Elogio de la insurrección (fragmento)Marqués de Sade

Elogio de la insurrección (fragmento)

"Es indudable que, en estado de naturaleza, las mujeres nacen vulguívagas, es decir, que gozan de las ventajas de los demás animales hembras y pertenecen, como éstas y sin excepción ninguna, a todos los machos; tales fueron, sin ninguna duda, tanto las primeras leyes de la naturaleza como también las únicas instituciones de los primeros grupos que los hombres constituyeron. El interés, el egoísmo y el amor degradaron esas primeras actitudes tan simples y tan naturales; creyó el hombre que se enriquecía al
tomar una mujer, y con ella los bienes de su familia; he aquí satisfechos los dos primeros sentimientos a que acabo de referirme; más a menudo todavía raptaba el hombre a la mujer y quedaba ligado a ella; helo aquí en acción el segundo de los motivos, en cualquier caso, de la injusticia.
Jamás un acto de posesión ha podido ejercerse sobre un ser libre; tan injusto es poseer en exclusiva a una mujer como lo es poseer esclavos; todos los hombres han nacido libres, todos son iguales en derecho: no perdamos nunca de vista estos principios. Así, pues, no puede nunca, según esto, dársele a un sexo derecho legítimo para adueñarse con exclusividad del otro, y jamás uno de esos sexos o una de esas clases puede a su arbitrio poseer al otro. Ni siquiera puede una mujer, en la pureza de las leyes de la naturaleza, alegar como motivo del rechazo que le opone a aquel que la desea el amor que por otro sienta, ya que este motivo se convierte en un motivo de exclusión, y ningún hombre puede ser excluido de la posesión de una mujer, desde el momento que está claro que les pertenece decididamente a todos. El acto de posesión no puede ejercerse más que sobre un inmueble o sobre un animal; nunca puede practicarse sobre un individuo que se nos asemeja, y todos los vínculos que puedan encadenar a una mujer a un hombre, sean de cualquier especie que queráis imaginarlos, son tan injustos como quiméricos.
Si resulta, pues, incontestable que hemos recibido de la naturaleza el derecho de expresar nuestros deseos indiferentemente a todas las mujeres, resulta asimismo que tenemos el de obligar a cada una a someterse a nuestros deseos, no en exclusividad, que sería contradecirme, pero sí
momentáneamente. Es indiscutible que tenemos el derecho de promulgar leyes que la obliguen a ceder a la pasión de aquel que la desea; y siendo la violencia misma uno de los efectos de tal derecho, podemos emplearla legalmente. ¿Pues qué? ¿No ha probado la naturaleza que tenemos ese derecho, al impartimos la fuerza necesaria para someterlas a nuestros deseos?
En vano las mujeres habrán de hacer hablar en su defensa o bien el pudor o bien su ligazón con otros hombres; esos medios quiméricos son nulos; hemos visto más arriba cómo el pudor era un sentimiento artificial y despreciable. El amor, al que se puede llamar la locura del alma, no tiene títulos mejores para legitimar su constancia; al no satisfacer más que a dos individuos, el ser amado y el ser que ama, no puede servir a la felicidad de los demás, y es para la felicidad de todos, y no para una felicidad egoísta y privilegiada, para lo que nos han sido dadas las mujeres.
Todos los hombres tienen un derecho de disfrute igual sobre todas las mujeres; así, pues, no hay hombre ninguno que, según las leyes de la naturaleza, pueda atribuirse sobre una mujer un derecho único y personal. La ley que las obligue a prostituirse, en toda la medida que queramos, en las casas de libertinaje de las que antes se ha hecho mención, y que ha de forzarlas a ello si se niegan, que ha de castigarlas si faltan a tal deber, es, pues, una ley de las más equitativas y contra la cual no cabe que haya motivo justo ni legítimo para reclamar. "



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