Seno (fragmento)Ramiro Pinilla

Seno (fragmento)

"Se despegó de la banqueta con un esfuerzo tan tremendo que casi lo deshizo, y extrajo de su bolsillo las listas mojadas para tomar el siguiente rumbo. Sergio se las arrebató de las manos y recorrió con mirada de analfabeto no menos de veinte planas cerradas de nombres y emplazamientos de caseríos de Zanurruzas, y por pura intuición exhumó más de 300 hembras aptas para parir. En vez de dejarle consternado, la abrumadora competencia puso en sus ojillos el encandilamiento de los juegos de apuestas, que ya le habían hecho perder casi todo su patrimonio. Aquel cura presintió algo en su expresión, y le hubiera gustado saber por qué su propia respiración se embalaba en un fuelleteo desordenado, pero se halló sin coraje para buscar la respuesta. Recuperó los pliegos, y a su contacto volvió a sentir el bochornoso delirio de hombre célibe que provocaba en él el pujante ímpetu que había llevado a aquella vieja sangre a procrear semejante legión de criaturas. Lanzó un suspiro caliente que lo remitió como nunca a las nostalgias de la costa, metió en su bolsillo los reblandecidos papeles, cuidando de no desmigarlos, y partió dejando en sus huellas del suelo pocitos del sudor que se desplomaba de todo su cuerpo y le traspasaba las suelas.
Arriba, en el camarote, el niño grande José, que vivía su tercer día de orfandad y que lo había oído todo, estuvo tentado de correr hacia María para advertirle que el mundo estaba tramando algo contra el abuelo Isidro. Pero el impulso se le quebró en las rodillas al recordar el abismo de su abandono. Su historia de niño grande comenzó cuando Isidro y María recogieron sus nueve kilos de carne y los depositaron en la cuna de haya construida por el viejo de noventa y cuatro años en cinco días apresurados, y la niñita María le cantó la nana que había aprendido para su muñeca de trapo. Desde entonces, el bisabuelo Isidro fue su padre, aunque él siempre lo llamó abuelo, y su prima María fue su madre, a pesar de que ambos durmieron en una cama común hasta sus diecisiete años y contra la igualmente derrotada realidad de ser también María bisnieta de Isidro. Ella desgajó las necesarias ramas y las volvió a injertar en los lugares precisos del gran tronco genealógico de los Zanurruza, desquiciando el tiempo y los rígidos convencionalismos de la sangre, y creando una familia como nunca se había visto en la realidad. Actuó movida por una fuerza caliente que le brotaba de lo más profundo y que desde el principio aceptó como la cosa más natural. Tenía sólo un año cuando un saguchu perseguido por un gato se le coló por la pechera del vestidito. María sintió que algo dulzón reventaba en sus entrañas y le empapaba hasta la punta de los dedos. Adoptó al ratón, pensando que si él había vencido su miedo ella bien podía vencer su repulsión. Pero se trataba de algo mucho más profundo. Siempre que a «Arrigúnaga Chiqui» llegaba el lejano llanto de un niño, María se les escapaba para consolarlo. La sorprendían conversando de igual a igual con las gallinas con polluelos y con las vacas recién paridas. A sus cuatro años resolvió el parto de una vecina siguiendo su instinto natural, y luego la encontraron intentando que el niño tomara pecho de sus tetitas de juguete. A partir de aquel día, cuando algunas gentes cariñosas le preguntaban: «¿Qué quieres, chiquitina?», ella les contestaba con dura seguridad: «Quiero tener un hijo». Con este deseo en los labios pasó de la niñez a una pubertad precoz y exuberante bajo la vigilancia asustada de una madre temerosa de que la hija se le pusiera a jugar a los matrimonios con cualquier gandul de las cercanías. Resultó vana esa preocupación. Era tan excluyente aquella potencia maternal, que desde el principio borró las pasiones despertadas por las trampas de la carne. La muerte no le dio tiempo a Jacinta de descubrir que su hija tenía una vocación de virgen tan descomunal como de madre. La niña vivió sin complicaciones mientras creyó que los hijos pasaban de la atmósfera al cuerpo de las mujeres gracias a unos fervorosos novenarios, y que los hombres sólo servían para proveer a las subsistencias de las familias. Al conocer que el proceso no era tan simple, cayó en una crisis de desánimo. Pero lo que tiraba de ella era suficiente para rescatarla de los destinos cotidianos. Alcanzó una paz relativa después de un sermón del cura don Silvestre, quien desde el púlpito lanzaba ráfagas de oratoria demoledora para inculcar la virginidad de la Virgen a unas mujeres demasiado enfangadas en la cruda realidad de sus lechos y de sus cuadras. «No seré la