Amor (fragmento)Toni Morrison

Amor (fragmento)

"También era imposible que nadie conociera las peleas que tuvieron después de que Christine regresara a la casa para instalarse de manera permanente. En su mayor parte fueron peleas verbales: discusiones acerca de si la doble C grabada en la vajilla de plata era una letra duplicada o las dos iniciales de Christine. Podría ser cualquiera de las dos cosas, porque Cosey había encargado la vajilla después de su primer matrimonio pero mucho antes del segundo. Discutieron sobre los anillos dos veces robados y la verdadera finalidad de colocarlos en los dedos de un muerto. Pero también se enzarzaron en peleas violentas, con manos, pies, dientes y objetos arrojados. Por su estatura y su carácter voluntarioso, Christine debería haber sido la ganadora indiscutible, mientras que Heed, con sus débiles manos y su pequeña talla, debería haber perdido cada encuentro. Pero los resultados estuvieron como mínimo nivelados, pues la rapidez de Heed compensaba no poco la fuerza de Christine, y su veloz astucia para prever, protegerse, rechazar, extenuaba a la enemiga. En una o dos ocasiones al año llegaban a las manos, se tiraban mutuamente del cabello, luchaban, se mordían, se abofeteaban. Nunca se hacían sangre, nunca se pedían disculpas, nunca premeditaban esos arranques pero no había año en que no salieran jadeantes de un episodio que tenía tanto de rito como de pelea. Finalmente se apaciguaban, caían en un agrio silencio e inventaban otras maneras de subrayar su odio. Junto con la edad, el reconocimiento de que ninguna de las dos podía marcharse contribuía a ese alto el fuego no pactado. Pero lo esencial era su tácita comprensión de que las peleas no hacían más que permitirles seguir juntas, porque sus motivos de queja eran demasiado serios para ello. Al igual que la amistad, el odio necesitaba algo más que intimidad física; requería creatividad y arduo trabajo para mantenerse. La primera pelea, interrumpida en 1971, señaló la voluntad de atacarse mutuamente. Dio comienzo cuando Christine sustrajo del escritorio de Heed las joyas que papá ganara en una partida de cartas, una bolsa de papel llena de alianzas de compromiso que le dio un vendedor con antecedentes penales y que él se había propuesto colocar a un perista. Unos anillos que Christine fingió que quería deslizar en los dedos de papá en su ataúd. Al cabo de cuatro años entró en la casa de Heed, con una bolsa de la compra en la mano y los dedos decorados con aquella colección de las esperanzas de otras mujeres, exigiendo derechos y espacio para cuidar de May, su madre enferma, la misma madre de la que se reiría durante años cuando se tomaba la molestia de pensar en ella. De inmediato se reanudó la lucha pospuesta y continuó con intermitencias durante una década. Cuando buscaban unos medios más interesantes de causar dolor tenían que confiar en la información personal, en las cosas que recordaban de su infancia. Cada una creía que era ella la que tenía la sartén por el mango. Puesto que Christine gozaba de una salud robusta, podía conducir, ir a todas partes y ocuparse de la casa. Sin embargo, Heed seguía al frente, continuaba ganando, no sólo porque tenía el dinero, sino también porque era lo que todo el mundo suponía que no era: inteligente. Más inteligente que la mimada que se había educado erróneamente en una escuela privada, que no sabía nada de los hombres, no estaba preparada para un auténtico trabajo y, de todos modos, era demasiado perezosa para hacerlo; un parásito que se alimentó de los hombres hasta que ellos la abandonaron y tuvo que volver a casa para roer la mano que debería lamer.
Heed estaba segura de que conocía a Christine mejor de lo que ella se conocía a sí misma. Y aunque su conocimiento de Junior se había iniciado hacía tan sólo doce horas, también conocía a la chica, y ahora sabía lo que estaba pensando la atractiva joven: la manera de engañar a una vieja artrítica, de utilizarla para satisfacer y ocultar sus anhelos. También Heed sabía de ello, de esos anhelos lo bastante intensos para hacer que saltaran lágrimas de rabia en unos ojos adultos. Como los de May cuando supo con quién se casaría su suegro. Y en unos ojos jóvenes. Como los de Christine cuando supo que su mejor amiga era la elegida. Ambas, madre e hija, se enfurecieron al pensar que había elegido por esposa a una chica de Up Beach. Una muchacha sin camisa de noche ni bañador, que nunca había utilizado dos platos llanos para comer. No se había enterado de que la comida se servía en distintos platos. Que dormía en el suelo y se bañaba el sábado en una bañera llena del agua turbia dejada por sus hermanas. Que jamás podría librarse del olor a pescado de la fábrica de conservas. Cuya familia guardaba periódicos no para leerlos, sino para el retrete. Que era incapaz de formar una frase correcta; que conocía varias letras mayúsculas pero no las minúsculas. En tales circunstancias, era preciso ayudarla continuamente. Papá la protegía, pero no estaba siempre en casa ni tampoco en todos los lugares donde la gente podía meterse con ella, porque May y Christine no eran las únicas, como se reveló cierta tarde. Con la necesaria destreza de la semianalfabeta, Heed tenía una memoria impecable y, como la mayoría de las personas que no leen, poseía una gran habilidad con los números. No sólo recordaba cuántas gaviotas habían acudido para comerse una medusa, sino también las trayectorias de sus vuelos cuando las espantaban. Comprendía a la perfección el funcionamiento del dinero. Además, tenía un oído tan agudo y potente como el de los ciegos. "



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