Mandala (fragmento)Pearl S. Buck

Mandala (fragmento)

"Se levantó y ofreció su mano al padre Francis Paul. Él sintió durante un instante la suave frialdad sobre su palma. Moti atravesó la terraza con su ligera elegancia, con los faldones del sari revoloteando suavemente al viento, y desapareció en el interior del palacio.
El silencio descendió de nuevo entre los dos hombres, ocultando cada cual sus pensamientos al otro. El sacerdote sólo había estado enamorado en una ocasión de una mujer y ya no podía enamorarse de nuevo. Mucho tiempo atrás, cuando era sólo un muchacho, que ya tenía intención de consagrarse a la iglesia, supo que hay cierta puerta que no debe abrirse, pues una vez abierta, no puede cerrarse de nuevo. El príncipe había conocido a muchas mujeres, una de ellas su esposa, y las recordaba a todas empezando por la primera criatura que le había enviado su padre cuando tenía sólo dieciséis años «en orden —había dicho el viejo Maharaná— a que seas un hombre decente, a que permanezcas limpio y alejado de las prostitutas». De todas ellas, sólo Moti formaba una figura confusa en su mente, a pesar de ser su esposa, la mujer con la que había vivido desde los dieciocho años y que le había dado sus hijos. Le gustaría poder hablar de ella con el sacerdote, y no para pedirle consejo, sino sólo para hablar, para explorar la naturaleza de una mujer que seguía siendo un misterio, que le entregaba su cuerpo sin repugnancia pero con indiferencia, sin frialdad pero manteniéndose lejana. Sin embargo, ¿qué podía saber un sacerdote de mujeres y cómo podía hablar decentemente de su mujer aunque fuese con un religioso?
Pero experimentaba tan intensamente aquella necesidad que abordó el tema indirectamente.
—Les envidio a ustedes, a los religiosos —dijo abruptamente.
—¿De verdad? —replicó el padre Francis Paul—. ¿Y en qué sentido, Alteza?
—Bueno, pues porque son ustedes capaces, aunque no me explico cómo, de vivir libres de… de ataduras. Naturalmente, los indios también tenemos nuestros santones, hombres sagrados y todo eso, pero no sé cómo decirle, por ejemplo, parece imposible que un hombre como usted, joven y viril, esté desprovisto de pasiones… hacia las mujeres, quiero decir. Siento tanta curiosidad… ¡perdóneme!
—No estamos desprovistos de pasiones —contestó tranquilamente el padre Francis Paul.
Bebió un poco de licor y sintió una agradable dulzura en la lengua.
—Entonces, ¿cómo se las arreglan?
—En este tema sólo puedo hablar por mí mismo. ¿Que cómo me las arreglo? ¡Pues rezando! Y si eso no es suficiente, me voy a las aldeas y me pongo a trabajar. Su Alteza debe saber que estoy intentando organizar una escuela y una clínica en cada veinticinco millas cuadradas de mi zona. El gobierno está colaborando espléndidamente a ello al alentar el sistema «panchayat».
—Entonces, ¿no tiene usted vida privada, personal?
—No en el sentido que usted le da a esas palabras.
—¿Y nunca desea tenerla?
—No puedo permitirme el desear a veces la felicidad terrena. Pero usted, usted seguramente tiene toda la felicidad de este mundo, Alteza. Su familia, su posición… la excitación de la nueva India que surge por todas partes, sus proyectos…
Su voz se extinguió gradualmente como añadiendo: «Y su bella esposa».
Jagat se levantó bruscamente.
—Sí, tiene usted razón. Tengo toda la felicidad de este mundo. Y ahora, padre, si me disculpa…
El padre Francis Paul se levantó también.
—Por supuesto… ¿cómo no he pensado en ello antes…? Siempre me resulta difícil abandonar este lugar… y su compañía. Mis bhils son buenos para mí, pero…
Jagat soltó una risotada franca y comprensiva.
—¡Pero son sólo bhils! Venga con más frecuencia, padre. Usted siempre será bien recibido.
