Los últimos románticos (fragmento)Pío Baroja

Los últimos románticos (fragmento)

"En la época en que don Fausto fue a vivir con Pipot a la calle Galande, no era el barrio de Saint-Séverin lo que es ahora.
Subsistía aún el Hôtel-Dieu, el hospital más viejo del mundo y uno de los edificios más sombríos de París. Tenía este hospital dos cuerpos a ambos lados del Sena, que ocupaban el espacio comprendido entre el Petit Pont y el Pont-au-Double; eran dos edificios paralelos, largos y estrechos, lóbregos, con galerías subterráneas y bocas de vertederos negros, que arrojaban sus inmundicias en el río de aguas verdosas inmóviles y siniestras. Al lado del hospital y cerca del puente de San Miguel estaba la Morgue.
En este tiempo, que se remonta a unos cuarenta años, era la plaza Maubert más pequeña que ahora, y dentro de su perímetro actual había una manzana de casas viejas que formaba la calle de Lavandières. Tampoco existía entonces la estatua de Étienne Dolet, punto en donde acaban ahora las manifestaciones radicales, casi siempre a garrotazos.
La prolongación del bulevar Saint-Germain había abierto una gran brecha en este antiguo barrio de los escribas, de los iluminadores y de la gente de la universidad de la vieja ciudad de París; pero, a pesar de las demoliciones consecutivas al bulevar, entre la nueva vía y los muelles de Saint-Michel y de Montebello, quedaba aún un ovillo de callejuelas típicas, estrechas, ruidosas, pobladas por gente pobre, bohemia y maleante.
El barrio, además de pobre, era siniestro; tenía enfrente, en la isla, la Catedral, el Palacio de Justicia y la Morgue: la Iglesia, la Justicia y la Muerte; tres venerables harpías sedientas de sangre.
La plaza Maubert era el centro de esta barriada miserable, constituida por callejuelas estrechas, llenas de tabernas, de rincones sospechosos, de asilos de bandidos y malhechores de todas clases. A ella afluían las calles de Maître Albert, Grands-Degres y Haut-Pavé, que conducían al muelle de Montebello, la de la Bucherie, Trois-Portes y la de Lavandières.
De estas calles, próximas a Saint-Séverin y a San Julián el Pobre, la más importante y animada era la de Saint-Jacques.
Todas las callejuelas del oscuro y lóbrego barrio, que formaba como un pólipo dentro de París, tenían su historia: la corta calle de Boutebrie había sido de los iluminadores; la calle de la Parcheminerie, negra, húmeda, como la de una vieja ciudad flamenca, de los escribas; en la calle Fouarre, hoy de Dante, habitó el autor de La Divina Comedia; en la calle Galande, en el Château-Rouge, vivió la duquesa de Baufor, la bella Gabriela d’Estrées, y con el transcurso del tiempo, el nido de amor de la dama de Enrique IV se había transformado en una guarida de criminales y de borrachos, que destilaba alcohol y clientes para la guillotina. La calle de Saint-Séverin tenía la iglesia gótica, conocida modernamente por las orgías revolucionarias celebradas en ella, notable por sus vidrieras y por los exvotos del altar de Nuestra Señora de los Siete Dolores; la calle de San Julián el Pobre tenía la iglesia románica del mismo nombre, que era la capilla del viejo Hôtel-Dieu; la calle del Chat-qui-Perche, a falta de otra nombradía, ostentaba la extravagancia de su título, procedente de una enseña.
Era todo el barrio ilustre por demás y a la cabeza de él estaba la plaza Maubert. En esta antigua plaza, como en las demás callejuelas adyacentes, abundaban las tabernas y los chamizos, constantemente llenos de vagabundos, unos vagabundos más desastrados y miserables que los de parte alguna.
Las casas que formaban estas callejuelas eran viejísimas, negras, derrengadas, sostenidas por pies derechos, reforzadas con grapas de hierro, con las paredes de piedra corroídas por el aire y la lluvia, los tejados puntiagudos y los balcones atestados de enseñas mugrientas, de faroles viejos, torcidos, de los hoteles baratos y de los refugios de noche.
Había por todas partes una porción de patios y tiendas en donde se alquilaban carritos de mano; prenderías, a cuya puerta se amontonaban enseres de menaje; tiendas de hierro viejo y de ropas usadas. Había casa en el barrio donde vivían más de doscientas familias, colmenas de tugurios estrechos, sin luz ni aire, en los cuales se ahogaban los hombres en una atmósfera nauseabunda. Allí los cristales, sucios y polvorientos, tenían tiras de papel; las persianas estaban rotas y torcidas, y colgaban en las ventanas harapos puestos a secar.
En casi todas aquellas casas antiguas se veía desde el portal un corredor larguísimo, estrechísimo, negro, una entrada de caverna, y al final un patizuelo sombrío, maloliente, con las losas del suelo siempre mojadas y cubiertas por una baba brillante, parecida al rastro de algunos moluscos.
En muchos de los angostos patios solía haber una fuente, donde se lavaban los vecinos; en algunos, en el fondo, resoplaba la máquina de un lavadero o de una tintorería, y en estas casas un arroyo de jabón o de agua de colores corría por el pasillo a desaguarse en el sumidero del patio, cuando no salía a la calle por encima de la acera. "



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