El camino que va a la ciudad (fragmento)Natalia Ginzburg

El camino que va a la ciudad (fragmento)

"A casa de la vieja fui con el vestido celeste que solía ponerme. Me esperaba ya lista para salir con el sombrero y con el morro empolvado. Tenía que pasear con ella y entretenerla agradablemente —así me lo dijo su hija—, luego volverla a llevar a casa y leerle en voz alta el periódico hasta que se quedara dormida. Andaba a pasos pequeños con su mano apoyada en mi brazo. La vieja se quejaba continuamente. Decía que yo era demasiado alta y que se cansaba agarrándome el brazo. Decía que corría demasiado. Tenía un miedo tremendo a cruzar las calles, se ponía a gemir y a temblar y todo el mundo se volvía. Una vez nos encontramos con Azalea. No sabía todavía que yo trabajaba y me miró pasmada.
Cuando llegaba a casa la vieja se bebía una taza de leche como bebe la gente mayor. Yo mientras tanto le leía el periódico. Poco después empezaba a dormitar y yo salía corriendo. Pero estaba de mal humor y no disfrutaba de la ciudad y de las tiendas. Una tarde se me ocurrió ir a buscar al Nini a la fábrica. Me distinguió de lejos y se le animó la cara. Pero cuando lo vi a mi lado, con un viejo sombrero demasiado claro, con los zapatos rotos y demasiado anchos que arrastraba al andar, con aspecto sucio y cansado, me arrepentí de haber ido a buscarlo y sentí vergüenza de él. Se dio cuenta y se ofendió, y se enfadó conmigo porque decía que me moría de aburrimiento con la vieja.
Pero cuando llegamos a la orilla del río se fue serenando poco a poco, y se puso a contarme que en el cajón de Antonietta había encontrado una fotografía de Giovanni con una dedicatoria detrás.
[...]
No quiso ir al río, y caminaba en dirección a su casa. Encontramos a Antonietta que estaba cerrando la tienda. Estaba muy enfadada y me dijo que si hubiera sabido cómo era no me habría recomendado. Cómo le había hecho quedar. A casa de la vieja llegaba tarde y me iba mucho antes de la hora, y cuando leía el periódico no paraba de reír y confundía a propósito las palabras. Me saludó apenas y se fue con el Nini. Mientras volvía a casa me sentía cansada y triste. Llevaba unos días sin sentirme muy bien, tenía como un malestar y no comía nada, incluso el olor de la comida me disgustaba. «¿Qué tengo? a lo mejor estoy embarazada, —pensé—. ¿Qué voy a hacer ahora?». Me paré. El campo estaba silencioso en torno a mí y no veía ya la ciudad, no veía todavía nuestra casa y estaba sola en el camino vacío, con aquel susto en el corazón. Había chicas que iban a la escuela, iban al mar en verano, bailaban, bromeaban entre ellas sobre cosas sin importancia. ¿Por qué no era yo una de ellas? ¿Por qué no era así mi vida?
Cuando estuve en mi habitación encendí un cigarrillo. Pero aquel cigarrillo tenía un gusto malo. Me acordé de que tampoco Azalea podía fumar cuando iba a tener un hijo. Eso me pasaba ahora a mí. Sin duda estaba embarazada. Cuando mi padre lo supiera me mataría. «Mejor así —pensaba—, morir. Acabar para siempre».
Por la mañana me levanté más tranquila. Hacía sol. Fui a coger uva a la pérgola con los pequeños. Fui a pasear con Giulio por el pueblo. Había feria y él me compró un amuleto de la suerte para colgar al cuello. De vez en cuando me venía aquel miedo, pero lo alejaba de mí. No le dije nada. Me divertí viendo la feria, con la gente que gritaba, con los pollos dentro de las jaulas de madera, con los chicos que tocaban las trompetas. Recordé que el Nini se había enfadado conmigo y pensé que iría a buscarlo para volver a hacer las paces.
[...]
Intenté leer la novela pero acabé dejándola. Era de dos que mataban a una chica y la encerraban en un baúl. La dejé porque me daba miedo y porque no estaba acostumbrada a leer. Cuando había leído un poco me había olvidado de lo que decía antes. Yo no era como el Nini. No necesitaba leer para pasar el tiempo. Me había hecho traer el gramófono a la habitación y escuchaba la voz clueca repetir:
Manos de terciopelo o
Manos perfumadas.
¿Era un hombre o una mujer quien cantaba? No se distinguía bien. Pero me había acostumbrado a aquella voz y me gustaba oírla. No habría querido otra canción. Ahora no quería ya cosas nuevas. Me ponía todas las mañanas el mismo vestido, un vestido viejo, estropeado, con remiendos por todas partes. Pero ahora los vestidos ya no me interesaban. "



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