Le acompañó hasta la puerta. Dejó al sacerdote al cuidado del guarda de noche y continuó hacia sus habitaciones. Allí se asomó a la ventana y vio luz en la de Moti. Seguramente estará leyendo, pensó, suele leer hasta muy tarde. ¿Por qué padecería de insomnio si no tenía preocupaciones? Probablemente vivía en paz. La luna se reflejaba sobre las aguas del lago y dibujaba un sendero de luz que conducía a su palacio de mármol. Un presagio tal vez, y esperaba que bueno. Su mente empezó a dar vueltas de nuevo a sus problemas. Salió de la alcoba y entró en su saloncito privado. Había una luz encendida sobre la gran mesa de mármol rosa que le servía de escritorio. Allí estaban todos sus papeles: los planos, las cifras, las estimaciones, las hojas de encargo. Se quitó la chaqueta de lino blanco y se sentó en mangas de camisa. El viento nocturno había amainado y hacía un calor bochornoso, con aquella humedad que subía del lago en cuanto el sol dejaba de quemarla durante el día. Cuando instalase la electricidad en el hotel, la pondría aquí también, en este ala del palacio. Mientras tanto tendría que conformarse con el punkah. Dio unas palmadas y el sirviente, que esperaba constantemente al otro lado de la puerta, apareció con las palmas juntas ante el rostro.
—¡Punkah, chico! —ordenó Jagat lacónicamente.
El sirviente movió la cabeza de izquierda a derecha en señal de asentimiento y segundos después el antiguo punkah empezó a remover el aire sobre la cabeza de Jagat, quien centró de nuevo su atención en los planos. Frunció el ceño. ¡Aquel sacerdote hablando siempre de los bhils como si él, Jagat, no tuviese ya bastantes quebraderos de cabeza! ¿No habían dejado de ser príncipes en favor del gobierno? ¡Pues que se ocupe el gobierno de los bhils! ¡Y encima decían que el gobierno los había tratado bien! Él era leal, como lo eran casi todos los miembros de su generación, como lo fueron con los británicos que, al partir, habían dejado tras sí una sólida estructura de gobierno basada en los derechos humanos. Sí, y también habían dejado la lengua inglesa, el único medio de comunicación entre Oriente y Occidente, así como entre los múltiples pueblos, cada cual con su idioma, de la India. Naturalmente, aquello había provocado una agria polémica entre los liberales y conservadores de la India. Los conservadores querían prescindir del inglés porque lo consideraban una lengua extranjera, pero los liberales, él mismo se convertiría en uno de sus líderes, opinaban que eran muy afortunados al contar con el inglés, una lengua que les permitía no sólo la comunicación con gentes de otro hemisferio, sino el que pudieran entenderse los pueblos que integraban su propia nación. En el país existían doce o catorce lenguas importantes. ¿Quién era capaz de elegir entre ellas una lengua nacional? No tenía nada de extraño, en esas circunstancias, que el presidente se dirigiera en inglés al Parlamento, y que el primer ministro, cuando contestaba a las preguntas que se le formulaban a diario en las dos Cámaras del Parlamento de Delhi, utilizara el inglés como la lengua común de la inmensa mayoría de sus miembros. El hindú, insistían los hindúes, debía ser la lengua nacional, ¡pero había que pensar también en los telugu o los gujarati o todos los demás que no sabían una palabra de hindú! No, no, la India, a pesar de ser la madre de la cultura asiática, pertenecía al mundo moderno y había que agradecérselo en buena parte a los británicos, especialmente cuando se piensa en la inmensidad de China, donde ha quedado destruida hasta la misma estructura de gobierno dejando un enorme vacío para quien desee ocuparlo. ¡Mirad al Tibet! Los refugiados tibetanos siguen huyendo por las faldas del Himalaya, atravesando la nieve y el hielo. Pero Jagat detuvo sus pensamientos al llegar a este punto. "



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