Eureka (fragmento)Edgar Allan Poe

Eureka (fragmento)

"Al concebir una esfera de átomos, sin embargo, percibimos de inmediato una tendencia a la unión posible de ser satisfecha. Siendo el resultado general de la tendencia de los átomos entre sí, la tendencia de todos al centro, el proceso general de condensación o aproximación comienza inmediatamente con un movimiento común y simultáneo, con el retiro de la Voluntad Divina; las aproximaciones individuales o reuniones —no fusiones— de átomo con átomo, sujetas a variaciones de tiempo, grado y condición casi infinitas, a causa de la excesiva multiplicidad de relación, surgen de las diferencias de formas opuestas que caracterizan a los átomos en el momento de abandonar la partícula propiamente dicha, así como de la particular diferencia de distancia subsiguiente entre átomo y átomo.
Lo que deseo grabar en el lector es la certeza de que (al retirarse la fuerza difusiva o Voluntad Divina) de la condición de los átomos tal como la hemos descrito en innumerables puntos de toda la esfera universal, surgen en seguida innumerables aglomeraciones caracterizadas por innumerables diferencias específicas de forma, tamaño, naturaleza esencial y distancia mutua. El desarrollo de la repulsión (electricidad) debe de haber comenzado, claro está, con los primerísimos esfuerzos particulares hacia la unidad, y debe de haber continuado constantemente en razón de la reunión, es decir, de la condensación o, de nuevo, de la heterogeneidad.
Así los dos principios propiamente dichos: la atracción y la repulsión, lo material y lo espiritual, se acompañan en estricta camaradería, siempre. Así el cuerpo y el alma marchan tomados de la mano.
Si ahora, en la imaginación, elegimos cualquiera de las aglomeraciones consideradas como en su primer estado en la esfera universal, y suponemos que esta incipiente aglomeración se produce en el punto donde existe el centro de nuestro sol, o más bien donde existió originalmente, pues el sol cambia perpetuamente de posición, nos encontraremos y seguiremos por algún tiempo, al menos, la más espléndida de las teorías: la cosmogonía nebular de Laplace, aunque cosmogonía es un término excesivamente amplio para lo que en realidad discute Laplace, que es la continuación de nuestro sistema solar tan sólo, uno entre los miles de sistemas similares que componen el universo propiamente dicho, esa esfera universal, ese cosmos omnicomprensivo y absoluto que constituye el tema de mi presente disertación.
Limitándose a una región evidentemente circunscrita: la de nuestro sistema solar con su vecindad comparativamente inmediata, y suponiendo simplemente, es decir, suponiendo sin ninguna base ni deductiva ni inductiva, mucho de lo que he intentado fundar sobre una base más estable que la suposición; suponiendo, por ejemplo, la materia difundida (sin pretender explicar la difusión) por todo el espacio, y algo más allá, ocupado por nuestro sistema, difundida en un estado de nebulosidad heterogénea y obediente a esa ley de gravedad omnipredominante sobre cuyo principio Laplace no se aventura a conjeturar; suponiendo todo esto (lo cual es absolutamente verdadero, aunque no tenga ningún derecho lógico para suponerlo), Laplace ha mostrado dinámicamente y matemáticamente que los resultados necesarios en este caso son aquéllos y sólo aquéllos que se manifiestan en la condición actual del sistema mismo.
Me explico: Imaginemos que esa aglomeración particular, de la cual hemos hablado, la que se encuentra en el punto señalado por el centro de nuestro sol, se produjo hasta que una gran cantidad de materia nebulosa adquirió aquí una forma aproximadamente esférica, coincidiendo su centro, claro está, con lo que es ahora —o más bien fue originalmente— el centro de nuestro sol, mientras su periferia se extendía más allá de la órbita de Neptuno, el más remoto de nuestros planetas; en otras palabras, supongamos que el diámetro de esta tosca esfera es de unos 6.000 millones de millas. Durante siglos esta masa de materia ha sufrido la condensación hasta llegar por fin a reducirse al volumen que imaginamos; habiendo procedido gradualmente de su estado atómico e imperceptible, a lo que entendemos por una nebulosidad visible, palpable o apreciable de algún modo.
