Un vigilante junto al muerto (fragmento)Ambrose Bierce

Un vigilante junto al muerto (fragmento)

"Nada más apagar la vela y dejarla en el suelo, a su lado, se arrellanó cómodamente en el sillón, se echó hacia atrás y cerró los ojos esperando dormirse. Pero en esto se decepcionó: jamás en su vida había sentido menos sueño, por lo que al cabo de unos minutos abandonó el intento. ¿Qué hacer? No podía pasear a tientas en una oscuridad absoluta con riesgo de herirse, o de chocar contra la mesa y turbar descortésmente al muerto. Todos reconocemos el derecho que tienen al descanso, a salvo de todo lo que sea duro y violento. Jarette consiguió casi hacerse creer a sí mismo que eran consideraciones de este tipo las que le llevaban a no correr el riesgo de la colisión y le permitían permanecer inmóvil en el asiento. Mientras pensaba este tema, creyó haber oído un débil sonido que procedía de la mesa… no era capaz de explicarse de qué tipo de sonido se trataba. No volvió la cabeza. ¿De qué iba a servirle en la oscuridad? Pero escuchó con gran atención: ¿por qué no iba a hacerlo? Y mientras escuchaba, se fue sintiendo mareado hasta el punto de que se aferró a los brazos del sillón en busca de apoyo. Percibía por sus oídos un zumbido extraño; tenía la sensación de que la cabeza le iba a estallar; la ropa que llevaba puesta le constreñía y oprimía el pecho. Se preguntó por el motivo de todo aquello; y si serían los síntomas del miedo. Luego, tras una larga y potente espiración, tuvo la impresión de que el pecho se le hundía, pero con la gran inspiración con la que rellenó sus pulmones agotados perdió el vértigo y se dio cuenta de que había estado escuchando con tanta intensidad que había retenido la respiración casi hasta el punto de ahogarse. Aquella revelación le resultó vejatoria; se levantó, empujó el sillón con el pie y caminó hasta el centro de la habitación. Pero no es posible caminar a zancadas en la oscuridad; empezó a avanzar a tientas, encontró una pared y la siguió hasta un ángulo, giró, pasó junto a las dos ventanas y en la otra esquina entró en violento contacto con la mesita de lectura, derribándola. Produjo un estrépito que le hizo sobresaltarse. Se sintió molesto.
—¿Cómo diablos pude olvidar dónde estaba? —murmuró, y empezó a abrirse camino a tientas, a lo largo de la tercera pared, hasta la chimenea—. He de poner las cosas en su sitio —añadió mientras buscaba la vela por el suelo.
Tras recuperarla, la encendió y volvió inmediatamente la mirada hacia la mesa, donde como es natural nada había cambiado. La mesita de lectura permaneció en el suelo: se había olvidado de «ponerla en su sitio». Miró por toda la habitación dispersando las sombras más profundas con el movimiento de la vela que llevaba en la mano y, cruzándola hasta la puerta, la comprobó girando el pomo y tirando de él con toda su fuerza. No cedió y aquello pareció proporcionarle cierta satisfacción; incluso la aseguró con mayor firmeza mediante un pestillo que antes no había observado. Regresó al sillón y miró el reloj, comprobando que eran las nueve y media. Se sorprendió al darse cuenta de que se había llevado el reloj al oído: no se había parado. La vela era ahora visiblemente más corta. La volvió a apagar y la colocó en el suelo a su lado, lo mismo que antes.
El señor Jarette no se encontraba tranquilo; se sentía claramente inquieto en ese entorno, e insatisfecho consigo mismo por ello.
—¿Qué he de temer? —pensó en voz alta—. Esto resulta ridículo; no voy a comportarme como un estúpido.
Pero el valor no venía por el hecho de que se dijera «voy a ser valiente», ni por reconocer que la valentía era lo más apropiado para la ocasión. Cuanto más se condenaba Jarette a sí mismo, más razones se estaba dando para condenarse; cuanto mayor era el número de variaciones que había intentado sobre el único tema de que los muertos son inofensivos, más insoportable se volvía la discordancia de sus emociones. "



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