La gaviota (fragmento)Sándor Márai

La gaviota (fragmento)

"Lo han oído y leído, sí —replica ella fríamente—, y tal vez hayan visto imágenes en los periódicos y el cinematógrafo... Pero es distinto oír el estruendo con que todo lo construido y reunido por una familia se derrumba. No es un ruido ensordecedor si has pasado más de media hora oyendo el estrépito de la artillería antiaérea, tan cerca como si las detonaciones se produjeran allí, en el sótano. Y luego se hizo un repentino silencio, un silencio que... No, es algo que no puede definirse, ni conocerse por las revistas o el cine. Ese silencio sólo puede oírse una vez en la vida, cuando la casa paterna se desploma sobre ti. ¿Que si es un minuto horrible? No lo sé... No es horrible. No se parece a nada que haya imaginado o conocido. Quizá sea como el nacimiento o la muerte, algo que sólo sucede una vez, ¿comprende? Porque casa paterna hay sólo una en la vida, una nada más, y sólo puede derrumbarse una vez, cuando le cae una bomba. Y el perro... es curioso, pero es lo que recuerdo más vívidamente. Seguro que sabe que los perros barruntan los peligros. También las arañas. ¿No me cree?... Yo vi la señal aquella tarde, gracias a nuestro perro y a las arañas del baño. Entonces ya llevaban tres noches bombardeando Helsinki y dormíamos en el sótano, mi madre, el aya, yo y el viejo perro, un gran danés. Y no teníamos miedo. Hacía tres semanas que los aviones atacaban casi todas las noches, y después de oír la alarma cada vez bajábamos al sótano, porque por la zona habían acertado a muchas casas. El perro se llamaba Castor y era uno más de la familia. Ya había cumplido diecisiete años, tenía ojos legañosos y le lagrimeaban continuamente, pero mi padre y luego yo no permitimos que lo sacrificaran porque vivía con nosotros como si fuera un viejo pariente; sabía muchas cosas y, aunque era bastante quisquilloso, formaba parte de una extraña alianza más fuerte que la voluntad humana... ¿Cómo se dice? ¿Comunidad de destinos?... Gracias. Pues Castor, el dogo danés, formaba parte de eso. Cuando mi padre murió, me convertí en su ama; dormía en el umbral de mi cuarto. Aquella noche estaba con nosotras el hombre que luego se casaría con mi madre, porque yo me negué a ser su esposa. Pero esto tal vez no le interese a usted... Castor odiaba a ese hombre, aunque era tan listo y disciplinado (me refiero al perro) que no exteriorizó su odio, y se limitaba a mostrarse alerta cuando el hombre venía a visitarnos. Aquel día, cuando la casa se desplomó, oscureció temprano. Era a principios de otoño, a finales de septiembre. Por la tarde había llovido. El hombre cenó en casa y apenas conversamos. Tiene que saber, ya que estamos hablando de ello, que ese hombre tenía la edad de mi padre y anhelaba cuanto la vida le había brindado a éste... Se habían educado juntos, más tarde establecieron juntos un negocio, y juntos cortejaron a mi madre; a ese hombre la vida le había dado todo el éxito aparente: dinero, poder... pero eso no le bastaba. Anhelaba lo que tenía mi padre: la casa, a mi madre, más tarde a mí. Hay gente así, que sólo tiene un rival en el mundo y en realidad únicamente le interesan la casa, el negocio, el lecho y la mujer del otro. Estoy segura de que ese hombre tuvo algo que ver con la muerte de mi padre, pues fomentó unas condiciones que él, mi padre (de ojos azules, tristes y dóciles, y aficionado a la lectura), no fue capaz de afrontar y prefirió morir. Pero de eso jamás hablábamos. Quería acostarse en el lecho de mi padre, a mi lado o al lado de mi madre, deseaba vivir en la casa donde mi padre y nosotras habíamos sido felices... Mi madre también lo sabía, lo había sabido ya durante los muchos años de matrimonio con mi padre. Pero... discúlpeme... sólo le cuento estas cosas para que vea que aquella noche todo había confluido perfectamente, cuanto aquel hombre deseaba, cuanto quería acaparar: la casa, ya sin mi padre, mi madre y yo. Por aquel entonces nos visitaba todas las tardes. Y Castor y yo sabíamos a qué venía, qué pretendía. Nos dábamos perfecta cuenta de todo y callábamos. De ese hombre dependían muchas cosas. Yo le tenía cierto miedo, como se le teme a un demente, no tanto a la persona del loco en sí, sino a la fuerza silenciosa y fiera que personifica. Antes de cenar, fui al baño a lavarme las manos y entonces vi las arañas. Ignoraba que en nuestra casa las hubiera... no quiero parecer la típica señorita que se envanece por la limpieza de su hogar, pero créame que en casa no se consentían los insectos en general. Y entonces, de repente, a la luz de la bombilla, me fijé en que muchas de ellas correteaban por la pared blanca, sobre el espejo y el lavabo, como una colonia enloquecida y asustada, arañas grandes y repugnantes, bajo el efecto del pánico... Y, de pie ante el