendía sobre una tabla su cuerpo ya desplumado para partirle el esternón con el bolo y descoyuntarle las patas, antes de sacarle las entrañas.
Novicio rasgó la membrana que envolvía la bolsa abdominal y dejó que aquel amasijo de tripas como culebras de sangre caliente se ensortijase entre sus dedos, antes de eviscerarlas de cuajo. Las tripas del cálao tenían un color tumefacto y desprendían un vapor oleaginoso y un hedor acre de matadero mal ventilado. Arrojó las tripas al suelo y añadió al despojo la hiel, que desprendió de la cavidad interna del cálao con un movimiento casi quirúrgico, ayudándose de la punta del bolo; la vesícula le llenaba casi la mano, y era como una bolsa gelatinosa invadida por la gangrena. El resto de vísceras —el hígado y la cachuela y los bofes, el corazón y las criadillas y los riñones— las fue arrancando con minuciosidad de médico forense y juntándolas en un perol para que escurrieran, antes de preparar el guiso que por la noche compartiría con sus fieles, a modo de ceremonia de iniciación previa a su incursión en Baler. Con un repeluzno, Novicio contempló las piltrafas que se amontonaban en el perol —más que de un ave, parecían de un niño— y, a continuación, sus manos, enguantadas de sangre hasta más allá de la muñeca, manos de matarife o sicario que acrecentaron todavía más su vergüenza. Algo semejante había experimentado la semana anterior, cuando por primera vez se decidió a visitar Baler, supuestamente para preparar el ataque a la guarnición militar y estudiar sus defensas, pero en realidad deseoso de volver a abrazar a sus familiares, después de tantos años de alejamiento, y de pasear sus calles, para recuperar las huellas extraviadas de la infancia. Baler había cambiado muy poco desde entonces: permanecía idéntica la plaza de los naranjos, que servía de inmenso atrio arbolado a la iglesia; e idéntica también, si acaso con el enlucido de las paredes algo más desconchado, la robusta iglesia erguida por los frailes franciscanos, con sus paredes como baluartes y su convento o sacristía aneja donde de niño se revestía de monaguillo y se pimplaba un buchito de vino de consagrar, con el beneplácito del párroco. Observó con extrañeza, sin embargo, que el portón de la iglesia estaba trancado cuando apenas había empezado a ponerse el sol; algo inconcebible allá en su niñez, pues los franciscanos se preciaban de mantener la iglesia abierta día y noche, como médicos del alma siempre vigilantes. Después de rodear los muros de la iglesia, buscando en vano otra entrada, Novicio se demoró por las calles del pueblo, tal vez algo más desbrozadas y allanadas que veinte años atrás, pero convertidas al menor aguacero en el mismo fangal que entonces; y pasó revista a las muy rústicas casas que se alineaban a derecha e izquierda, los mismos bahays construidos con cañas y ñipa que él había ayudado a levantar cuando era niño. Algo más descuidadas o esquilmadas estaban las sementeras, tal vez porque los soldados de la guarnición las hubiesen saqueado, tal vez porque el estado de guerra latente que se respiraba en la región hubiera disuadido a los campesinos de cuidarlas con excesivo esmero. No le pasaron inadvertidas a Novicio las nuevas construcciones que se repartían en derredor de la plaza de los naranjos, porque eran de dimensiones más abultadas que los bahays aledaños y tenían una armazón de madera que las hacía más resistentes: la cabaña de la comandancia, justo enfrente de la iglesia, con su propio huerto, establos y cochiqueras; y, algo más apartada, la escuela, que por la noche se empleaba como albergue donde pernoctaban los soldados de la guarnición que no cabían en comandancia. Al lado de la escuela, en un bahay modesto, vivían en comunidad las monjas a las que se había encargado el cuidado de la escuela, cinco hijas de la Caridad recién llegadas de Manila que no habían tardado en ganarse la simpatía de los balereños, agradecidos de sus abnegaciones con los más pobres y ancianos, así como de sus desvelos en la instrucción de la chiquillería. "



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