Las palabras de la noche (fragmento)Natalia Ginzburg

Las palabras de la noche (fragmento)

"Pero Vincenzino no sentía ningún agradecimiento hacia Purillo. Al contrario, por el hecho de que le hubiera visto de aquella manera, lo odiaba más todavía.
Purillo, al contarle lo sucedido al viejo Balotta, estuvo educado y serio. Pero se escapaba de su voz un soplo de incontenible alegría. Él, Purillo, cortejaba a las muchachas decentes y se acostaba con las putas y las criadas. Pero jamás les había dado un problema, nunca le había tocado al viejo Balotta soltar dinero para sus historias de faldas.
Mandaron a Vincenzino de nuevo al mar, porque se había quedado mal, pero en esa ocasión fue con él Gemmina, para vigilarlo y que no hiciese más tonterías.
Dejó el politécnico, sin examinarse de muchas asignaturas, y se matriculó en ciencias empresariales.
Mientras tanto Nebbia se había licenciado hacía tiempo y trabajaba en la fábrica. También se licenciaron Purillo y Mario, y también se pusieron a trabajar allí.
Luego a Vincenzino le tocó hacer el servicio militar. Lo mandaron a Pesaro. Estaba siempre arrestado porque era totalmente incapaz de ser puntual y de hacer las cosas. Se dejó crecer la barba y las mejillas se le cubrieron de una pelambre rizada y rojiza, como una vegetación salvaje que creciese en una ribera abandonada.
Al final, después de la mili, terminó la carrera.
—El último en llegar fue el Patizambo —dijo el viejo Balotta. Pero estaba contento y lo mandó a América un año, para que viese mundo y aprendiese inglés.
Cuando volvió de América, Vincenzino había cambiado mucho. Estaba otra vez sin barba. Había aprendido a lavarse, a estar derecho y a hablar más alto.
Cuando le presentaban a alguien nuevo, echaba los hombros hacia atrás y le clavaba una mirada aguda, penetrante, clara, como un relámpago frío.
A veces soltaba una risotada rápida, furtiva, que le descubría los dientes pequeños y blancos, y que se extinguía de improviso.
En América había estado visitando fábricas. Y tenía ideas nuevas, quería echar abajo su vieja fábrica y levantarla toda nueva, con cristaleras y una zona de casas para los obreros.
Había leído libros de psicoanálisis, y descubrió que tenía el complejo de Edipo y que había tenido un trauma en la infancia, una vez que vio al Purillo matando un perro a pedradas.
Volvió a Casseta y comenzó a trabajar en la fábrica. Trabajaba hasta muy tarde por la noche, preparando proyectos.
Su padre decía:
—Antes no se interesaba nada por la fábrica. Y ahora se pasa. La única ventaja es que ya no tiene la flauta y que ya no bala.
Sin embargo, todavía iba Vincenzino a pasearse solo por el campo. Y todavía se paraba a mirar, inmóvil, un muro o un árbol, arrugando la frente y remangando la nariz.
Se casó con una chica de Borgo Martino. Era una amiga de las hermanas de Nebbia, y la conocía desde hacía mucho. Se casó después de una complicada y confusa declaración de amor. Se casó deprisa, porque le dio miedo cambiar de idea.
Mario y Vincenzino no se parecían mucho. Mario era un chico alegre, vivaracho, mundano, y todo le resultaba fácil.
Alto, desenvuelto, elegante, repartía muy bien su tiempo entre el trabajo y el descanso. Después de la fábrica, volvía a Casseta para cambiarse, y se iba a la casa de los Sartorio a jugar al tenis en pantalones y chaqueta azul de botones dorados.
—Igual que Barba Tommaso. Esperemos que no sea un calzonazos —decía el viejo Balotta.
Las noches, Mario las pasaba jugando al póker en casa de los Sartorio, de los Parego o de los Bottiglia. Contaba muy bien los chistes, muy serio, sin mover una sola pestaña. Sabía muchísimos, que leía en revistas, italianas o extranjeras, a las que estaba abonado, y siempre tenía mucho éxito.
Sólo a veces, en las épocas en que se encontraba un poco fatigado, le acometía una charla rápida, nerviosa, balbuciente, como imparable, y no había manera de callarlo. Contaba chistes, hacía proyectos para la fábrica. Se le ponía entonces una cara gris, de desenterrado, como un haz de músculos demasiado tensos, y aparecía por encima del pómulo, justo debajo del ojo izquierdo, un pequeño temblor. En esas temporadas no podía dormir, y se pasaba las noches fumando en su cuarto, o bien se marchaba al pueblo e iba andando hasta Le Pietre y despertaba a Barba Tommaso y a Purillo con sus historias.
Entonces lo enviaban al mar o a la montaña, para que descansase, y cuando volvía estaba como nuevo, y se le había pasado el insomnio y la parlanchinitis.
En un momento dado pareció que iba a prometerse con la mayor de las chicas Bottiglia, porque la acompañaba a todas horas. Sin embargo, fue a pasar unos meses a Múnich en viaje de negocios, y allí se casó. "



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