Nuevas aventuras de Robinson Crusoe (fragmento)Daniel Defoe

Nuevas aventuras de Robinson Crusoe (fragmento)

"El sencillo proverbio que afirma que «no puede borrarse de la carne lo que está impreso en el hueso», de uso tan común en Inglaterra, nunca fue tan cierto como en la historia de mi vida. Cualquiera habría pensado que, tras cincuenta y cinco años de aflicciones y de toda una variedad de infelices circunstancias que pocos hombres, si no ninguno, habían sufrido jamás; tras siete años de paz y regocijo en la plenitud de todas las cosas; envejecido y dispuesto, si es que alguna vez fue posible, a disfrutar de la posibilidad de experimentar todas las circunstancias de la vida mediana hasta averiguar cuál era la que más se adaptaba a la obtención de la completa felicidad del hombre; tras todo eso, digo, cualquiera habría pensado que aquella propensión a deambular, de la cual en el relato de mi primera salida al mundo ya advertí que se imponía en mis pensamientos, debería haberse gastado, evacuada por completo su parte volátil, o condensada al menos, de modo que, a los sesenta y un años de edad, yo podría haberme inclinado por permanecer en casa y por poner fin a mi tendencia a arriesgar la vida y la fortuna.
Más aún, me había quedado sin el motivo más común para las aventuras viajeras, pues no tenía necesidad de hacer fortuna, ni andaba en busca de nada; ganar diez mil libras no me hubiera hecho más rico, pues cuanto tenía era suficiente para mí y para quienes debían heredarlo, aparte de que crecía a ojos vista; al no tener una gran familia, no podía gastar todo lo que ingresaba, salvo que me hubiera entregado a un costoso estilo de vida con una familia numerosa, sirvientes, equipajes, grandes alegrías y cosas por el estilo, de las que apenas tenía noción, y por las que no sentía inclinación alguna. De modo que no tenía nada que hacer, salvo permanecer sentado, disfrutar plenamente de cuanto poseía y ver cómo crecía a diario entre mis manos.
Y sin embargo todo eso no tenía efecto en mí, o al menos no el suficiente como para resistir la fuerte inclinación por viajar de nuevo, que pendía sobre mí como un moquillo crónico; en particular, el deseo de ver mi nueva plantación en la isla, así como la colonia que allí había dejado, invadía de continuo mi mente. Soñaba con ello noches enteras y lo repasaba todo el día con mi imaginación; ocupaba el primer lugar en mis pensamientos y mi cerebro se centraba con tal fuerza y regularidad en ello que hasta hablaba de eso en mis sueños; en resumen, nada podía quitármelo de la mente; incluso irrumpía con tal violencia en todos mis discursos que volvía cansina mi conversación, pues no hablaba de otra cosa y toda mi charla se centraba en eso hasta el extremo de la impertinencia, según yo mismo podía apreciar.
A menudo he oído a personas de juicio sensato decir que todo el revuelo que causan en el mundo los fantasmas y las apariciones se debe a la fuerza de la imaginación y al poder del capricho en las mentes de la gente; que no se aparece ningún espíritu, ni camina fantasma alguno, ni nada por el estilo. Cuando alguien recuerda con extremo afecto las conversaciones mantenidas en el pasado con sus amigos difuntos, estas se vuelven reales y la gente es capaz de imaginar extrañas circunstancias en las que ve a dichos amigos, habla con ellos y hasta obtiene de ellos respuesta, cuando, en verdad, no hay más que sombras y vapores; y en realidad no saben nada del asunto.
Por mi parte, a día de hoy no sé aún si existen las verdaderas apariciones, los espectros, si la gente camina después de muerta o si en las historias de ese tipo que se nos cuentan hay algo más que el producto de los vapores, de las mentes enfermizas y las fantasías peregrinas. Sin embargo, sí sé que mi imaginación se calentó en tal medida, y me generó tal exceso de vapores, o como se les quiera llamar, que en verdad me supuse a menudo trasladado al lugar, a mi viejo castillo parapetado tras los árboles, vi a mi viejo español, al padre de Viernes y a los marinos castigados que abandoné en la isla. Más aún, inventé que hablaba con ellos y que, pese a estar completamente despierto, los miraba con la misma fijeza con que miro a quienes tengo delante; y así seguí hasta que empecé a asustarme con frecuencia por las visiones que la imaginación me representaba; una vez, mientras dormía, el primer español y el padre de Viernes me contaron las villanías de los tres marinos piratas con tal viveza que llegué a sorprenderme; me contaron que habían protagonizado bárbaros intentos de asesinar a todos los españoles, habían incendiado todas las provisiones que estos tenían preparadas, con el propósito de molestarles y hacerles pasar hambre; cosas que en verdad jamás oí y que, sin embargo, resultaron ser ciertas; mas aparecían con tal calidez en mi imaginación y se me aparentaban tan reales que, en el momento de verlas, no podía sino persuadirme de que eran verdaderas o terminarían por serlo. Lo mismo ocurría con respecto a mi enfado al oír las quejas del español y mi decisión de someter a los marinos a la justicia: hice que fueran juzgados delante de mí y ordené que los colgaran a los tres. Lo que había de cierto en esto se sabrá en su momento; ignoro cómo esas cosas llegaron a formar parte de mis sueños y qué cháchara de espíritus las inyectaron, mas debo decir que buena parte de ellas eran ciertas. Sé que no había en mi sueño nada que fuera literal y específicamente verdadero; mas era tan cierta la parte general, el comportamiento abyecto y malvado de aquellos tres granujas envilecidos, tanto peor fue con respecto a cualquier descripción mía, que el sueño conservaba una gran similitud con los hechos; y como más adelante tuve que castigarles severamente, si los hubiera hecho colgar a todos habría sido en pleno derecho, un acto justificable tanto por las leyes de Dios como por las de los hombres. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com