Un paseo invernal (fragmento)Henry David Thoreau

Un paseo invernal (fragmento)

"En cuanto a mí, con respecto a la Naturaleza, tengo la impresión de vivir como una especie de habitante fronterizo, en los confines de un mundo al que hago sólo incursiones ocasionales y efímeras, y mi patriotismo y lealtad hacia el estado a cuyos territorios parezco retirarme son los de un bandolero. Con tal de llegar a una vida que yo llamo natural, seguiría con gusto incluso a un fuego fatuo por pantanos y ciénagas inimaginables, pero ni luna ni luciérnaga alguna me han mostrado el sendero que lleva hacia allí. La Naturaleza es una personalidad tan vasta y universal que siempre habrá algún rasgo que no hemos visto. El andariego que recorre los familiares campos que se extienden por los alrededores de mi pueblo natal se encuentra a veces con una tierra distinta de la que figura en los títulos de propiedad, como si estuviera en algún territorio lejano en los confines del Concord real, donde cesa su jurisdicción, y la idea que la palabra Concord [concordia] sugiere deja de ser sugerida. Estas granjas cuyos planos yo mismo he trazado, estas estacas que yo mismo he clavado, aparecen difusamente inmóviles como a través de la niebla; pero no existe proceso químico que pueda fijarlas; se desvanecen de la superficie del cristal, y la imagen que el pintor ha pintado sale confusa de debajo. El mundo al que estamos acostumbrados no deja rastro, y no tendrá aniversario.
La otra tarde fui a dar un paseo por la finca Spaulding. Vi el sol crepuscular iluminando un majestuoso bosque de pinos sobre el lado opuesto. Los rayos dorados se filtraban por los pasillos que dejaban los árboles, como si fuera una mansión señorial. Me impresionó como si se tratara de una antigua familia, admirable y espléndida, que se hubiese instalado sin que yo lo supiera en esa parte de la tierra que llamamos Concord y tuviera al sol como criado; una familia que no frecuentaba la vida social del pueblo y a la que no se iba a visitar. Divisé su parque, el campo de recreo, al otro lado del bosque, en el prado de arándanos de Spaulding. Los pinos, a medida que crecían, les proporcionaban los gabletes. La casa no se veía a simple vista; los árboles crecían a través de ella. No sé si escuché el ruido de unas risas ahogadas o no. Parecían descansar sobre los rayos del sol. Tienen hijos e hijas. Están perfectamente bien. La huella de la carreta del granjero, que cruza completamente la mansión, no los molesta en lo más mínimo, como tampoco el fondo enfangado de un charco con el reflejo del cielo que se ve a veces. Nunca han oído hablar de Spaulding, y no saben que es vecino suyo, a pesar de que yo lo he oído silbar mientras atravesaba la casa con su yunta. No hay nada que iguale la serenidad de sus vidas. Su escudo de armas es un sencillo liquen. Lo vi pintado en los pinos y los robles. Las buhardillas estaban en la copa de los árboles. No hacían política. No había ruido de trabajo. No parecía que tejieran ni hilasen.
Sin embargo, lo que sí detecté cuando el viento se calmó y se acallaron los ruidos, fue el susurro musical más suave y bonito que pueda imaginarse, como el zumbido distante de una colmena en mayo... Quizá fuera el murmullo de sus pensamientos. No tenían pensamientos ociosos, y nadie de fuera podía ver su trabajo, pues su laboriosidad no estaba encerrada como en nudos y excrecencias.
Pero me cuesta recordarlos. Se desvanecen de mi mente irremediablemente, incluso ahora mientras trato de evocarlos y calmarme. Sólo después de un prolongado y serio esfuerzo por acordarme de mis mejores pensamientos, vuelvo a ser consciente de su presencia en este lugar. Si no hubiese familias como ésta, creo que me iría de Concord.
En Nueva Inglaterra tenemos la costumbre de decir que cada año nos visitan menos palomas. Nuestros bosques no les brindan hayucos ni bellotas. Del mismo modo, pareciera que de año en año cada vez menos ideas visitan a los hombres a medida que crecen, porque el bosquecillo de nuestra mente está devastado, se ha vendido para alimentar el fuego fatuo de la ambición, o se ha enviado al aserradero y apenas queda una ramita sobre la que puedan posarse. Ya no anidan ni crían entre nosotros. En alguna estación mejor, quizá una sombra tenue atraviese el paisaje de la mente, impulsada por las alas de algún pensamiento en su migración vernal u otoñal, pero, al mirar hacia arriba, no logramos detectar la esencia del pensamiento mismo. Nuestros pensamientos alados se convierten en aves de corral. Ya no se elevan y sólo llegan a la grandeza de las especies de Shanghai o la Cochinchina. ¡Estos grandiosos pensamientos, estos grandiosos hombres de los que se habla!
Nos abrazamos a la tierra... ¡raramente alzamos vuelo! Creo que podríamos elevarnos un poco más. Al menos podríamos trepar a un árbol. Una vez descubrí el valor de subir a un árbol. Era un gran pino blanco en lo alto de una colina; y aunque me llené de resina, valió la pena porque descubrí en el horizonte montañas que nunca había visto... ¡tierras y cielos nuevos! Si no me hubiera subido, podría haberme paseado durante setenta años sin llegar a verlos jamás. Pero sobre todo descubrí a mi alrededor —era final de junio— unas delicadas y diminutas flores rojas de forma cónica, la flor fecunda del pino blanco que apunta al cielo y que sólo se encuentra en las ramas más altas. Me llevé el brote apical directamente al pueblo y se lo enseñé a unos jurados forasteros que paseaban por las calles —era semana de audiencia—, a unos campesinos, a unos comerciantes de madera, a unos leñadores y a unos cazadores. Nadie hasta entonces había visto nada igual y se maravillaron como si una estrella hubiese caído del cielo. ¡Como los arquitectos de la antigüedad que acababan su obra rematando la punta de la columna con la misma perfección que la empleada en las partes más visibles de la base! La naturaleza ha dirigido desde el principio esas diminutas flores del bosque hacia el cielo, por encima de nuestra cabeza, de modo que pasen inadvertidas. Sólo vemos las flores que están a nuestros pies en los prados. Hace siglos que cada verano los pinos abren sus delicadas flores en las ramas más altas del bosque, sobre todos los hijos de la naturaleza, tanto blancos como pieles rojas, pero difícilmente un campesino o un cazador las haya visto jamás. "



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