Los anillos de Saturno (fragmento)W. G. Sebald

Los anillos de Saturno (fragmento)

"Ya antes de su viaje a Polonia y a Ucrania, Korzeniowski había buscado un empleo en la Societé Anonyme pour le Commerce du Haut-Congo. Inmediatamente después del regreso de Kazimierowska fue a visitar otra vez al gerente Albert Thys en la administración central de la sociedad en la rue de Brederode, de Bruselas. Thys, con su cuerpo gelatinoso metido a la fuerza en una levita que le venía demasiado escasa, se hallaba en una oscura oficina debajo de un mapa de África que cubría la superficie entera de la pared, y sin más preámbulos ofreció a Korzeniowski, apenas hubo formulado su deseo, el comando de un vapor que cubría la travesía por el curso superior del Congo, probablemente porque a su capitán, un alemán o danés llamado Freiesleben, lo acababan de asesinar los nativos. Después de dos semanas de preparativos precipitados y un reconocimiento somero de su aptitud para vivir en los países tropicales a cargo del médico de confianza de la Societé, que tenía el aspecto de un esqueleto fantasmagórico, Korzeniowski viaja con el ferrocarril hasta Burdeos y se embarca en el Ville de Maceio, que a mediados de mayo parte para Boma. Ya en Tenerife le acometen malos presentimientos. La vida, escribe a su hermosa tía Marguerite Poradowska en Bruselas, recientemente enviudada, es una tragicomedia —beaucoup des rêves, un rare éclair de bonheur, un peu de colère, puis le désillusionnement, des années de souffrance et la fin—, en la que, bien o mal, cada uno ha de representar su papel. A partir de este pésimo estado de ánimo, Korzeniowski descubre paulatinamente, a lo largo de la gran travesía, la locura de toda la empresa colonial. Día tras día la orilla del mar permanece inalterada, como si no se moviera de su sitio. Y sin embargo, escribe Korzeniowski, hemos dejado atrás diferentes zonas de desembarco y factorías con nombres como Gran' Bassam o Little Popo, y todas ellas parecen proceder de una grotesca farsa cualquiera. Una vez pasamos frente a un barco de guerra que estaba amarrado delante de un litoral desolador, en el que no se podía ver la más mínima señal de colonización alguna. Tanto como abarcaba la vista, solamente había océano y cielo y una delgada franja de vegetación tupida. La bandera pendía lánguida desde el mástil, la pesada embarcación de hierro se elevó perezosamente y se hundió en la resaca de fondo sucio y, a intervalos regulares, los largos cañones de quince centímetros hacían fuego, obviamente sin blanco fijo y sin razón, hacia dentro del desconocido continente africano.
Burdeos, Tenerife, Dakar, Conakry, Sierra Leona, Cotonú, Libreville, Loango, Banane, Boma... después de cuatro semanas en el mar, Korzeniowski llegó por fin al Congo, una de las metas soñadas más lejanas de su infancia. Por aquel entonces el Congo no era más que una mancha blanca en el mapa de África, sobre la que, murmurando en voz baja los nombres pintados de colores, a menudo se sentaba inclinado durante horas. No había casi nada inscrito en el interior de esta parte del mundo, ninguna línea de ferrocarril, ninguna carretera, ninguna ciudad, y como los cartógrafos en tales espacios vacíos gustaban de dibujar algún animal exótico cualquiera, un león rugiendo o un cocodrilo con las fauces abiertas, hacían del río Congo, del que sólo se sabía que su nacimiento quedaba miles de kilómetros alejado de la costa, una culebra serpenteando a través del inmenso país. Entre tanto, el mapa, por supuesto, estaba completo. The white patch had become a place of darkness. Efectivamente, en toda la historia del colonialismo, en su mayor parte aún no escrita, apenas hay un capítulo más lóbrego que el de la colonización del Congo. En septiembre de 1876, bajo la proclamación de las mejores intenciones imaginables y bajo la supuesta posposición de todos los intereses nacionales y privados, se crea la Association Internationale pour l'Exploration et la Civilisation en Afrique. Personalidades ilustres de todos los sectores de la sociedad, representantes de la alta aristocracia, de las iglesias, de la ciencia y del mundo de la economía y las finanzas participan de la junta constitutiva, en la que el rey Leopoldo, el patrocinador de la modélica empresa, explica que los amigos de la humanidad no podrían perseguir una meta más noble que aquella que hoy les une: la apertura de la última parte de nuestra tierra que, hasta ahora, había permanecido intacta a las bendiciones de la civilización. Se trata, decía el rey Leopoldo, de abrirse camino a través de la oscuridad de la que aún hoy pueblos enteros son víctimas, se trata incluso de una cruzada, que como ningún otro propósito se presta a conducir el siglo del progreso a su apogeo. Como es natural, más adelante se volatilizaría el elevado sentido expresado en esta declaración. Ya en 1885, Leopoldo, que ahora ostenta el título de Souverain de l'Etat Indépendent du Congo, es el único señor, no obligado a rendir cuentas a nadie, del territorio situado a orillas del segundo río más largo de la tierra, que abarca un millón y medio de kilómetros cuadrados y por tanto cien veces la superficie de la madre patria, del que comienza a explotar sus inagotables riquezas ahora ya sin ningún tipo de consideración. Los instrumentos de la explotación son compañías de comercio como la Societé Anonyme pour le Commerce du Haut-Congo, cuyos balances, en breve legendarios, residen en un sistema de esclavitud y trabajos forzados aprobado por todos los accionistas y por todos los europeos activos en el Congo. En algunas regiones del Congo, la jornada de trabajo, sometida a la extorsión, diezma la población aborigen hasta unos niveles mínimos, y también los que han sido secuestrados en otras partes de África o en ultramar mueren a manadas de disentería, paludismo, viruelas, beriberi, ictericia, hambre, agotamiento físico y extenuación. "



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