Mamita Yunai (fragmento)Carlos Luis Fallas

Mamita Yunai (fragmento)

"Eulogio Ramírez nació en el Guanacaste, en una hacienda de ganado y se crió entre jinetes, toros y caballos. A los dieciséis años, cuando apenas comenzaba a ensayar el suelto al compás de las marimbas y a suspirar por los ojos negros de su prima, se puso de acuerdo con otros muchachos conocidos y, siguiendo el ejemplo de miles de guanacastecos, resolvió irse a probar fortuna a los bananales del Atlántico; porque su tierra es muy alegre y sus mujeres muy guapas, pero la vida del peón, durísima y los salarios, miserables.
”Así comenzó su peregrinación, finca por finca, a través de toda la inmensa Zona Bananera. Hoy en las chapias, mañana en la corta de cacao o de banano, otro día en los zanjos y casi siempre en las volteas, pues llegó a hacerse un buen hachero con el tiempo; y también pasó sus temporadas en el hospital curándose las calenturas o el reumatismo. Un día de tantos se pegó el hacha en la rodilla y quedó con su pierna tiesa para siempre. Ya no podría volver a bailar el suelto, pero no por eso perdió las esperanzas de regresar a su tierra con dinero suficiente para hacerse una finquita y vivir independiente y feliz.
”Fue de los primeros que cayeron en Home-Creek, hacha en mano, sobre la montaña. Hecha al fin la finca y cansado de rodar, resolvió quedarse en ella. Cuando Mr. Reed llegó como administrador, cayó como una maldición sobre la peonada: grosero, borracho y lujurioso, mantenía en constante zozobra a las mujeres de la finca, sin hacer distingos entre solteras y casadas.
”A pesar de todo, Ramírez resolvió casarse y llevarse la mujer para la finca. La había conocido en una de sus salidas a Limón, sirviendo en una casa de comensales; era una muchacha guapa y graciosa como todas sus paisanas, una mula para el trabajo y ardiente y celosa en el querer. Ella no podía prolongar más la jalencia; a él le resultaban muy caras sus constantes salidas al puerto. Por eso se casaron.
”Desde el primer instante el gringo se sintió atraído por la carne joven y morena de Florita y comenzó el asedio; y los malos tratos y los trabajos más mal pagados para el marido.
”Él, tascando el freno, se daba cuenta de las maniobras del Jefe: posiblemente el gringo esperaba que la hembra cedería para mejorar la situación de su compañero. Comenzaron las murmuraciones y los chismes de las viejas, transformando su vida en un infierno. “¡Vámonos, vámonos de aquí!”, le rogaba Florita. Pero él tenía que pagar las jaranas que le dejó el casorio; saldrían de ellas, se irían para otra finca, economizarían y muy pronto estarían de regreso en el Guanacaste.
”Para agravar su situación cayó en cama por diez días y el chino les cerró el crédito. El día de orden, el macho le hizo saber que no podía retirar la suya porque no tenía fondos y tuvieron que comerse las uñas mientras llegaba el pago. Ese día, en la tarde, salió a Bonifacio con los pocos centavos que alcanzó; compró el poquillo de provisión y se entretuvo con un amigo que lo invitó a unos cuantos tragos. Ya tarde, y medio azurumbado por el ron, regresó en el carro que llevaban los negros de Home-Creek.
”Cuando entró en su casa, encontró a la mujer hecha un puño en la tijereta, llorando y con las ropas descompuestas. El gringo, aprovechando su ausencia y embrutecido por el whisky y el deseo, había tratado de violarla, apretándola salvajemente contra su enorme corpachón, maltratando sus carnes y destrozándole su vestido. A los gritos de ella acudieron las vecinas y entonces el macho, soltando su presa, montó en su mula y se alejó lanzando maldiciones y amenazas.
”Una llamarada de rabia le quemó las sienes y se metió entre las sombras de la noche, línea arriba, con el pesado machete en la mano. Y el destino lo quiso: no había corrido doscientas varas cuando sintió los trotes de la mula del macho y un momento después vio el bulto negro avanzando sobre él. Se plantó en media línea del tranvía. “¡Apéese, cabrón!”, le gritó, “¡Quiero que me pruebe que también es macho ante los hombres!”.
”El gringo frenó la bestia un instante, se llevó la mano a la pistola, escupió un sanababichazo y, clavándole las espuelas a la mula, se la echó encima. Él capeó el cuerpo como pudo y dando un salto le descargó el machete, haciéndolo caer de espaldas a un lado de la línea; luego, ya cegado por la rabia, se lanzó sobre el caído y le dio de machetazos hasta que no lo vio moverse más.
”Cuando recobró la razón, volaba en dirección a Bonifacio jineteando la mula de su enemigo. Frente al Comisariato plantó el animal, que estaba cubierto de espuma y de sudor, y, después de pensarlo un momento, cogió la línea del ferrocarril, al trote para no dar malicia, rumbo a Pandora, a donde llegó poco rato después, cuando ya comenzaba a rayar la luna. Doscientos o trescientos metros adelante brillaba el techo de zinc del Comisariato de la Compañía; un poco más arriba, el de dos grandes casas de madera. A su izquierda se dibujaba un gran puente colgante, que parecía mecerse en el espacio.
”Él sabía que allá, a la izquierda, detrás de las montañas altas y oscuras, estaba Talamanca y luego la frontera panameña; sabía también que por sobre ese puente se metía una línea de tranvía que, atravesando fincas, llegaba casi hasta el pie de esas montañas. Pasó el puente estremeciéndose al oír el sordo rumor que producían los cascos de la mula contra las tablas del piso y ya en la trocha abierta del tranvía comenzó a reflexionar sobre lo que había hecho y lo que eso significaba para su vida. Allá en Home-Creek quedaban Florita, sus ilusiones de regreso y una terrible cuenta pendiente con la justicia. Y entonces fue cuando se dio cuenta de todo el horror de su situación. “¡Veinte años en San Lucas!”, pensó, con un estremecimiento de espanto. Poco a poco lo fue invadiendo el pánico y comenzó a temblar; le parecía que el trote de la bestia se escuchaba a cien millas a la redonda y por todas partes creía ver sombras que lo acechaban y hasta oía los gritos lejanos de los que corrían en su persecución.
”Aguijoneado por el terror galopó furiosamente de nuevo, como un loco, saltando charcos, esquivando ramas, atravesando como un relámpago los claros de luna y las negruras de las ramazones.
”El recuerdo del muerto, la excitación de la carrera fantástica, los resoplidos de la bestia, que levantaba montañas de barro en sus peligrosos resbalonazos, todo contribuyó a extraviarle la razón. De pronto, sintió que la mula, a pesar de que la taloneaba desesperadamente, corcoveaba en un solo lugar, como para vengar a su dueño dando tiempo a que llegara la justicia. Loco de espanto se tiró de la bestia que se perdió relinchando entre las sombras de un cacahuital. Se levantó chorreando barro y, abandonando la línea, corrió por entre cacahuitales y abandonos, atravesando ríos, perseguido por el ruido de sus propios pasos. "



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