espejo, me apreté las manos contra el pecho, miré las arañas y lo supe todo. ¿Todo sobre qué?... Simplemente que aquello estaba allí. Fue eso lo que pensé. Pero ¿qué estaba allí? ¿La muerte? ¿La destrucción? Eso y algo mucho peor. Algo que sólo sucede una vez en la vida, cuando sientes que se han movilizado y unido fuerzas tremendas, el sol, la luna, las estrellas, los rayos, que toda voluntad te ha puesto en su punto de mira, a ti y tu vida... Lo supe en ese instante, cuando las arañas aparecieron en las paredes blancas del lavabo, corriendo enloquecidas. Como las fieras de la Biblia, el día del Juicio Final... Me quedé mirándolas. En ese momento me despedí de mi hogar, porque sabía que aquello estaba allí... No fue una despedida racional. Dejé que el agua caliente me corriera por las manos, pero las tenía heladas. Volví a la sala, donde ya habían encendido las luces, y busqué al perro, que se me acercó enseguida gañendo. Tiene que saber usted que un dogo tan mayor es un ser majestuoso, no gañe sin razón, como hacen los perros falderos. Pero entonces se sentó ante mí, alzó su vista legañosa, como si husmeara algo, y aulló lastimero. Luego enmudeció. Sin embargo, aquella noche ya no se separó de mí. Sin mencionar las arañas, me senté a cenar con mi madre y con aquel hombre; Castor se tumbó a mis pies bajo la mesa. Yo guardaba silencio y sabía que aquello estaba allí. Pero no podía decírselo a nadie. Como callaba, mi silencio empezó a inquietar a los demás. El dogo nunca se había comportado así: el estruendo de los ataques aéreos, el estallido de las bombas, nada de eso lo ponía nervioso y nunca había bajado con nosotros al sótano. Al contrario, las noches en que nos bombardeaban deambulaba por la casa a su aire, salía al jardín, observaba los haces luminosos de los proyectiles, sin temor. Pero aquella noche estaba asustado... Y sentada con el perro bajo la mesa, sentía el calor de su cuerpo grande y viejo, y sabía que llegaba a término algo que había sido agradable... la infancia y la casa paterna, aquella calidez que hasta entonces había impregnado mi vida. Me esforcé en comer, pero me atraganté. Agaché la cabeza y me incliné sobre el plato, para no delatar mi agitación. Y como si el comedor se hubiera llenado con el espíritu de cuantos habían vivido en la casa, lo vi todo, mi infancia y la de mi padre, a mi abuelo muerto y la última Nochebuena que mi padre pasó con nosotras, lo vi todo, como si cada objeto que hubiera habido en mi casa y cada acción llevada a cabo en aquellas habitaciones hubiesen aparecido por última vez entre aquellas paredes. Cenábamos en silencio. Y entonces mi madre, blanca como la tiza, con los labios pálidos y temblorosos, tratando de sonreír pero tiritando asustada, dijo: Creo que esta noche va a pasar algo. Y el hombre añadió: Sí, yo también lo creo. Y ambas notamos el miedo en su voz, notamos que el horror le palpitaba en el corazón. Y el dogo empezó a gruñir bajo la mesa. Pensé en las arañas y sabía que aquello estaba allí. ¿Lo comprende usted? Las arañas, el perro y el peligro... ¿Cómo se vinculan las cosas en el mundo? He meditado mucho sobre ello, pero sin lograr descifrarlo... Más tarde, busqué respuestas en París y Londres, en museos y bibliotecas... Sí, porque después de aquella noche viajé a París y de allí a Londres. ¿Por qué? Ésa es otra cuestión. Simplemente me fui... Quería aprender acerca de la cultura de pueblos primitivos que aún creen en la relación de las fuerzas terrenales y los instintos humanos y animales, los que piensan que cada persona está protegida por un animal, los que se dirigen directamente a las fuerzas ciegas que determinan el destino de los hombres, los que creen que el destino puede aplacarse con sacrificios. Pero los primitivos no me dieron respuesta. Me enteré de cómo se puede matar desde lejos, simplemente con la voluntad y la intención... pero de ello no se habla en nuestro mundo, sólo se intuye el secreto de los solitarios, los chamanes, los descendientes de viajeros celestiales, en casas aisladas, junto a lagos nebulosos... Aún no habíamos acabado de cenar cuando sonaron las sirenas. Era la tercera alarma del día: la primera se había producido a las dos de la tarde; la segunda, a las seis; ambas habían durado poco y Castor había estado tranquilo en las dos ocasiones. Pero con la tercera se levantó de un salto, se le erizó el pelaje, sus ojos brillaron turbios y verdosos, daba miedo ver al viejo animal asustado, parecía el sabueso de los Baskerville... y salió corriendo y gañendo hacia la puerta, hacia el sótano. Todos lo seguimos a la carrera. Y pocos minutos después se hizo un súbito silencio. A continuación, la casa se vino abajo. Todo es distinto a como lo imagina uno —añade apenas en un susurro. "


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