La segunda muerte de Ramón Mercader (fragmento)Jorge Semprún

La segunda muerte de Ramón Mercader (fragmento)

"Entonces da dos pasos, lateralmente, hacia las ventanas de donde viene, a su derecha, la luz, y se pone los dedos de las dos manos sobre los párpados —que cierra como se cierra los ojos de los que acaban de morir— sobre los huesos de la cara, dejando los ojos cerrados después de que los dedos hubieran dejado de cubrirlos y sus dos manos se juntan, quizá implorantes, bajo la barbilla. Entonces vuelve a abrir los ojos, evita disimuladamente mirar el cuadro, da la vuelta al sofá que se encuentra allí, delante de la Vista de Delft, sale de la sala, vuelve a entrar en la otra, más grande, a la que se accede directamente desde el rellano del primer piso, y cuyos ventanales —así lo ha observado hace un momento— dan a un estanque, y se inmoviliza delante de El jilguero de Carel Fabritius.
Nada más, no mirar nada más.
El pequeño lienzo está ante él, encadenado en su visión minuciosa, absorbente, como el propio pájaro está encadenado —a decir verdad, delicadamente— a una anilla que podría deslizarse por el soporte metálico en el que se apoyan sus patas (pájaro inmóvil, conocedor de los límites de su fingida libertad, habiendo ya a menudo agitado con sus alas el espacio aéreo que le sirve de jaula, resignado tal vez ahora, pero atento sin embargo, al acecho incluso, con la cabeza erguida que resalta sobre el lienzo rugoso de una pared que amarillea, en cuya parte baja, ligeramente hacia la derecha del borde inferior del cuadro, aparece la firma del pintor en letras mayúsculas, y la fecha: 1654). Piensa entonces, vagamente, que un año antes, si sus recuerdos son exactos, Luis XIV acaba de someter a la Fronda, y Cromwell ha sido proclamado Lord protector, e Inocencio X ha condenado solemnemente el jansenismo. En el mundo sucedían cosas, se formaban y se deshacían alianzas, plazas fuertes cambiaban de mano, y, lentamente, por toda Europa, sin que no obstante las consecuencias de esa oleada triunfal fuesen aún previsibles para nadie, la burguesía tomaba posesión de los resortes materiales de un universo en expansión —nebulosa de estados, de imperios, de religiones, de clases— en el que la presencia burguesa inscribía tenazmente las figuras racionales, aún invisibles, a veces hasta para sí misma, de su hegemonía. Y Pascal, el año siguiente, ese mismo año de 1654 en el que Carel Fabritius pintaba el pájaro inmóvil, pero estremecido —con las plumas del cuello erizadas por la impaciencia de un vuelo que hace imposible la delgada cadenilla sujeta a su pata, frágil pajarillo al que se concedió el don del canto—, Pascal inventaba el cálculo de probabilidades y la reina Cristina abdicaba, tiempos inseguros. Dos años más tarde, el año en que Velázquez terminará Las meninas —una imagen que en su memoria es perfectamente precisa, luminosa, ya que pasó una mañana en el Prado por razones que no tienen nada que ver con la pintura, la víspera precisamente de su viaje a Holanda—, aquel mismo año, en Ámsterdam, ese eterno sospechoso, Spinoza, y tanto más sospechoso cuanto que su filosofía hacía trizas, con la absurda y casi monstruosa lucidez sistemática de la razón conceptual, uno tras otro, todos los refugios ideológicos de esta nueva fuerza social que se extendía por Europa, pero que negaba aún su propia novedad, su misma esencia histórica, su fuerza, su necesaria brutalidad, rechazaba el espejo de su propia claridad, incapaz todavía de aceptar las razones teóricas de su impulso invasor, Spinoza, pues, aquel año, en 1656, dos años después de que el cuadrito de Fabritius hubiese sido pintado en el taller de Delft, será expulsado de la comunidad judía de Ámsterdam. Pero tal vez es lo revuelto de estos tiempos, su desarrollo parcialmente ilegible, la amenaza latente o manifiesta de las fulminaciones espirituales, de las destrucciones materiales, lo que empujaba a hombres como Fabritius a pintar —para aprisionar, para hacer de ello la figura alegórica, justificativa, de las pesadas riquezas amontonadas en los almacenes de los mercaderes— la fugitiva belleza trivial de este pájaro (un pájaro, jilguero, canto frágil, plumón del mundo sometido, tierno reverso de una moneda acuñada con sangre lejana), como si Carel Fabritius hubiera sabido, en el momento de poner su firma, clara y legible, como el nombre que se pone al pie de una letra de cambio, que este lienzo iba a ser uno de los pocos que escaparía al fuego, a la explosión, este mismo año de 1654, de un polvorín de Delft, que debía sepultar la casa del pintor, y el pintor, sus obras, su familia, explosión providencial que Egbert Van der Poel reprodujo varías veces (uno de estos cuadros se encuentra en Ámsterdam, y lleva, precisamente, un título que no puede ser más descriptivo: Destrozos causados por la explosión de un polvorín de Delft en 1654). Como si esta explosión no se hubiera producido, este mismo año, el año, podría decirse, del jilguero, según la costumbre de ciertos pueblos que califican con ayuda de un nombre de río, de cereal, de flor o de virtud abstracta, cada año que transcurre, que para subrayar ante este horizonte de muerte la eterna transparencia, tan fácilmente accesible, de esta ardiente, irrisoria, suave y plumosa belleza del pájaro prisionero en el rectángulo mínimo de esta tela, ante la cual, por la prisa de contemplar las obras maestras de las salas vecinas, hubiera sido fácil pasar, en un desplazamiento rápido y circular, ignorando la llamada, el sentido, la intensidad discreta y contenida, de tanta belleza cotidiana. "



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