La naturaleza de las lágrimas (fragmento)Peter Carey

La naturaleza de las lágrimas (fragmento)

"Aquella noche dormí con la ventana abierta de par en par, pero no había ni pizca de frescor, sólo el aire cálido y agotador de este siglo inesperado. Cerca del alba tuve un sueño reiterativo y enigmático en el que el ingenio de Cruickshank se multiplicaba y me correspondía a mí aparear y entrelazar las doradas cadenas de ADN.
Por la mañana había sangre en mi almohada, pero los arañazos de Amanda no tenían tan mal aspecto. En cualquier caso, yo había gozado de «muchísima tolerancia», y no sería gentil ni juicioso por mi parte intentar que la despidieran. Me comportaría como una persona madura. No seguiría esperando que me exceptuaran de las reglas. Devolvería los cuadernos, si bien insistiría para que se restringiera su consulta. Incluso Croft estaría de acuerdo en que no sería beneficioso para Amanda entrar en los reinos de Mysterium tremendum. Lo que menos necesitábamos en aquel momento eran criaturas del espacio exterior.
En el ínterin, deposité con cuidado los diez cuadernos en medio de la mesa de la cocina. Encima puse una hoja de papel destinada a Eric Croft. Por qué hice tal cosa sigue siendo un misterio, quizá por una suerte de premonición de que nunca regresaría, aunque esto carece de sentido: no me disponía a hacer otra cosa que visitar Bowling Green Lane. Después de todo, había nacido a la vuelta de la esquina.
¿Creía que el taller de Thigpen seguía estando en Bowling Green Lane? Tenía una imagen muy nítida del espacio alto y profundo que se extendía hasta la calle Northampton, del monstruo de acero y latón que relucía bajo el cielo gris de Londres.
Era muy fácil llegar con el metro. Lambeth North, Baker Street, Farringdon. ¿Por qué no? ¿Qué mal había? ¿Qué podía ser peor que lo que ya había descubierto, que el hogar de mi infancia se había convertido en una tienda de vídeos prohibidos para menores de dieciocho años?
Cuando dejé la casa advertí que había un coche extraño aparcado en el camino de entrada, con el morro oxidado apuntando hacia la puerta de mis vecinos. Por supuesto, los residentes de arriba estaban otra vez de vacaciones, pero este coche en particular, que antaño había sido muy exclusivo, se hallaba ahora bastante destartalado, viejo, gris y terroso, con un largo estribo y los parachoques corroídos. Creí ver un cuerpo tumbado en el asiento posterior. «Un muerto», pensé. Entonces el cuerpo se movió, y fue peor. Luego estuve segura de que eran dos, moviéndose como topos bajo una manta.
No me agradaba la idea de llamar a la policía, así que cerré con doble llave mi puerta y me dirigí a toda prisa hacia la calle. Me dije que debería haber tomado nota de la matrícula.
Junto a la entrada de la estación de Lambeth North, los titulares de los periódicos decían: «Oleada de miedo». Había una foto en colores del golfo de México, con el centro de un negro intenso, un cerco color rojo óxido y, alrededor, un azul coralino.
El tren impulsó hacia delante una sólida masa de aire caliente. Subí. La gente reparaba en los arañazos de mi cara con ese modo tan británico que no contiene ni una pizca de compasión. Hice la conexión a la Central Lane. Cuando llegué a Farringdon lo encontré destripado: rampas, caminos y vallas temporales y un sinnúmero de «oleadas de miedo». "



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