Mi madrina (fragmento)Carlos Luis Fallas

Mi madrina (fragmento)

"Una tarde, estando yo con mi madrina en la puerta de la casa, dos rezadoras, antiguas compañeras suyas en los novenarios, al pasar frente a nosotros aligeraron el paso, se santiguaron y no nos dijeron adiós ni nos alzaron a ver siquiera.
—Nos tienen miedo... –murmuré inconscientemente, con aflicción.
Ella estrechó mi cabeza contra su pecho, e inmediatamente se fue a sentar en su viejo taburete, para disimular con un rezo el amargo sollozo que no pudo contener.
Dos o tres incidentes parecidos ocurrieron luego. Y un domingo, al terminar la misa, cuando íbamos saliendo de la iglesia, una mujer a nuestro lado dijo, en alta voz, para que oyeran todos, y señalando abiertamente a mi madrina:
—¡Miren qué hipócrita! ¡Se va a salar la iglesia...! ¡Hay que decirle al Padre que l’eche una maldición, pa que no vuelva a poner los pies aquí!
Por eso jamás pudimos volver a visitar la iglesia.
Siempre que le sucedían cosas así mi madrina caía en negros y prolongados períodos de angustioso mutismo, de silenciosa desesperación. Entonces ayunaba por días y días, rezaba más que nunca y se atormentaba con crueles penitencias.
Una noche de esas me desperté muy tarde, casi amaneciendo ya, y al verla se me encogió el corazón de angustia y de temor. Mi madrina, cubierta apenas por un ligero camisón, estaba hincada ante la Virgen del Carmen, sobre granos de maíz, entre dos velas encendidas, con sus delgados brazos en alto y una gruesa piedra en cada mano; en ese continuado esfuerzo, lentas y brillantes gotas de sudor se le escurrían desde los brazos hasta el cuello y las axilas, y toda ella se estremecía a cada sollozo mientras en voz baja y temblona imploraba la ayuda del Cielo:
—¡Ayúdame, Virgen Santa, y dame tu perdón... ! ¡Todo lo que hago y lo que sufro es por él...! ¡Yo no necesito nada...! ¡Dios lo sabe, Virgen Purísima!
Un pavor horrible se apoderó de mí y comencé a llorar desesperadamente, interrumpiendo así las invocaciones de mi madrina. Ella se asustó al oírme, dejó caer las piedras, apagó las velas de dos nerviosas manotadas y corrió a acostarse apresuradamente, tratando de consolarme con palabras de aliento y de cariño.
Algunas veces, cuando a pesar de sus muchas penitencias la angustia y el desasosiego se le hacían intolerables, mi madrina acudía a doña Mercedes. La bondadosa anciana, que se reía de todos los malignos decires de la gente, la tranquilizaba entonces, confortándola con reflexiones y consejos convincentes y oportunos.
—¡No hagas caso, Chon! –le decía–. ¿Por qué te preocupa todo lo que dicen y hacen esas beatas hipócritas y deslenguadas? ¡Si es envidia lo que te tienen...! Dios sabe que no lo estás haciendo mal a nadie; y conoce tu intención... ¿No es en educar esa criatura en lo que estás pensando? Algún día, gracias a vos, Juan Ramón será doctor. Para ese entonces vos y yo estaremos hechas polvo, claro está; pero él se tendrá que acordar de vos, de las hambres que pasaron juntos, y entonces se le conmoverá el corazón y le podrá hacer muchos favores a los pobres... ¿Qué más querés que una obra de esas?
Mi madrina regresaba siempre muy calmada y satisfecha después de esas pláticas con doña Mercedes. Sin embargo, mi madrina parecía sentirse cada vez más obligada a visitarla menos, posiblemente por el temor de perjudicarla con su mala fama. Pero doña Mercedes continuaba siendo su escudo y su refugio ante la incomprensión y maldad de la gente, y la luz que alumbraba su áspero camino. También le quedaba otro amigo seguro: Bernardo, el pordiosero del Brazil. Bernardo reaccionaba indignado contra los chismes del vecindario y defendía con calor a mi madrina, que para él era una santa. Cada vez que pasaba, con su saludo cariñoso le dirigía palabras de aliento y de consuelo, como para contribuir a mitigar las amargas penas de su amiga. Yo, por eso, cada día lo quería más; y me alegraba poder regalarle siempre muchas cosas y algún dinero, que mi madrina apartaba todas las semanas para él. Bernardo, al despedirse, algunas veces me decía, sonriendo alegremente:
—Juan Ramón, serás un gran doctor. ¡El doctor de los pobres! Yo me voy a esperar ¿sabes?, pa que me cures estas manos tan encogidas y estas canillas tan inútiles... ¡Cuidado te vas a olvidar entonces de mí!. "



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