Maldición eterna a quien lea estas páginas (fragmento)Manuel Puig

Maldición eterna a quien lea estas páginas (fragmento)

"—En seguida empecé a leer cosas por mi cuenta. Filosofía, Teología, cuanto más arrevesado el libro mejor. Me gustaban especialmente las frases largas y complicadas, con referencias a referencias de referencias. El tema no importaba, era el movimiento que adquiría, la lógica, la belleza, la arquitectura complicada, la estética, que me daban placer. Supongo que lo que estaba emergiendo era mi capacidad de gozar. Pero mamá me tiró todos los libros. Había un capítulo en «El ser y la nada», de Sartre, titulado El Cuerpo. Creyó que era un libro pornográfico y lo tiró a la basura. Todo lo que ella no podía entender, y que a mí me daba placer, le resultaba sospechoso.
—¿Su padre lo creyó pornográfico también?
—Mi padre apenas si podía leer el periódico más popular de la tarde. Y mi madre siempre le echaba en cara su ignorancia.
—¿Quién le daba dinero para comprar libros?
—Yo recibía una mensualidad que solía poner aparte. Y era tesorero del Club de Niños del Altar. A veces metía la mano en la bolsa. A veces también robaba algún dinerito que andaba suelto por casa. Y siempre se conseguía algún libro barato de segunda mano.
—¿Había alguien que le dijese lo que debía leer?
—No, empecé por elegir solo, mis propias materias. Parecían abrirme un mundo ilimitado, de aventuras sin fin.
—Al leer reconozco las palabras, pero en alguna no creo.
—…
—¿No me pregunta en cuáles?, ¿por qué no me hace preguntas?
—Yo buscaba un vocabulario, para darle nombre a todo lo que iba descubriendo. La religión me dio el primer vocabulario. Fui intensamente religioso, hasta que la compuerta cedió, y los malos pensamientos empezaron a abrirse paso, en toda su crudeza, sin disfraz.
—¿Malos pensamiento?
—Toda esa estructura religiosa tuvo que desmoronarse. Creí que estaba perdiendo para siempre mi moralidad.
—¿Encontró a alguien con quien discutir esos libros?
—No. Mis compañeros no leían, y me tomaron por excéntrico, un cabeza de huevo. Era el término que se usaba entonces. Derivado de la política de McCarthy. Una palabra peyorativa que se aplicaba a los intelectuales. Circulaba un dibujo de un hombre calvo con anteojos, antideportivo, encorvado. Ese era el cabeza de huevo.
—Un día estábamos frente a aquel árbol, ese muy viejo de la plaza, que me gusta tanto. Pero no sentí ganas de tocarlo. El árbol estaba allí, y podía ir a verlo cuando se me antojaba. No había por qué tocarlo, no se podía mover de allí, y desaparecer para siempre.
—¿A qué viene eso?
—Siga con lo suyo.
—Recuerdo la primera vez que me enamoré, ¡vaya la palabra!, de una muchacha. Me dio muy fuerte. Se llamaba Dohrman, como la marca de queso. Se sentaba cerca mío en la clase de inglés, en la escuela secundaria. Tenía pelo largo con rulos, y era muy delicada. Esa dulzura de ella me cautivó, y yo la miraba a lo largo de toda la clase, aunque sin dejar de escuchar al profesor, porque era buen alumno, buscaba excusas para hablarle en los pasillos, cualquier cosa. Hacía como que me olvidaba de cuáles habían sido los deberes para telefonearle, oírle decir las cosas más comunes era para mí fuente de deleites sin fin. Una sonrisa de ella me hacía derretir. De veras era encantadora, muy dulce, pero quien está enamoriscado le agrega enormemente a la otra persona.
—¿Por qué le agrega?
—Difícil pregunta.
—Diga…
—Especialmente con el primer amor, que es como un derrumbarse de fronteras, todo lo que había estado latente, dormido… ahogado, de pronto germina y sale a relucir. Pero hay todo un arsenal de necesidades que ninguna persona sola puede satisfacer. A la persona se la idealiza, con la esperanza de que por medio de ella todas las necesidades sean atendidas.
—¿Las necesidades?
—Sí, las necesidades.
—¿Cuáles son?
—Es difícil describirlas. Primero creí que eran aspiraciones religiosas. Después aspiraciones intelectuales. Después vino la necesidad de muchachas. Se trata de energía más que nada, energía que desborda con la pubertad. Una bomba en el cuerpo… programada para que detone, en un cierto momento.
—¿Sería tan amable de decirme qué son… o eran, esas necesidades religiosas? Luego las intelectuales. En cuanto a las muchachas creo que puedo imaginar de qué se trataba. Se me ocurrió pensar en mi necesidad de cosas dulces, y como usted me dijo que la muchacha era dulce, hice la asociación. ¿Tiene sentido o no?
—Sí, es como la necesidad de dulces. Muy parecido, es algo que el organismo pide, para devorar en cantidades enormes. Un ansia insaciable. Gula. Sin eso algo nos está faltando, una parte importante de nosotros mismos. "



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