El Weir de Hermiston (fragmento)Robert Louis Stevenson

El Weir de Hermiston (fragmento)

"Una intimidad tan desigual nunca ha sido rara en Escocia, donde el espíritu de clan sobrevive, donde la criada suele pasar la vida sirviendo al mismo amo, una ayuda al principio, más tarde una déspota y pensionista por último; donde, además, no se le priva necesariamente de su orgullo, sino que, tal vez, como Kirstie, tiene algún parentesco con el amo y, al menos, conoce la historia de su propia familia y puede estar emparentada con algún muerto ilustre. Porque es eso lo que caracteriza al escocés de cualquier clase, algo impensable para un inglés: su actitud hacia el pasado, que recuerda y aprecia la memoria de sus antecesores, malos o buenos, y arde en él, vivo, un sentido de identidad con los muertos que llega, a veces, hasta la vigésima generación. No podríamos hallar un ejemplo más característico que la familia de Kirstie Elliott. Todos, y Kirstie la primera, se mostraban dispuestos a poner por delante las particularidades de su genealogía, embellecida con cualquier detalle que viniera a la memoria o la fantasía fabricara y, préstese atención, porque, de cada rama del árbol genealógico, colgaba un dogal. Los Elliott habían tenido una historia accidentada y, además, provenían de tres de los clanes más desdichados de la frontera con los ingleses: los Nickson, los Ellwald y los Crozer. Se podía ver a un antepasado tras otro, un instante, entre la lluvia o la niebla de las colinas, apresurándose en dirección a sus negocios furtivos, quizá camino de su casa con un botín exiguo de caballos cojos y vacas flacas, o gritando e impartiendo la muerte en alguna riña de páramo entre hurones y gatos monteses. Uno tras otro habían acabado sus aventuras sombrías al aire libre en un santiamén, colgados en la horca real o en el árbol de un barón fronterizo. Porque el trabuco oxidado de la justicia escocesa, que por lo general no dañaba a nadie sino a los mismos jueces, se convirtió en arma de precisión para los Nickson, los Ellwald y los Crozer. Sólo el efecto vigorizante de sus hazañas parecía hechizar la memoria de sus descendientes, que olvidaban las vergüenzas. Renacía en sus pechos el rescoldo del orgullo cuando declaraban su parentesco con «Andrew Ellwald de Laverockstanes, llamado Dand El Desdichado, que fue ajusticiado en Jeddart con otros siete del mismo nombre, en los días del rey Jaime VI». En todo este embrollo de crimen y desgracia, los Elliott de Cauldstaneslap se jactaban de algo legítimo: los varones eran carne de horca, infractores de la ley desde la cuna, ladronzuelos y pendencieros a muerte, pero según idéntica tradición, las hembras eran todas castas y fieles. El poder del linaje sobre el carácter no se reduce a la herencia de células. Si compro antepasados al peso con el permiso del jefe de la corte heráldica de Escocia, mi nieto (si es escocés), sentirá la misma emulación de sus hazañas con pasión. Entre los Elliott, los hombres que asumían y continuaban la tradición eran orgullosos, sin ley, tan violentos como si tuvieran derecho a serlo. Y las mujeres lo mismo. Y la mujer de naturaleza apasionada e inquieta que se acurrucaba en la alfombra al resplandor del fuego contando estas leyendas, había atesorado toda su vida una integridad salvaje en la virtud.
Su padre, Gilbert, había sido un fanático de la disciplina a la antigua, profundamente devoto, aunque se dedicaba con éxito al contrabando. «Recuerdo que, cuando yo era pequeña, me daba cachetes a menudo y me iba azuzando hacia la cama como a un pollito», contaba ella. «Eso era cuando los muchachos y sus grandes barriles estaban en camino. De doce a tres de la madrugada hemos tenido en la cocina muchas veces a la gentuza de dos o tres condados. Y sus linternas colgadas en el corral; sí, una veintena de ellas a la vez. Pero en Cauldstaneslap no se permitía hablar de forma irreverente. Mi padre era un hombre razonable en su conversación y en su