Lugares que ya no quiero compartir con nadie (fragmento)Elvira Lindo

Lugares que ya no quiero compartir con nadie (fragmento)

"He conseguido disfrutar y padecer un estado continuo de nostalgia que duele y satisface casi a un tiempo. Lo peor es que cuando decida volver definitivamente a Madrid, porque un día volveré, dado que no me veo de vieja del Upper West apoyada en el andador Broadway arriba Broadway abajo, cuando vuelva a Madrid echaré de menos estos años errantes. Y tal vez entonces no me quede más remedio que separarme de mi marido porque él no encuentra ningún problema a un futuro Broadway arriba Broadway abajo, pero claro, carece de imaginación prospectiva como para verse a sí mismo con el andador. No nos parecemos. Yo soy capaz de visualizar la escena de mi fallecimiento: la habitación en penumbra, rodeada de mis seres queridos, yo pronunciando unas extraordinarias últimas palabras. A veces, en el colmo de la imaginación torturada, hasta me las preparo. Pero ese cuarto de moribunda nunca está en esta ciudad.
Eso sí, paradójicamente, cuando vaya con mi andador por alguna calle de Madrid recordaré estos años como los mejores de mi vida, a pesar de la ansiedad (que tal vez entonces ya habrá desaparecido) o de estos inviernos endemoniados que ya no puedo soportar y que tantas tardes me encierran en casa contra mi voluntad. Sí, a veces creo que vivo construyendo ese recuerdo: el de este tiempo en que escribo novelas o artículos en Nueva York. El de este tiempo en que a cada rato he de presentarme con la concisión con que se presenta el alcohólico a la Asociación de Alcohólicos Anónimos. Soy Elvira y escribo, y gracias a este raro oficio puedo permitirme esta vida de ritmo sincopado. Soy novelista, soy cronista de un periódico. ¿Sobre qué escribo cada semana? Sobre nada, escribo sobre nada, salgo a la calle y vuelvo a casa y escribo.
Puede que entonces, cuando haya regresado, recuerde cuánto se parecía esta contestación al espíritu de la serie «Seinfeld», que aún vemos todas las noches sabiéndonos como nos sabemos casi todos los capítulos de memoria. Recordaré ese capítulo en el que Jerry Seinfeld y George Costanza están presentando su proyecto de comedia en la televisión y a la pregunta de los directivos sobre de qué versarán las aventuras de la serie los dos amigos responden: «Pues de nada». Los ejecutivos de la tele no pueden entender que exista una comedia sin argumentos; no les cabe en la cabeza que la vida, a menudo, carece de argumentos, salvo que llegue la muerte para escribir un fin desconsiderado y definitivo. En mi caso, esa «nada» viene a ser todo aquello de lo que casi nunca escribe un corresponsal.
Cuando todo esto sean recuerdos, pensaré (apoyada en mi andador para evocarlos mejor) que esta ciudad es única para escribir sobre nada, para dejar que la literatura que nace de ella sea el resultado de emprender un camino recto del ojo al papel. Estas páginas, por ejemplo, caerán en manos de esos lectores caprichosos a los que de vez en cuando les gusta leer aventuras escritas a vuela pluma, sin principio ni fin, como la misma vida, pero he de confesar que el secreto de esta crónica es que está escrita para mí, para esa persona que yo seré en un futuro; escribo con la voluntad de atrapar algo de este presente que según escribo ya se me va escapando de las manos.
Leeré, en estas páginas escritas para la mujer que ha de vivir definitivamente en Madrid porque no quiero ser como esos escritores que se dejan la vida en aeropuertos, que voy a Queens los martes a ver a un psiquiatra que asegura no saber nada sobre mí pero al que yo no creo del todo porque estoy convencida de que el doctor Carulla le habrá hecho un resumen o un retrato. No creo en el secreto de confesión, ni de los curas ni de los psiquiatras. No cuadra con la condición humana: todos nos contamos casi todo. Leeré que el doctor me preguntó en la primera sesión si recordaba el momento en que empezó la ansiedad y que yo le respondí que la primera vez en que fui consciente de ella (aunque en aquel pasado no hubiera sabido ponerle nombre) fue cuando tenía nueve años. Y me recordaré a mí misma emboscada en este plumas azul, con los pies colgando y la sensación de que van a encontrarme piojos, explayándome sobre mi infancia, sobre los hechos que yo creo que contribuyeron a marcarme el carácter. Un autorretrato de mi niñez que mientras lo esbozo cobra extrañeza: los viejos temores infantiles cobrando vida en un pequeño cuarto que da a Justice Avenue cuarenta años después. Recordaré al doctor diciéndome, sin que en absoluto suene desconsiderado, que ya poco se puede arreglar de todo aquello, que conviene que nos centremos en aliviar esta desazón crónica.
En el fondo, siento alivio al verme liberada de la obligación del buceo en el pasado. Yo buceo sola y a menudo demasiado. También buceo en las aguas del futuro, que es más difícil. Y desearía carecer de imaginación prospectiva, para evitarme, como Antonio, una mente que siempre avanza dos o tres pasos más allá de lo que está ocurriendo. Lo que yo desearía en la vida es saber nadar por la superficie.
No tengo problemas en tomar medicación, le digo respondiendo a su pregunta, no es un tabú para mí. Soy relativamente aficionada a la farmacopea. Con mi amigo Lorenzo, boticario y científico de NYU, en donde investiga el estrés postraumático, suelo tener jugosas conversaciones sobre las bondades de la química. Me gusta leer los prospectos y en vez de médicos prefiero visitar al farmacéutico. Tengo un boticario de confianza en Madrid y la suerte de contar con Lorenzo aquí, que acierta con la píldora perfecta en cuanto le describo tres síntomas, e incluso me las trae a casa en mano, como si fuera el coreano que reparte comida china, a cambio de una cena y una copa de vino, una vez que él ha dejado a sus ratas blancas de ojos rojos dormidas dentro de sus jaulas y nosotros hemos dejado macerando la última página de un texto hasta el día siguiente.
Confío en los milagros de la botica, siempre y cuando, el doctor y yo estamos de acuerdo, esa medicación no me alivie de tal manera la ansiedad que anule mi necesidad de escribir.
Cuando el doctor puso fin a aquella primera sesión di un pequeño salto para poner los pies en el suelo. Nos estrechamos la mano y nos citamos para la siguiente semana. Cuando salí ya era noche cerrada en Justice Avenue. Mis ojos no veían entonces lo que han visto mucho después. Las primeras veces la zona me pareció tan hostil, una especie de autopista más que de avenida urbana con edificios a ambos lados, que no fui capaz de contemplar el barrio real que tenía ante mis ojos: la mezcla asentada de chinos e hispanos que hace que los letreros tornen de los caracteres chinos al alfabeto español de manera intermitente. Elmhurst. Según han ido pasando las semanas, aquel lugar inhóspito, feo y muerto se convirtió en un barrio, en un barrio como el que había sido el mío durante mi adolescencia. Siempre me pasa. En cuanto me familiarizo con un barrio periférico se me convierte en Moratalaz y Justice Avenue se transformó en Moratalaz en el momento en que mis ojos se acostumbraron a él: empecé a ver niños que volvían de la escuela, a ancianas que los llevaban de la mano, a vecinos hablando a las puertas de un economato chinesco y a gente que salía del metro con cara de derrota tras el día de trabajo. Gente con horario. Un barrio. "



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