La invención de la tradición (fragmento)Eric Hobsbawm

La invención de la tradición (fragmento)

"De mayor significado ha sido el modo en el cual la ceremonia real se ha convertido en un antídoto o una legitimación del cambio social a nivel nacional, de una manera que recuerda bastante al período anterior. Como demuestra la perspectiva a largo plazo, el efecto de la Segunda Guerra Mundial fue en gran medida mayor que el de la Primera en el ámbito social y económico. La aristocracia se ha desvanecido como parte del gobierno. Se ha producido una crisis respecto a la conformidad pública con la ética cristiana. Los problemas de raza, color, violencia, crimen y drogas han proliferado. La opinión y la legislación han cambiado notablemente en cuestiones como la pena de muerte, el aborto, el sexo antes del matrimonio y la homosexualidad. La riqueza y los ingresos se han redistribuido, no de modo drástico, pero ciertamente más que en cualquier otro momento de este siglo. Así, en una «sociedad igualitaria, sexualmente permisiva y multirracial», la monarquía continúa representando de forma fiel el papel público y ceremonial que identificaba Harold Nicolson en su descripción del Silver Jubilee de Jorge V: «Una garantía de estabilidad seguridad, continuidad: la preservación de los valores tradicionales. O como se desprende de una encuesta pública reciente:
Su existencia significa seguridad, estabilidad y prestigio nacional continuo: promete sanción religiosa y liderazgo moral, es un foco de identificación «por encima de los partidos», significa alegría, excitación y la satisfacción de la pompa ceremonial; es un símbolo importante, quizá cada vez más importante, de prestigio nacional.
Como sugieren estas palabras concluyentes, el papel del ritual real ha adquirido también un nuevo significado en un contexto internacional, a medida que la posición mundial de Gran Bretaña ha declinado profundamente. La esperanza ingenua y eufórica de la coronación, es decir, que se acercaba una nueva era isabelina, ha demostrado ser falsa. De hecho, para los observadores perspicaces de la ceremonia, las cosas no estaban tan claras. Un comentarista estadounidense, que no se dejaba llevar por la alegría del momento, sugirió que «los británicos representaban este espectáculo para dar un estímulo psicológico a un imperio tambaleante». De modo significativo, el título de Isabel era mucho menos imperial que el de sus predecesores. No era ni emperatriz de la India, ni gobernante de «los dominios británicos en ultramar», sino «jefe de la Commonwealth». Desde entonces, el deslizamiento hacia la impotencia sólo se ha acelerado, con la desintegración del imperio colonial, la desaparición de los últimos hombres de estado imperiales como Smuts y Menzies, el fiasco de Suez, los problemas en Biafra y en Irlanda del norte, las repetidas crisis económicas y la entrada de Gran Bretaña en el Mercado Común. De hecho, el funeral de estado de sir Winston Churchill en 1965, justo a medio camino entre la coronación de la reina Isabel y el Silver Jubilee, no fue sólo el último rito en honor a un gran hombre, sino que en esta época se reconoció también de modo consciente como el réquiem dedicado a Gran Bretaña como gran potencia.
De este modo, «mientras que el poder de Gran Bretaña se desvanecía..., el orgullo por la familia real crecía como algo que era únicamente nuestro y que ningún otro país podía alcanzar».208 De igual manera que en períodos anteriores de cambio internacional el ritual de la monarquía fue muy importante a la hora de legitimar la novedad del imperio formal y de dar una impresión de estabilidad en una época de desequilibrio internacional, en el mundo de la posguerra ha proporcionado un paliativo confortable a la pérdida del estatus de potencia mundial. Cuando observamos un gran acontecimiento real, impecablemente planeado, ejecutado sin errores y con un comentario acentuando (aunque erróneamente) la continuidad histórica con los antiguos tiempos de la grandeza británica, se hace casi posible creer que no se han desvanecido del todo. Como Richard Dimbleby observó de modo condescendiente en ocasión de la coronación, los estadounidenses podían ser «una raza de gran vitalidad», pero «les falta tanto la tradición» que «tendrán que esperar mil años antes de que puedan mostrar al mundo algo que sea tan significativo o tan encantador». "



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