conducta. Si a alguien se le escapaba un juramento, le señalaba la puerta. Tenía ese fervor por Dios, Nuestro Señor; oírle rezar era maravilloso, pero la familia siempre tuvo ese don.» Ese padre se casó dos veces; una, con una morena de la vieja estirpe de Ellwald, con la que tuvo a Gilbert, ahora en Cauldstaneslap; y la segunda vez con la madre de Kirstie. «Cuando se casó con ella, era ya un viejo, un viejo déspota con una voz potente; podías oírle gritar desde todo lo alto del establo», contaba ella. «Pero su mujer era una perfecta maravilla. Era de sangre noble, Archie, puesto que era de tu sangre. Todos en la comarca se volvían locos por ella y por su pelo rubio. El mío no puede compararse con el de ella, y pocas mujeres lo tienen más abundante que yo, ni de color más hermoso. Con frecuencia, le decía yo a mi querida Miss Jeannie, a tu madre —¡ay!, andaba enojada siempre con su pelo, porque era muy delicado y fino, ¿sabes?—, "¡Vamos, miss Jeannie!", le decía yo, "tire sus jabones y mejunjes franceses al fuego de la chimenea, porque ése es su sitio; váyase a un arroyo, lávese en el agua fría de las montañas, y seque su hermoso pelo al viento fresco de los brezales, como mi madre hacía con el suyo y yo he hecho siempre con el mío. Haga lo que le digo, señora, y me dará buenas nuevas de su pelo. Lo tendrá abundante y una trenza tan gruesa como mi brazo", le decía, "y el color más bonito que el de las guineas de oro limpias, y los muchachos en la iglesia no le quitarán ojo!". Bueno, le duró el tiempo que vivió, ¡pobrecita! Le corté un mechón del cadáver, que estaba ahí ¡tan frío! Un día de éstos te lo enseñaré, si eres bueno. Pero, como te decía, mi madre...»
Al morir el padre, quedaron la Kirstie del cabello de oro, que entró al servicio de los Rutherford, parientes lejanos, y el Gilbert de faz oscura (moreno como su madre), veinte años mayor, que se dedicó a la agricultura en Cauldstaneslap, se casó y tuvo cuatro hijos, de 1773 a 1784, y una hija, como una postdata, en 1797, el año de Camperdown y el Cabo de San Vicente . Parece que era tradición en la familia finalizar con una hija tardía. En 1804, a los sesenta años, Gilbert tuvo un fin que podría calificarse de heroico. Solía llegar del mercado a su casa a una hora cualquiera entre las ocho de la tarde y las cinco de la mañana, y llegaba de cualquier humor, entre lo pendenciero y lo brusco, porque mantuvo hasta esos años las buenas costumbres del campesino escocés. Se sabía que, en aquella ocasión, iba a casa con bastante dinero y había corrido la voz como la pólvora. El señor había aireado sus guineas y, sí alguien hubiera estado atento, habría visto a una panda de mal jaez, vagabundos, gentuza de Edimburgo, que salía del mercado mucho tiempo antes del anochecer y cogía el camino del monte por el lado de Hermiston, en donde no era de creer que fueran a un asunto legal. A uno de la comarca llamado Dickieson, se lo llevaron de guía, ¡y lo pagó bien caro! En el vado de Broken Dykes, aquel clan de parásitos se echó de golpe sobre el señor, seis contra uno, y él tres partes dormido por exceso de alcohol. Pero tratar de atrapar a un Elliott no es de sentido común. Durante un buen rato, de noche y con el agua embarrada que le llegaba a las cinchas de la silla, luchó con el bastón como un herrero en el yunque, y el clamor de las blasfemias y los golpes infundía miedo. Así acabó la emboscada y continuó a caballo hasta su casa con una bala en el cuerpo, tres cuchilladas, una costilla rota, sin dientes, la brida en dos pedazos y el caballo moribundo. En la negrura de la noche, con las riendas rotas y la cabeza débil, clavó las espuelas en los ijares y el pobre caballo, que estaba peor que él, relinchaba dando grandes alaridos, mientras corría, como una persona, y el eco en los montes repetía su dolor y la gente de Cauldstaneslap se levantaba de la mesa y se miraba con la cara pálida de miedo. "



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