No habrá más penas ni olvido (fragmento)Osvaldo Soriano

No habrá más penas ni olvido (fragmento)

"Se arrastraron hasta salir de entre los escombros. Guglielmini tosió y escupió. La calle estaba desierta. El cielo era rojizo y el sol había bajado. El calor parecía haberse comprimido en este lugar como en un horno.
Caminaron hacia la esquina de la plaza. Al intendente le sangraba el tobillo bajo el pantalón desgarrado. El morocho se echó la escopeta al hombro, sacó los anteojos negros y al ver que estaban rotos los tiró. Sonó un balazo. El morocho sintió que el golpe lo arrancaba del piso. Tendido, aguantó el dolor que le penetraba también la espalda. Se sentó con esfuerzo y buscó el agujero por todo el cuerpo. Lo encontró en la rodilla izquierda. Cuando vio que Guglielmini y su compañero huían, se puso a llorar.
-¡Le pegué, don Ignacio! ¡Le saqué una pata! -gritó García.
Cuando el policía retiró su pistola, el delegado miró por el hueco del cartón.
-Tienes buena puntería, cabo -dijo-. La vamos a necesitar.
Entró al baño. Cerró la puerta con llave, se bajó los pantalones y se sentó sobre el inodoro. Quería pensar. Sabía que no
podrían aguantar toda la noche. Les sería imposible abandonar el edificio porque el patio estaría custodiado desde los techos. Ellos no podrían acercarse con luz mientras García y él tuvieran armas. Pero, ¿qué pasaría cuando se les terminaran las "balas? Miró su reloj y le dio cuerda. Dentro de una hora el avión no podría volar entre las casas. De todos modos, Cervino había hecho un buen trabajo. Concluyó que no les quedaban muchas posibilidades. Además, en la oscuridad, sin testigos, sería imposible rendirse. Se preguntó dónde estarían los vecinos, por qué no venían en su ayuda. Tiró la cadena y miró el agua que se arremolinaba dentro del inodoro. Fue hasta el espejo y se apretó el barrito de la nariz. Abrió la puerta y pasó a la oficina. Mateo estaba sentado en el suelo. Tenía la cara desencajada.
-Nunca me hubiera imaginado esto, don Ignacio -dijo.
-Yo tampoco. Cébate unos mates, ¿quieres?
Dos hombres de la cuadrilla arrastraron al comisario hasta la tupida arboleda de la plaza. Luego, ayudados por dos jóvenes, lo llevaron hasta la vereda, frente al cine. La ambulancia se acercó y cargaron el cuerpo sobre una camilla. Cinco hombres subieron atrás y otro se sentó junto al eme manejaba.
-¿Dónde lo llevamos?
-Al sótano del ferrocarril.
A marcha moderada la ambulancia fue alejándose del centro. Fuera del pueblo, tomó por un camino de tierra. Llanos había reaccionado, pero no se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Era como si demasiados sueños lo hubieran asaltado al mismo tiempo. Vio el revólver que le apuntaba a la cara. Después miró a los otros hombres. Sucios, vestidos con gastados pantalones, encapuchados, sostenían ametralladoras. Uno de ellos escupía a cada rato cerca de sus piernas. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com