Paseos con mi madre (fragmento)Javier Pérez Andújar

Paseos con mi madre (fragmento)

"Con sólo cambiar una letra puede transformarse el mundo, esto es lo que saben los poetas. Ya en la desembocadura, la gente va a pescar, muchos con caña, pero otros con el sedal a pelo, y el sitio se llena de latas, restos de comida, cartones, plásticos, y así tiene el río ahora una contaminación más moderna, más de consumo, que aquella contaminación puramente industrial de los años setenta.
Los ojos azules de mi madre, su pelo ensortijado, su sonrisa tan inmediata, que estoy viendo desde el principio de mis días, su ropa de luto ahora, como si ella también hubiera tenido que irse lejos. Pasa el tren y el puente de hierro tiembla sobre nuestras cabezas y deja un olor a vía caliente. Buscamos los caminos donde la hierba anda menos empapada de rocío, y aun así los zapatos se nos salpican de tierra, de
barro, igual que a caminantes machadianos.
Todo el paisaje de San Adrián se va trasvenando de fantasmas, de aparecidos vagabundos, de gente que ha vuelto de golpe cuando nadie se acordaba de ellos. Espectros exhaustos tras años de peregrinaje. Algunos llevan al hombro un bolso con sus ropas, y se deslizan bajo las columnas de la autopista como una culebra entre las patas de un elefante.
Casi veinte años viviendo en esos pisos viejos de Barcelona, de suelos de mosaico y tuberías de hierro, y sabiendo que ni uno de los pasos que he dado por sus aceras va a hacerme de esta ciudad, y así cada semana regreso a la periferia, al río, a los bloques, a la autopista, a las vías, cada vez en busca de una dosis de mí mismo. Pero nunca me encontraré tan lejos de mi historia como cuando llego a San Adrián, porque aquí ya no hay nada de lo que persigo. Son fantasmas lo que salgo a cazar, y a algunos voy a encontrármelos.
¡No veas cómo me acuerdo de ti, cha!, me dirá uno, el Miguelito, con la voz rota por el heavy metal y la metadona. ¡No veas cómo me acuerdo de ti, cha!, vuelve a exclamar, y lo repetirá todo el rato; porque ya no hay nada detrás de ese recuerdo y porque yo tampoco existo y me he convertido también en recuerdo. Nos sonreímos para no tener que hablar. Él es un fantasma, y yo onirismo. No veas cómo me acuerdo de ti, cha, insiste queriendo acordarse de algo o de todo. Luego sacará del bolsillo una cartera partida por la mitad y un trozo se le caerá al suelo, y va a agacharse torpemente para recogerlo y sus brazos son una encrucijada de ríos azules. Lo que quería enseñarme era un pase de Servicios Sociales para los transportes públicos. Mira, cha, he venido en metro. Uno siempre enseña lo mejor que tiene. Él es un fantasma que va a preguntarme por toda mi familia. No veas cómo me acuerdo de ti, cha. Y luego cambiará de expresión, como arrepintiéndose de haber hablado, y continuará: ¿Sabes qué pasa, tío?, que no me gusta recordar, que cada vez que recuerdo me pongo a llorar. Y entonces voy a dejar al Miguelito solo bajo la autopista con la bolsa de la ropa en el suelo como si estuviese esperando su tren.
Viven en el río dos familias de lituanos, en tiendas de campaña. Se han instalado ahí, a la orilla, lavan la ropa en la corriente y la tienden, o más bien la extienden, sobre los arbustos. Mi madre ha llamado tarales a esas plantas. Uno rubio, un chaval con cara de pocos amigos, pesca con una miga de pan clavada en el anzuelo. Explica que hay unos peces muy gordos y muy buenos, y aunque al hablar parece más amable no pierde el gesto de desconfianza. Cuenta que busca trabajo en un castellano hecho de unos pocos sustantivos y unos cuantos verbos sin conjugar. Cada vez que uno de ellos pronuncia la palabra trabajo le sale de los labios un mazazo de súplica. "



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