El pabellón del cáncer (fragmento)Aleksandr Solzhenitsyn

El pabellón del cáncer (fragmento)

"Aunque Zoé era muy avispada y recorría su piso sin perder un segundo, corriendo de su mesa a las camas de los enfermos, regresando después a su mesa, vio que no conseguiría hacer todas las tareas prescritas hasta la hora de apagar las luces. Entonces los apuró a todos, para terminar de apagar en la sala de hombres y en la sala chica de mujeres. En cambio, en la sala grande de mujeres —una sala inmensa con más de treinta lechos— las enfermas no se sosegaban jamás, apagaran o no. Buen número de esas mujeres llevaban mucho tiempo hospitalizadas; estaban cansadas del hospital, dormían poco; la atmósfera de la pieza era sofocante y había interminables discusiones para decidir si debían dejar abierta o cerrada la puerta que daba al balcón. También había entre ellas maestras en la conversación entreverada de un ángulo a otro de la sala. Hasta medianoche o a la una de la madrugada, se discutía ahí de todo: precios, productos alimenticios, muebles, hijos, maridos, vecinos, y sin retroceder ante los detalles más impúdicos.
Precisamente esa noche, todavía estaba Nelly, una de las auxiliares de sala, lavando el suelo; era una muchacha rezongona y gorda de nalgas, de cejas gruesas y labios abultados. Hacía ya largo rato que había empezado su faena, pero como se mezclaba en todas las conversaciones, no la terminaba nunca. Entretanto, Sigbatov, cuyo lecho estaba en el vestíbulo, frente a la puerta de la sala de hombres, esperaba su baño de asiento. Debido a estos baños de todas las noches, y también porque le daba vergüenza el hedor de su espalda, Sigbatov había permanecido voluntariamente en el vestíbulo, a pesar de ser más antiguo que todos los veteranos del establecimiento y de hallarse en él más bien de servicio permanente, por decirlo así, que en calidad de enfermo. Mientras corría de un lado para otro, apareciendo y desapareciendo, Zoé le hizo a Nelly una primera, luego una segunda observación; Nelly reaccionó con grandes respingos, pero no por eso varió su ritmo de antes: no era menor que Zoé y juzgaba ofensivo someterse a una mozuela. Zoé había llegado hoy de excelente humor a su trabajo, pero la exasperó la oposición de aquella auxiliar. En general, Zoé consideraba que toda persona tenía derecho a su parte de libertad y que no se tiene obligación, cuando se viene al trabajo, de consagrarse a él hasta el agotamiento; pero que existía, sí, un límite razonable, especialmente cuando se estaba entre enfermos.
Zoé concluyó por fin su reparto, Nelly terminó de fregar su piso; apagaron donde las mujeres, apagaron asimismo en el vestíbulo y ya eran más de las doce cuando Nelly bajó al primer piso a hacer calentar agua y le trajo a Sigbatov su jofaina cotidiana, llena de un líquido tibio.
— ¡Ah ... ah ... ah, estoy muerta de cansancio! —dijo, bostezando ruidosamente—. Voy a eclipsarme por algunas horas. Oye, tú vas a quedarte en tu palangana por lo menos una hora, no es posible esperarte. Podrías, pues, ir abajo a vaciarla tú mismo, ¿no?
(A este viejo edificio de construcción sólida, con vestíbulos amplios, no le habían puesto agua más que en el primer piso.)
Ahora era imposible adivinar el hombre que fuera en otro tiempo Charaf Sigbatov; nada permitía apreciarlo; llevaba tanto tiempo sufriendo, que parecía no quedarle nada de su vida anterior. Pero. al cabo de tres años de una enfermedad agobiadora e implacable, este joven tártaro era el enfermo más cortés, más afable de todo el servicio. Sonreía a menudo, con una sonrisita mísera, como excusándose por todos los trajines que causaba. Después de los períodos de cuatro meses, luego de seis meses que había permanecido aquí, conocía a todos los médicos, a todas las enfermeras y auxiliares, ya él lo conocía todo el mundo. Pero Nelly era nueva, estaba ahí desde hacía algunas semanas solamente. "



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