En algún lugar del tiempo (fragmento)Richard Matheson

En algún lugar del tiempo (fragmento)

"La señora McKenna pasó por mi lado, seguida de Elise, que llevaba un chal de encaje oscuro sobre los hombros y un pequeño bolso de noche en la mano derecha. El rastro de su exquisito perfume me hizo vibrar cuando pasó delante de mí y no pude evitar suspirar de placer otra vez. No hizo ninguna señal de haberme oído pero estoy seguro de que sí. Compórtate, me dije.
Pasé al salón de fuera y cerré la puerta. Elise me tendió la llave, la cogí, la eché y se la devolví. Entonces nuestras miradas se cruzaron y, por un instante, pude sentir cómo nos unía de nuevo aquella extraña sensación. No tenía ni idea de qué significaba para ella. Aunque debía de ser algo muy concreto. ¿Cómo si no explicar que me dejara acompañarla durante su paseo por la playa, que me permitiera entrar en su habitación y que aceptara mi invitación para cenar? Por no hablar de todas esas intensas e interminables miradas. No era por mi encanto precisamente, eso lo tengo muy claro.
Aquel momento terminó cuando ella se giró y se guardó la llave en el bolso. Su madre se puso a su lado para que yo no intentara caminar junto a ellas mientras las seguía por la sala de estar hasta salir al Salón Abierto.
Miraron hacia atrás cuando dejé escapar un suspiro de asombro. Aquel Salón era como un país de ensueño; estaba iluminado por centenares de bombillitas eléctricas de colores, la vegetación tropical recibía luz de todas direcciones, la fuente que había en el centro hacía brotar penachos de agua borboteante y luminosa.
-Estoy impresionado por el aspecto del patio -les confesé- Salón Abierto, pensé, irritado por mi incapacidad de recordar las cosas.
A partir de aquel momento, no pude caer más bajo para la señora McKenna. El grosor de sus carnes no me permitía colocarme junto a Elise, el paseo no era tan ancho. Tampoco podía hablar con ellas, así que tuve que limitarme a oír cómo conversaban sobre la producción y acerca de actores y actrices que no conocía. Supuse que la señora McKenna intentaba alejar a Elise de mi «persuasión insidiosa» al discutir sobre aspectos de su mundo de los cuales yo no estaba al tanto. Me consolé, aunque sólo superficialmente, pensando que sabía mucho más sobre la vida de Elise de lo que su madre podría imaginar nunca. El hecho de que la señora McKenna estuviera ya intentando abrir una brecha entre Elise y yo me molestó mucho. No cabía duda de que también haría cuanto estuviera en su mano porque me sintiera lo más incómodo posible durante la cena y que después se llevaría a Elise si tenía oportunidad. Si Robinson también estuviera presente, el dilema sería doblemente asfixiante.
Mientras caminaba tras ellas por el paseo me preguntaba por qué no íbamos a la veranda de atrás por el camino hacia el vestíbulo por el que me había llevado el viejo botones. Ahora creo (sólo es una suposición pero, ¿qué otra explicación le puedo dar?) que me llevó por ahí porque se tardaba más y quería evitar volver al vestíbulo (y a ver al señor Rollins) mientras le fuera posible.
Ahora, aparte de lo incómodo que me sentía porque me apartaran de Elise, estaba la incomodidad añadida de volver al vestíbulo. Descenso al remolino, capítulo dos, pensé. Me enviaban de vuelta al debilitado núcleo de 1896. Intenté levantar una barrera mental pero sabía que una vez que me expusiera de nuevo a la energía pormenorizada de esta época quedaría prácticamente indefenso.
Mientras me preparaba para el siguiente asalto y abría la puerta para Elise y su madre, pude ver que el vestíbulo estaba abarrotado. Entonces oí la música de una pequeña orquesta de cuerda que tocaba en la terraza y el parloteo de una infinidad de voces. Me llevé una agradable sorpresa cuando comprobé que el efecto que aquello tenía sobre mí era mínimo comparado con la impresión que me dio la primera vez. Quizá el truco fuera aquella corta cabezada.
La sorpresa y el placer que me embargaban se esfumaron cuando vi que la cena contaría con la dificultad añadida de la presencia de William Fawcett Robinson. Lo miré con temor mientras atravesábamos el recibidor; Elise se había detenido al entrar así que ahora caminaba junto a ella.
Robinson mide poco más de metro y medio y es de complexión fornida. Me llevé una sorpresa cuando descubrí que, después de haber visto sus fotos, no me había percatado de su gran parecido con un Serge Rachmaninoff de barba oscura, de facciones angulosas y solemnes; en su rostro no se aprecia el menor rastro de buen humor. Tenía sus grandes y zainos ojos clavados en mí con gélido desagrado, con la misma expresión de aborrecimiento que la de la señora McKenna. Llevaba traje, chaleco y zapatos negros, pajarita negra y un reloj de cadena en el bolsillo del chaleco. Al contrario que Serge Rachmaninoff, tenía unas entradas tan profundas que sólo un ralo copete de pelillos negros, cepillado a conciencia, le tapaba la frente. Al igual que Rachmaninoff, tenía las orejas grandes. Al contrario que Rachmaninoff, dudo que tenga la menor idea sobre música. "



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