Ahora bien, la condición de esta masa implica la rotación alrededor de un eje imaginario, rotación que, comenzando por el principio absoluto de la agregación, ha ido adquiriendo velocidad. Los dos átomos primeros que se encontraron, acercándose desde puntos no diametralmente opuestos, debieron de formar, al precipitarse el uno hacia el otro y dejarse parcialmente atrás, un núcleo para el movimiento rotatorio descrito. Cómo aumentó la velocidad, es fácil verlo. A los dos átomos se juntaron otros; se formó un agregado. La masa continúa rotando mientras se condensa. Pero los átomos de la circunferencia tienen, claro está, un movimiento más rápido que los que se hallan más cerca del centro. El átomo externo, sin embargo, con su velocidad superior, se acerca al centro, llevando consigo esta velocidad superior a medida que avanza. Así, cada átomo que marcha hacia adentro y finalmente se une al centro condensado, añade algo a la velocidad original de ese centro, es decir, aumenta el movimiento rotatorio de la masa.
Supongamos ahora esa masa condensada al punto de ocupar precisamente el espacio circunscrito por la órbita de Neptuno, y que la velocidad con la cual se mueve la superficie de la masa en la rotación general es precisamente la misma con la cual Neptuno realiza su revolución alrededor del sol. En este momento, entonces, comprendemos cómo la fuerza centrífuga en constante aumento, habiendo superado la centrípeta no creciente, desprendió y separó uno o algunos de los estratos exteriores y menos condensados, en el ecuador de la esfera, donde predominaba la velocidad tangencial, de modo que esos estratos formaron alrededor del cuerpo principal un anillo independiente en torno a las regiones ecuatoriales, así como la porción exterior de una amoladora desprendida por la excesiva velocidad de rotación, formaría un anillo circundante de no ser por la solidez del material superficial; si fuera de caucho o de otra consistencia similar, se presentaría precisamente el fenómeno que describo.
El anillo que se ha desplazado, girando, de la masa nebulosa, cumple su revolución como un anillo separado, con la misma velocidad con la cual rotaba mientras integraba la superficie de la masa. Entretanto la condensación continúa, el intervalo entre el anillo proyectado y el cuerpo principal sigue creciendo hasta que el primero queda a una gran distancia del último.
Ahora bien, admitiendo que el anillo haya poseído, por alguna disposición en apariencia accidental de sus materiales heterogéneos, una constitución casi uniforme, este anillo como tal nunca hubiera cesado en sus revoluciones alrededor del cuerpo primario; pero, como podía esperarse, parece haber habido en la disposición de los materiales suficiente irregularidad para hacer que se agrupasen en torno a centros de solidez superior; y así la forma anular fue destruida[10]. Sin duda, la banda se rompió en seguida en varias partes, y una de esas partes, predominante por su masa, absorbió a las otras, constituyendo el todo (de forma esférica) de una planeta. Que este último, como planeta, continuó el movimiento de revolución que lo caracterizaba cuando era un anillo, es de sobra claro; y que adquirió también un movimiento adicional en su nueva condición de esfera, se explica fácilmente. Imaginando el anillo todavía íntegro, vemos que su exterior, mientras el todo realiza una revolución en torno al cuerpo original, se mueve con más rapidez que el interior. Al ocurrir la ruptura, entonces, alguna parte en cada fragmento debe de haberse movido con más velocidad que las otras. Este movimiento superior predominante debe haber hecho girar cada fragmento alrededor de sí mismo, es decir, rotar; y la dirección del movimiento rotatorio debe haber sido la de la revolución de donde surgió. Sujetos todos los fragmentos a la rotación descrita, al unirse deben haberla impartido al planeta constituido por su unión. Este planeta era Neptuno. Su material continuó experimentando una condensación y la fuerza centrífuga generada en su rotación superó al fin la centrípeta; como en el caso de la esfera originaria, salió girando un anillo de la superficie ecuatorial de este planeta; este anillo, que no era uniforme en su constitución, se rompió, y sus varios fragmentos absorbidos por el más macizo, adquirieron en conjunto una forma esférica, constituyendo una luna. Luego se repitió la operación y el resultado fue una segunda luna. Así explicamos el planeta Neptuno con los dos satélites que lo acompañan. "



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