Noviembre (fragmento)Gustave Flaubert

Noviembre (fragmento)

"Cuando un hombre hablaba conmigo, examinaba sus ojos y la mirada que surgía de ellos. Sobre todo me gustaban aquellos cuyos párpados se movían constantemente, que ocultaban las pupilas y las mostraban con un movimiento similar al aleteo de una mariposa nocturna. Intentaba descubrir el secreto de sus sexos a través de la ropa. Interrogaba a mis amigas acerca de eso, espiaba los besos de mis padres y, por la noche, acechaba el ruido de su lecho.
»A los doce años hice la primera comunión. Me habían traído de la ciudad un precioso vestido blanco. Todas teníamos un ceñidor azul. Yo había pedido que arreglaran el cabello en papillotes, como a una dama. Antes de salir me miré en el espejo. Era tan hermosa como un ángel, casi caí cautivada; y deseé poder enamorarme de mí misma. Era poco antes del Corpus, las monjas habían adornado la iglesia con flores y el interior estaba perfumado. Desde hacía tres días, yo misma había trabajado junto con las demás para decorar con jazmines la mesita sobre la que pronunciaríamos los votos; el altar estaba cubierto de jacintos, habían alfombrado los peldaños del coro. Todas llevábamos guantes blancos y un cirio en la mano. Yo estaba radiante, sentía que había nacido para aquello. Durante toda la misa estuve moviendo los pies sobre la alfombra, pues no teníamos ninguna en casa de mi padre. Deseaba poder tumbarme sobre ella con mi maravilloso vestido, quedarme a solas en la iglesia, entre las velas encendidas. Mi corazón palpitaba con una nueva esperanza, aguardaba la hostia con ansiedad. Había oído decir que la primera comunión entrañaba un cambio profundo y creía que, tras concluir el sacramento, todos mis deseos se calmarían. ¡Pero no! Cuando volví a sentarme en mi lugar, me encontré otra vez en mi infierno. Había notado que la gente me observaba mientras me dirigía hacia el sacerdote y que me miraban con admiración. Me sentí ufana, hermosa, me enorgullecí vagamente de todas las delicias ocultas que atesoraba y que yo misma ignoraba.
»A la salida de la misa, desfilamos en fila por el cementerio. Los familiares y curiosos habían formado a ambos lados, sobre la hierba, para vernos pasar. Yo era la más alta y marchaba en primer lugar. No pude probar bocado en la cena, sentía el corazón oprimido. Mi madre, que había llorado durante la ceremonia, aún tenía los ojos enrojecidos. Algunos vecinos vinieron para felicitarme; me abrazaron efusivamente, pero sus caricias me repugnaban. Por la noche, a la hora de vísperas, había incluso más gente que por la mañana. Habían colocado frente a nosotras a los chicos, que nos miraban con avidez, a mí sobre todo; aunque mantenía los ojos bajos, podía sentir sus miradas. Los habían peinado, estaban acicalados como nosotras. Cuando pronunciábamos la primera estrofa de un cántico y ellos continuaban con la siguiente, sus voces hacían que mi alma se exaltara. Cuando finalizaban, mi goce expiraba también; y florecía de nuevo cuando volvían a comenzar. Pronuncié los votos. Todo lo que recuerdo es que hablé de un vestido blanco y de inocencia. "



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