Paraíso (fragmento)Toni Morrison

Paraíso (fragmento)

"Las Hermanas de la Santa Cruz arrancaron todas las ninfas, pero las curvas de su cabello de mármol todavía estrangulan las hojas de parra y juguetean con su fruto. El frío se hace más intenso a medida que los hombres avanzan por las profundidades de la mansión mientras se entretienen, miran, escuchan, atentos a la maldad femenina que se esconde allí y al olor a levadura y mantequilla de la masa cuando fermenta. Uno de ellos, el más joven, mira hacia atrás, esforzándose en ver cómo transcurre el sueño en que se encuentra. La mujer que ha recibido el disparo, tendida incómodamente sobre el mármol, le hace un gesto con los dedos, o eso parece. Así pues, su sueño va bien, excepto en lo que respecta al color. Nunca ha soñado en unos colores como éstos: el negro imperial luce un remolino rojo y un amarillo denso, febril. Como las ropas de una mujer fácil. El cabecilla del grupo hace una pausa, levanta la mano izquierda para detener las siluetas que van detrás de él. Se paran, conteniendo el aliento, y aprovechan para coger mejor los rifles y pistolas. El cabecilla se vuelve e indica con gestos que se separen: vosotros dos, por ahí, a la cocina; dos más, al piso de arriba; otros dos, a la capilla. Para ir al sótano sólo quedan él, su hermano y el que cree estar soñando.
Se separan con agilidad, sin palabras ni apresuramiento. Antes, cuando han abierto de un disparo la puerta del convento, la naturaleza de su misión ha hecho que se sintieran aturdidos; pero, después de todo, su objetivo es la basura: un desecho humano que a veces, después de barrerlo hacia fuera, vuelve a entrar. De manera que ahora pueden hacer frente al veneno. Tras disparar contra la primera mujer (la blanca), todo se ha aclarado como si fuera mantequilla: el aceite del odio queda arriba; la parte dura, abajo.
Fuera, la niebla llega a la altura de la cintura. Pronto se volverá de color de plata y formará arcos iris en la hierba, lo bastante bajos como para que jueguen los niños, antes de que el sol la haga desaparecer y deje a la vista hectáreas de sorgo y, quizás, huellas de brujas.
(...)
Todavía no está claro de dónde procedían las palabras. Tal vez fuese algo que había oído, inventado o que le habían susurrado mientras dormía acurrucado sobre sus herramientas en el catre de un carromato. Se llamaba Morgan y quién sabe si inventó o robó la media docena de palabras que forjó. Unas palabras que, al principio, parecían bendecirlos; después, confundirlos, y, finalmente, anunciar que habían perdido.
El hombre observa el fregadero de la cocina. Se acerca a la larga mesa y levanta la jarra de leche. Huele primero su contenido y después, con la pistola en la mano derecha, utiliza la izquierda para llevarse la jarra a la boca y tomar tragos tan largos y acompasados que, cuando percibe el olor a pesgua, la mitad de la leche ha desaparecido.
En el piso de arriba, dos hombres recorren el pasillo y examinan los cuatro dormitorios, cada uno con una tarjeta pegada a la puerta con cinta adhesiva. El primer nombre, escrito con lápiz de labios, es Seneca. El siguiente, Divine, está escrito con tinta en mayúsculas. Cruzan miradas de complicidad cuando advierten que las mujeres no duermen en camas, como la gente normal, sino en hamacas. No hay más muebles, excepto un estrecho escritorio o una mesilla auxiliar. No hay ropa en los armarios, naturalmente, puesto que las mujeres llevaban vestidos sucios e informes y nada digno de ser llamado zapato. Sin embargo, hay cosas extrañas clavadas, pegadas con cinta adhesiva a las paredes o apoyadas contra la pared en un rincón. Un calendario de 1968 con grandes equis que indican diversas fechas (4 de abril, 19 de julio); una carta escrita con sangre cuyo satánico mensaje está tan borroso que no puede descifrarse; una carta astral; un sombrero inclinado sobre el cuello de plástico de un torso femenino y, en un lugar que, en otros tiempos, alojó a cristianos –bueno, a católicos–, no aparece ni una sola cruz de Jesús. Pero lo que más alarma a los dos hombres es la serie de zapatos y botitas infantiles atados a una cuerda que cuelga de una cuna en la última habitación en la que entran. "



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