La promesa (fragmento)Friedrich Dürrenmatt

La promesa (fragmento)

"Movilizamos a todos los hombres disponibles. Aquella misma noche y durante el día siguiente indagamos en los garajes por si se habían encontrado manchas de sangre en algún coche, y más tarde hicimos lo mismo en las lavanderías. Después comprobamos las coartadas de todos aquellos que alguna vez habían tenido contacto con ciertos artículos del código penal. Nuestros hombres, equipados con perros e incluso con un detector de minas, penetraron en el bosque de Magendorf donde se había cometido el crimen. Escudriñaron cada árbol en busca de huellas, esperando ante todo encontrar el arma del crimen. Analizaron sistemáticamente cada metro cuadrado, descendieron por la quebrada, inspeccionaron el arroyo. Reunieron los objetos encontrados y peinaron el bosque hasta Magendorf.
Yo mismo tomé parte en la búsqueda, aunque no era mi estilo. También Matthäi parecía inquieto. Era una agradable mañana de primavera, suave, sin viento, pero seguíamos de un humor lúgubre. Henzi interrogaba a los campesinos y a los obreros de la fábrica en El Ciervo, y nosotros nos encaminamos a la escuela. Acortamos camino atravesando un prado con árboles frutales. Algunos ya estaban llenos de llores. Procedente de la escuela, se oía cantar «Toma mi mano y guíame»[13]. La plaza delante de la escuela estaba vacía. Llamé a la puerta del aula de la que salía el canto, y entramos.
Quienes cantaban eran niños y niñas, de entre seis y ocho años. Las tres clases inferiores. La maestra, que dirigía el coro, dejó caer las manos y nos miró con desconfianza. Los niños dejaron de cantar.
[...]
Sin embargo, cuando Feller, a eso de las dos de la tarde, recogió a Matthäi para llevarle al aeropuerto, y como el equipaje ya había sido facturado, el comisario comentó que, dado que aún tenía tiempo, le gustaría dar un rodeo por Magendorf. Feller obedeció y condujo a través del bosque. Llegaron a la plaza del pueblo cuando pasaba el cortejo fúnebre, una larga comitiva de gente silenciosa. Gente del pueblo y de las aldeas vecinas, junto con otros que habían venido de la ciudad para asistir al entierro. Los periódicos ya habían informado de la muerte de Von Gunten; había una sensación general de alivio. La justicia había triunfado. Matthäi había dejado el coche y se hallaba, junto con Feller y rodeado de niños, enfrente de la iglesia. El féretro iba sobre un carro tirado por dos caballos y estaba cubierto de rosas blancas. Detrás del féretro iban los niños del pueblo, de dos en dos, con una corona, conducidos por la maestra, el profesor, el párroco, las niñas vestidas de blanco. A continuación iban los padres de Gritli Moser, dos sombras oscuras. La mujer se detuvo y contempló al comisario. Su rostro no tenía expresión, sus ojos estaban vacíos. "



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