primera», se sorprendió pensando María. Ni en un solo momento temió haber caído en pecado de soberbia. Comprendió que le inspiraba una potencia íntima superior a su naturaleza y esperó que la propia voluntad que había dispuesto lo inexplicable le proporcionara algo parecido a otro arcángel. Mas para entonces su vocación ya estaba jugando a los matrimonios con un bisabuelo de casi un siglo y un primo al que llevaba sólo once años, que era la edad de ella cuando lo recogieron. El destino de José quedó marcado a sus tres meses, en el acto que siempre recordaría, cuando cuatro manos lo pesaron en la romana de las patatas y dio nueve kilos. Recordó también que Isidro lo tomó de brazos de María, lo alzó sobre su cabeza y pronunció: «Éste, éste», y luego restregó sus manitas contra las colosales manazas que parecían herramientas y le hizo sentir la dureza de aquella carne que olía a tierra, sabía a tierra y parecía de tierra. Luego, en la cuna, María pegó a su cuerpo un ladrillo calentado en su seno de niña. Recordaría igualmente José las permanencias en la manta enrollada al borde de las huertas mientras ellos las trabajaban. Isidro y María realizaban todo el trabajo que pedía «Arrigúnaga Chiqui», que por aquel tiempo los bueyes tardíos de Sergio habían dejado reducido a su cuarta parte. Un día, catorce años antes, Isidro abandonó el caserío patriarcal de la costa, donde vivía solo, y se instaló en el de su nieto con el propósito de redimirlo. Sabía que en ocasiones los malos hábitos del vicio y del despego de la tierra caían sobre algunas familias y las destruían, y él se consideró en el deber de demostrar al destino que a ningún Zanurruza se le podía ir con esas acechanzas. Fracasó rotundamente. A sus ochenta años era todavía un hombre monumental, con unos músculos tensos, capaces de trabajar más tiempo y mejor que cualquier joven, y un quehacer sobre la tierra que parecían caricias a una mujer. Era el único hombre que quedaba de su tiempo, y además se le había despojado de otra generación: la de sus hijos. Su ejemplo no enderezó a Sergio, que ya había alcanzado un grado de perdición muy profundo y tenía maleada la descendencia. A su debido tiempo, Isidro les preguntó a sus dos bisnietos mayores, Damián y Yosan, por qué no querían sudar con él la camiseta. Aquel mismo día, Damián abría una caseta de zapatero en la plaza y Yosan entraba a trabajar en la tejera. Fue una manera de evitar gritarle al bisabuelo a la cara: «¿Cuánto tiempo más seguirán siendo nuestros estos miserables terrones?». La única que intentó colaborar fue Jacinta, la esposa de Sergio, pero las llagas que año tras año la resquebrajaban los pies la hacían casi inservible para el trabajo en los campos.
Una mañana, al quinto año de su llegada a «Arrigúnaga Chiqui», Isidro vio que detrás del arado caminaba una criatura de dos años. Al ir a sacarla de la heredad tropezó con sus ojos y descubrió en ellos un aire de familia. Era su bisnieta, de cuyo nacimiento apenas se había dado cuenta, abrumado por la inmensa tarea en solitario. Observó que la niña mostraba deseos de quedarse con él, y la sentó en el arado. No volvió a separarse de ella en quince años. Nunca más le desoló el terrible vacío en que lo tenían aquellas dos generaciones que se le habían perdido. Desde el primer momento, María, con una clarividencia impropia de sus dos años, adoptó a su bisabuelo de ochenta y cinco. Lo hizo con la naturalidad de los movimientos más simples, porque le salió de dentro olvidarse de sus muñequitas y ponerse a jugar a las mamás con aquel gigante solitario. Jacinta no puso impedimento a que la niña le sirviera al anciano las comiditas que antes hacía para su familia de trapo, e Isidro aceptó con emoción los picadillos de patatitas, las papillitas y la leche aguada en biberoncitos de liliputiense. «Nunca he visto una paciencia semejante», comentaba Jacinta. Una noche, Isidro fue despertado por un dolor de piquetas agujereando su estómago y echando espumarajos verdes por la boca. Jacinta lo rescató de un envenenamiento fulminante con manzanilla recogida en plenilunio y quiso cortar aquella insustancialidad, pero el propio Isidro la convenció de que la culpa era de los alimentos crudos y construyó en el portal un infiernillito de piedra. La niña se consideró una mujercita de su casa e Isidro se sintió más enmadrado que nunca. A los cuatro años ella ya le empezó a ayudar en las huertas, siendo la única persona de la familia a la que Isidro pudo salvar de la devastación general y que dio por buenos sus veinte años de esfuerzos. "



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