El mundo de afuera (fragmento)Jorge Franco Ramos

El mundo de afuera (fragmento)

"El Mono y el muchacho se miraron y soltaron al tiempo una carcajada escandalosa. El Mono cayó en la cama, doblado de la risa, y el muchacho empezó a saltar sobre el colchón, también riéndose, tratando de alcanzar la falda. En uno de los saltos la agarró y cayó junto al Mono. Entre risa y risa el muchacho se revolcaba abrazado a la falda roja y, a su vez, el Mono lo abrazaba a él. En una de esas vueltas, el Mono estiró el brazo y apagó la luz.
Cada mañana, apenas se despertaba de un sobresalto, don Diego pedía que lo dejaran ir al baño. Los primeros días no le permitieron cerrar la puerta hasta que, suplicando, les hizo entender que no había la mínima posibilidad de que pudiera escapar por la ventana alta sobre la ducha. Si acaso cabe un niño, les dijo. Lo dejaron, entonces, cerrar la puerta, aunque el Mono ordenó que le arrancaran el pasador para que no la trancara. Solo así se pudo sentar don Diego, al quinto día, en un inodoro sucio y sin aro. No le permitían ducharse y, sin embargo, les pidió jabón y una toalla para asearse en el lavamanos. Eso nunca se lo concedieron. La única atención que tuvieron con él fue darle un rollo de papel higiénico. De todas maneras, cada mañana, don Diego se mojaba la cara con agua helada y humedecía el poco pelo que le quedaba.
De vuelta en el cuartucho, con el bombillo siempre prendido, perdía la noción de la noche y el día. El interruptor estaba afuera para que él no pudiera apagarlo. Sabía si el día estaba nublado o con sol si pegaba el ojo a una ranura entre dos tablas, pero le daba igual porque siempre hacía mucho frío. Si llovía, el cuarto se llenaba de goteras y tenía que arrastrar el catre hasta una esquina seca. Con todo y eso, una mañana empezó a cantar.
—Está cantando —le avisaron al Mono cuando llegó.
—¿Y?
El Cejón levantó las cejas.
—Nos dijiste que te comentáramos cualquier novedad —dijo.
—A lo mejor se está amañando —comentó Maleza.
—No —dijo el Mono—, si canta es para provocarnos —luego preguntó—: ¿Se oye de afuera?
—No creo —dijo Maleza.
—¿Cómo así que para provocarnos? —preguntó el Cejón.
El Mono no le respondió, salió por el pasillo y cuando llegó a la puerta del cuarto, se detuvo pensativo. Le hizo una seña al Cejón para que le abriera el candado.
—Buenas tardes, don Diego.
El viejo rezaba contra la pared. Siseaba una oración con los ojos cerrados y tiritaba.
—Lamento interrumpirlo —dijo el Mono.
Don Diego lo ignoró. El Mono dio unos pasos lentos, mirando el piso, y continuó:
—Les advertí que no metieran a la policía en esto, y están metidos hasta las narices. Su familia no ha querido aceptar mis condiciones. Es como si usted no les importara, doctor.
Don Diego sonrió y dijo:
—Todo lo contrario. Les importo tanto que están acatando mis órdenes.
El Mono fue hasta la silla y se sentó.
—Dígame una cosa, si en sus manos estuviera salvar a alguien, ¿lo haría?
—Claro que sí —dijo don Diego—. Lo he hecho muchas veces en mi vida, usted lo sabe. Pero en este caso es diferente.
—En este caso —lo interrumpió el Mono—, si ellos pueden salvarlo, no lo van a dejar pudrir en este cuarto.
Don Diego sonrió de nuevo.
—Ellos sí pueden ayudarme —dijo—, pero no de la manera que usted quiere.
—No van a poner en riesgo su vida.
—Usted ya me la está poniendo. Además, cualquier valor que alguien le ponga a una vida es poco. Aquí la plata es lo de menos. Es una cuestión de principios. "



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