Era el cielo (fragmento)Sergio Bizzio

Era el cielo (fragmento)

"Vera se había ido por una semana y terminó quedándose tres. Muy pronto (demasiado pronto) sus correos se volvieron extraños, forzados, informativos y llenos de descripciones sin interés, como para cubrir una suerte de «espacio reglamentario amoroso» más que porque tuviera ganas de contarme algo. En ninguno precisó el día y la hora de llegada, así que no fui a buscarla al aeropuerto. Supe que había llegado porque llamó por teléfono a mi departamento para decirme que ya estaba en casa. Fui enseguida. La había extrañado. Entré usando mi copia de las llaves y la encontré sentada en la cama revisando papeles; tenía el pelo mojado y se había puesto un jogging corto de plush azul; su bolso de viaje estaba abierto en el suelo. En el mismo momento en que llegué, sonó el teléfono y ella atendió. Entre una palabra suya y otra nos dimos un beso en los labios: hablaba con su madre; de acuerdo con lo que decían ésa era la segunda vez que hablaban. Así que antes de llamarme se había duchado, se había cambiado de ropa y había hablado con su madre.
—¿Cómo estás? —me dijo después, cuando cortó, sin levantarse de la cama.
Me senté a su lado, la abracé y le dije que la había extrañado, algo que ya le había dicho varias veces por correo electrónico, a lo que ella respondió con un desapasionado «yo también». Después metió la cabeza entre mi hombro y mi cuello, la dejó caer entre mi cuello y mi hombro, y nos quedamos un momento callados, con los corazones latiendo a distinta velocidad. Tenía muchas ganas de estar con ella, había imaginado que a su regreso yo entraría y al vernos chocaríamos y caeríamos besándonos y desnudándonos sobre la cama, o en el suelo, o sobre la mesa. Nada de todo eso. Sin despegar su mejilla de mi hombro me transmitió un resumen informativo del viaje y se separó de mí sólo para mirarme mientras le contaba, respondiendo a una pregunta suya, cómo la había pasado yo. Mi propia voz me sonaba ajena. Me interrumpí.
—¿Pasa algo, Vera?
Vera negó en silencio, con la típica sonrisa cansada de los viajeros que no tienen nada que ocultar. Pedimos un delivery de comida china, almorzamos intercambiando frases cortas, y Vera, mientras yo escribía un capítulo del programa, durmió una hora en el sofá y dos más en la cama, entre papeles y ropa revuelta. Después se puso un bikini y salió al jardín a leer el diario al sol. Yo me senté en una silla cerca de ella y la miré. Recostada en una reposera, con el diario abierto a la altura de la cara, mantenía las piernas flexionadas y abiertas. Y entonces me di cuenta de que ya no me amaba. No era una mujer pudorosa, más bien todo lo contrario, pero sí muy coqueta, y sumamente vanidosa; una de esas mujeres a las que basta con no ser miradas para resultar heridas y que se han preparado a tal punto para la mirada de los otros que hasta les cambia el cuerpo, de la misma forma en que se agazapa el pecho de un abogado o se ensanchan los muslos de un nadador. Estaba pálida, no se había depilado, jamás se hubiera exhibido de esa forma si me amara; nunca unas piernas me habían hecho sentir tan solo.
Una hora después, cuando salió para encontrarse con su madre, abrí la libreta en la que apunta las cosas que pueden servirle para su trabajo —frases dichas por otros, esqueletos de argumentos, huesos sueltos de alguna historia, vaguedades prometedoras— y noté que en las hojas correspondientes a la estadía en España no había ninguno de esos dibujos con los que suele entretenerse mientras habla por teléfono o con los que llena sus propias pausas mientras escribe o mientras piensa: caras de mujeres con su misma boca y con sus mismos ojos, una expresión idealizada de sí misma, en la que aumenta el peso de su pelo y hace que desaparezca su nariz. No era un dato significativo, en la medida en que no había ido a escribir ni tenía razones para mantener largas charlas telefónicas con nadie, pero una cosa es imaginar la actividad de alguien durante un viaje —incluso con sus tiempos muertos, sus momentos de cansancio o de tedio, por breves que sean— y otra muy distinta es verla a la luz de un reencuentro helado, una luz de la que se ha esfumado toda calidez. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com