La isla inaudita (fragmento)Eduardo Mendoza

La isla inaudita (fragmento)

"La mujer no dio muestras de haber oído su pregunta ni tan siquiera de haber reparado en su existencia. El gigante, en cambio, sin soltar el ronzal, sacó de la faltriquera de su zamarra de cuero tachonado una cadena corta y empezó a describir molinetes en el aire con ella; silbaba el aire ominosamente con cada giro de la cadena, en cuyo manejo se veía ducho al gigante: todo hacía pensar que aquella cadena podía ser un arma mortífera en sus manos. Fábregas se quedó inmóvil. ¿Qué me va a pasar?, pensó. El hombre atildado le dirigió una sonrisa en la que era fácil discernir la mofa. Al hacerlo dejó ver que le faltaban varios dientes. Luego se acercó a Fábregas, que no osaba esbozar el menor movimiento, y, sin decir nada, le arrebató la americana que llevaba al brazo; registró los bolsillos de la americana, traspasó a los suyos el dinero que encontró en ella y la dejó caer al suelo. Luego hizo una seña a sus compañeros y los tres prosiguieron la marcha con una parsimonia a todas luces burlona y afectada. Cuando hubieron desaparecido, Fábregas se agachó, recogió la americana, la sacudió y se la echó sobre los hombros. Le temblaban las rodillas, pero se sentía satisfecho: había cumplido con su deber y las consecuencias de ello no habían sido graves: un susto breve y una suma irrisoria de dinero. Durante un momento llegué a temer por mi propia vida, pensó, ¡qué azaroso es todo!
El incidente le había aligerado el ánimo. Volvió a caminar a paso vivo y pronto dio con una cabina telefónica. Como le habían sustraído el papel moneda, pero no la calderilla, y como siempre llevaba consigo una tarjeta del hotel, en previsión de emergencias como la presente, llamó a la recepción, describió al recepcionista el lugar en que se hallaba y dio orden de que enviaran a alguien en su busca. El recepcionista le dijo que tuviera la bondad de caminar unos cincuenta pasos a la izquierda, hasta encontrar un canal; allí debía aguardar a que le recogiera una góndola que zarpaba al punto. Fábregas hizo lo que le acababa de decir el recepcionista. Al borde del canal vio caer la noche; en algunas ventanas brillaban luces pálidas, que se reflejaban en el agua; en el firmamento aparecieron unas pocas estrellas; el aire se volvió frío y la humedad le fue calando los huesos. Cuando llegó la góndola estaba aterido y de pésimo humor. Ahora el encuentro con los rufianes ya no le parecía un hecho heroico, sino ridículo. Había incurrido en un riesgo grande por pura petulancia, puesto que, en definitiva, la suerte de aquella infeliz le traía sin cuidado. Ahora sentía sobre sí el peso de aquella jornada fatigosa y vacua.
[...]
Aquella noche acompañó la cena con abundante vino y la remató con tres copas de coñac confiando en que una embriaguez moderada le ayudaría a dormir. Así ocurrió: apenas acostado cayó en un sueño profundo y tranquilo, del que le sacó bruscamente el ruido producido por la zambullida de un cuerpo en el agua. Saltó de la cama, corrió a la ventana y abrió de par en par los postigos y las persianas. A la luz de la luna escudriñó las aguas del canal: nada parecía haber perturbado su quietud recientemente. El aire estaba inmóvil y el cielo sereno. Sintió un escalofrío y cayó en la cuenta de que tenía el cuerpo entero bañado en sudor. He debido de soñar algo que ahora no acierto a precisar, pensó. Volvió a examinar con detenimiento el agua oscura y silenciosa y suspiró. Ah, ha sido aquello otra vez, se dijo. Cerró las persianas y los postigos y se tendió de nuevo en la cama a sabiendas de que ya no volvería a conciliar el sueño en varias horas. ¿Por qué esta noche precisamente, después de tanto tiempo?, pensó. Creía haber solucionado hacía mucho aquel episodio que ahora, sin justificación aparente y con la misma efectividad dolorosa de otros tiempos le devolvía a la luz de aquel atardecer remoto, junto al agua tranquila y turbia de lo que podía haber sido un río o un lago o incluso un estanque grande o una alberca, en cuya orilla se había sentado a jugar. Por más que forzaba los límites de la memoria, nunca lograba recuperar los instantes previos al inicio de aquel sueño reiterado. De su madre guardaba la imagen distinta y precisa de una mujer joven, delgada y nerviosa de gestos; del hombre, sólo lo que en aquel momento le habían permitido ver su estatura mínima y su posición: unos zapatos brillantes de dos colores, unos pantalones claros acampanados y el extremo inferior de un bastón fino o una caña de bambú. ¿Por qué he de pasar otra vez por esto?, se dijo. Le habría bastado encender la luz de la mesilla de noche para que aquellas figuras y aquel paisaje se volatilizaran. Qué más da, pensó sin moverse; después de todo, ya sé lo que va a ocurrir: ahora mamá tomará carrerilla y se tirará al agua; veré otra vez el destello de las medias de cristal cuando sus piernas pasen a la altura de mis ojos; la falda marrón, plisada; los zapatos levantarán polvo y guijarros; luego oiré el ruido de la zambullida. Como siempre, sintió que se le cortaba el resuello al ver las aguas cubrir del todo a su madre, inclusive el sombrero, que quizá llevaba sujeto a la barbilla con una goma o una cinta a modo de barboquejo o que quizá ella misma había agarrado con la mano instintivamente en el momento de ser cubierta por las aguas. Y de repente su madre estará otra vez allí, con la cara mojada, el pelo y la ropa chorreando, el sombrero en la mano, estremecida por la excitación y el frío. Él habrá roto a llorar con desconsuelo y su madre se habrá puesto en cuclillas a su lado y le habrá dicho riéndose: ¡Tonto, no llores!, ¡si era sólo un juego! Durante años había soñado esta misma escena centenares de veces, siempre con el mismo terror y con el mismo alivio, sin antecedentes ni continuación. Al principio aquel sueño le había producido una turbación y un desasosiego tan grandes que no se había atrevido a hablar con nadie del asunto. Le parecía estar en posesión de un gran secreto, sin que supiera explicar por qué, y aquella sensación le agobiaba. Al cabo de varios años, y como el mismo sueño seguía acosándole, decidió plantear a su madre la cuestión de forma más o menos directa. Pero si en alguna etapa de su vida su madre había sido aquella mujer impulsiva, excéntrica y desconcertante, capaz de arrojarse vestida a las aguas heladas de un río por impresionar a un hombre, aquella etapa había quedado atrás. Ahora ya no era una mujer esbelta y nerviosa, sino grave de porte y talante. Ahora la vida parecía consistir para ella en un concurso de padecimientos del cual procuraba salir siempre ganadora: ella era la persona que dormía menos, la que con más facilidad perdía el apetito, la más propensa a la fatiga y a la enfermedad. Si alguien decía o aparentaba sufrir en su presencia, se sulfuraba, como si aquel sufrimiento fuera una prerrogativa suya que alguien tratara de usurparle. Por esta razón o por otras, todos los intentos de Fábregas por tocar el tema dieron resultados negativos: su madre no quería oír hablar del pasado; acostumbraba a considerarse el ser más desventurado del universo, cualquier alusión a un pasado posiblemente dichoso desencadenaba un alud de lamentos y recriminaciones. Luego aquella etapa mala de su vida dejó paso a otra más serena, pero para entonces ya se había producido entre Fábregas y ella un distanciamiento difícil de salvar. "



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