Hay quien prefiere las ortigas (fragmento)Junichiro Tanizaki

Hay quien prefiere las ortigas (fragmento)

"Mientras escuchaba la música, a la mente de Kaname vino un recuerdo de su infancia. Antes del terremoto, las casas del barrio comercial de Kuramae, en Tokio, allí donde él se había criado, tenían portales de reja como las tiendas del barrio Nishijin de Kioto, y eran tan estrechos que las casas, vistas desde afuera, parecían mucho más pequeñas de lo que en realidad eran. Desde el portal, una habitación seguía a otra hasta llegar a un patio o jardín interior flanqueado por un corredor que conducía a las habitaciones donde la familia pasaba el día. A derecha e izquierda, las casas estaban construidas siguiendo el mismo plan, de modo que, si se miraba al exterior desde el piso de arriba, se veían una serie de patios interiores y jardincillos con verjas terminadas en espiga a ambos lados… El antiguo barrio de los comerciantes, recordaba Kaname, era un barrio maravillosamente tranquilo, por apretado que estuviese el vecindario. La memoria, como es natural, se había empañado con los años, pero a él le parecía que en aquellos tiempos jamás oyó ruido alguno procedente de una casa vecina. Era como si no viviese nadie tras aquellas vallas; todo tan callado, tan plácido, tan falto de voces humanas que daba la impresión de que uno se había adentrado en el castillo samurái de una perdida ciudadela.
Alguna rara vez, Kaname no sabía cuándo, el eco de una voz de muchacha se dejaba oír acompañada de los arpegios de un koto. Oyó decir que era Fu-chan, una muchacha que tenía fama de bonita y a la que Kaname no había visto nunca. Un día, sin embargo —debía de ser en verano— estando Kaname asomado a una ventana del piso superior, vio inesperadamente la carita pálida de una muchacha. A la luz del crepúsculo, llevó un almohadón a la veranda y se sentó, apoyando la espalda contra la puerta abierta. Levantó la vista al cielo oscuro, que parecía estar apoyado sobre pilares de mosquitos, y como por casualidad se volvió hacia él que, con el corazón infantil sobrecogido por tanta belleza, se retiró inmediatamente de la ventana, aterrado, sin ni siquiera retener una imagen clara de los rasgos de la muchacha. Una turbación, demasiado vaga para definida, ocupó los sueños del niño: quizás fuese aquél el germen de aquella tendencia suya a idealizar a la mujer, que había llamado la atención de Takanatsu.
Ni siquiera ahora tenía idea de la edad que entonces pudiera tener Fu-chan, porque a un niño de siete u ocho años, una muchacha de catorce o quince puede parecerle de veinte. Además, la esbelta silueta tenía un aire de madurez que le persuadió de que debía de ser mucho mayor que él. Y aún había más: sobre las rodillas, la muchacha tenía una bolsita con tabaco y en la mano una pipa larga, si no recordaba mal. Pero en aquellos tiempos, en las mujeres de Tokio sobrevivía aún algo de la bizarría, de la llaneza de la antigua Edo —su misma madre, por ejemplo, se acostumbraba a remangar las mangas del kimono cuando hacía mucho calor— y por tanto el hecho de fumar no constituía una prueba segura de que una mujer fuese adulta.
La familia de Kaname se trasladó a Nihonbashi unos cuatro o cinco años más tarde y de Fu-chan no guardó más que aquella imagen fugaz; pero a partir de entonces prestaba gran atención a los arpegios de koto y a los cantos que acostumbraba a acompañar, hasta que averiguó por medio de su madre que el motivo preferido por la muchacha se titulaba Nieve. Era una canción compuesta originariamente para koto, aunque con frecuencia se acompañaba también con el shamisen y en Tokio se la conocía por «la canción de Kamigata». Hacía tiempo que Kaname no había tenido ocasión de escucharla y conservaba de ella un recuerdo muy vago, cuando, casi cinco años después, durante un viaje de placer por el mismo Kamigata, volvió a escuchar aquella melodía. Asistía a una representación de danza Gion en una casa de té y se sintió envuelto en una ola de nostalgia al reconocer en una de las danzas la melodía de Nieve, cantada por una vieja geisha de unos cincuenta años, de voz blanda y tristona, propia de su edad; el shamisen con que se acompañaba sonaba ronco —quizás con la característica ronquera que el padre de Misako tanto recomendaba—. Comparándola con la de la vieja, la interpretación de O-hisa parecía demasiado melindrosa, falta de aquella sugestiva rudeza. Pero la Fu-chan de aquellos primeros años había cantado también con la misma voz atiplada de O-hisa; y además la tonalidad aguda del shamisen de O-hisa le recordaba más la armonía del koto que aquel tono apagado del auténtico shamisen de la vieja. "



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