La Mandrágora (fragmento)Niccolo Machiavelli

La Mandrágora (fragmento)

"LIGURIO.—No creo que haya en el mundo un hombre más tonto que éste, ¡ni más favorecido por la fortuna! Es rico, y su mujer hermosa, prudente, honesta y capaz de gobernar un reino. Me parece que pocas veces se cumple en los matrimonios aquel proverbio que dice «Dios los cría y ellos se juntan», porque a menudo se ve que a un hombre perfecto le toca una bestia, y viceversa: a una mujer prudente un loco. Pero de la locura de éste podemos sacar al menos una ventaja: que Callimaco no pierda la esperanza. ¡Pero si está ahí! ¿Qué haces ahí escondido, Callimaco?
CALLIMACO.—Te había visto con el doctor y esperaba que te despidieras de él para saber qué es lo que has podido hacer.
LIGURIO.—Ya sabes sus cualidades; poca prudencia y menos ánimo; tiene además pocas ganas de salir de Florencia. Con todo, le he ido encandilando y por fin me ha dicho que hará lo que sea. Y creo que haremos de él lo que queramos; pero no sé si eso nos conviene.
CALLIMACO.—¿Por qué?
LIGURIO.—¡Qué sé yo! Tú sabes bien que a esos baños va toda clase de gente y podría haber allí alguien a quien Madonna Lucrecia gustara tanto como a ti, que fuese más rico que tú, que tuviera más gracia; de manera que corremos el peligro de estar preparando el camino a otros, con lo que o bien la competencia haga más dura la conquista o bien que ablandándose ceda a otro en lugar de ceder a ti.
CALLIMACO.—Reconozco que llevas razón, pero ¿qué he de hacer? ¿Qué partido he de tomar? ¿Adonde dirigirme? Necesito intentar algo por muy difícil, peligroso, arduo o infame que sea. Mejor es morir que vivir así. Si pudiera dormir por la noche, si pudiera comer, si pudiera conversar, si pudiera distraerme con cualquier cosa sería más paciente y aguantaría el tiempo que fuese necesario; pero aquí no hay remedio y si no me mantiene la esperanza de alguna solución moriré irremisiblemente; y viendo que de todas maneras he de morir, no me da miedo nada y estoy dispuesto a tomar cualquier resolución por bestial, cruda o nefanda que sea.
LIGURIO.—No digas eso; calma, frena esos ímpetus.
CALLIMACO.—Bien ves que por refrenarlos me entretengo en tales pensamientos. Y precisamente por eso es necesario o bien que sigamos nuestro viejo plan de mandar al doctor a los baños o que tomemos otro camino que me dé alguna esperanza falsa o verdadera pero que alimente mis pensamientos y mitigue en parte mis afanes.
LIGURIO.—Tienes razón: puedes contar conmigo.
CALLIMACO.—Te creo aun cuando sé que la gente como tú vive de embaucar a los demás. Pero no creo estar entre esos, y si tú te rieras de mí y yo me diera cuenta, trataría de vengarme y perderías no sólo el acceso a mi casa sino la esperanza de todo cuanto te he prometido para el futuro.
LIGURIO.—No dudes de mi lealtad, porque aun cuando no hubiera de sacar de este asunto todo cuanto tú prometes y espero, me he compenetrado tan bien contigo que siento casi tanto interés como tú por lograr nuestro empeño. Pero dejemos esto. El doctor me ha encargado que encuentre un médico y vea a qué baños hay que ir. Quiero que hagas eso: dirás que has estudiado medicina y que has hecho en París algunas experiencias; él lo creerá fácilmente, porque es un simple y porque tú, que eres muy leí-do, le soltarás algo en latín.
CALLIMACO.—¿Y de qué nos servirá todo eso?
LIGURIO.—Nos servirá para mandarle a los baños que queramos, y para tomar otro camino que he pensado, que sería más corto, más seguro y más fácil que el de los baños.
CALLIMACO.—¿Cómo dices?
LIGURIO.—Digo que si tienes valor y confías en mí, te lo daré hecho antes de mañana a esta misma hora. Y aunque fuese hombre, que no lo es, de asegurarse de si tú eres o no médico, la brevedad del tiempo, la cosa en sí, harán que no pueda pensar, o que no tenga tiempo de estropearnos el pastel, por mucho que pensara.
CALLIMACO.—Así lo haré, aunque me llenas de esperanzas que temo se disipen como el humo.
Amor, quien no ha conocido tu yugo, en vano espera conocer del cielo las más altas delicias, ni sabe cómo a la vez se vive y muere, cómo se huye el bien para seguir el mal; cómo se puede amar uno a sí mismo menos que al prójimo; cómo a menudo temor y esperanza hielan y abrasan los corazones, ni sabe cómo por igual hombres y dioses temen las armas que te adornan. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com