Los poetas malditos (fragmento)Paul Verlaine

Los poetas malditos (fragmento)

"A pesar, cierto es, de dos artículos, uno muy controvertido de ese maravilloso Sainte-Beuve, el otro quizás –¿Nos atreveremos a decirlo?– un poco corto de Baudelaire; a despecho asimismo de cierta buena opinión pública que de ningún modo la asimila a Luisa Collet, Amable Tastu, Anaïs Segalas y otras marisabidillas literarias sin importancia (olvidamos a Loïsa Puget, por otra parte, divertida, según parece, para los que gustan de esa nota), Marceline Desbordes Valmore es digna por su oscuridad aparente, y también absoluta, de figurar entre nuestros Poetas Malditos, y es para nosotros, desde luego, un deber imperioso hablar de ella lo más extensamente que podamos y con el mayor detalle.
El señor Barbey d’Aurevilly, ha tiempo, la sacó de fila y señaló en ella, con esa extraña competencia que posee, sus rarezas, y también su verdadera competencia, por más que fuera femenina.
En cuanto a nosotros, tan curiosos de buenos o bellos versos, sin embargo, la ignorábamos, contentándonos con las palabras de los maestros, cuando precisamente Arthur Rimbaud entró en relación con nosotros, obligándonos casi a leer todo aquello que juzgábamos era un fárrago con alguna belleza entremedias.
Nuestra extrañeza fue grande y requiere lugar para ser explicada.
Primero, Marceline Desbordes Valmore era del Norte y no del Mediodía, matiz que resulta más matiz de lo que se piensa. Del Norte crudo, del Norte bueno (el Mediodía, tostado siempre, está siempre mejor, pero ese mejor, sobre todo; quizá sea el enemigo de lo verdaderamente bueno) –y esto nos plugo, a nosotros del Norte crudo también– ¿está ya claro?
Además, ninguna pedantería, y un lenguaje suficiente y bastante esfuerzo para no aparecer sin interés. Algunas citas darán fe de lo que llamamos nuestra sagacidad.
En espera de ellas, ¿por qué no hemos de volver sobre la ausencia total del Mediodía en esa obra relativamente considerable? Y, sin embargo, cuán ardientemente ha comprendido el Norte español (¿pero no tiene España una flema y un empaque más fríos que todo britanismo?), aquel Norte
¡Donde a sentarse vienen las fervientes Españas!
Cierto, nada del énfasis, de la cursilería y la mala fe que hay que deplorar en las obras más incontestables de ultra-Loira. Y, empero, ¡qué cálidos son sus cantos de juventud, sus recuerdos de mujer hecha y derecha, sus temblores maternales! ¡Dulce y sincero y... todo lo demás! ¡Qué paisajes, qué amor a los paisajes! ¡Y qué pasión más casta, discreta y no por eso menos fuerte y conmovedora!
Hemos dicho que el lenguaje de Marceline Desbordes Valmore era suficiente; debimos decir: muy suficiente; mas tenemos tal purismo y pedantería que añadiremos a quien nos llame decadente (injuria, entre paréntesis, pintoresca, “muy otoño”, “muy sol poniente”, digna de recogerse en suma) que algunas ñoñerías, mas ninguna ingenuidad, pueden tropezar en nuestros prejuicios de escritor con miras a lo impecable. La verdad de nuestra rectificación estallará en el curso de las citas que vamos a prodigar. "



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