Las hermanas Grimes (fragmento)Richard Yates

Las hermanas Grimes (fragmento)

"Sabía que estaba despierta porque podía ver la luz de la mañana en la pálida forma flotante de una persiana cerrada, a lo lejos. No era un sueño: estaba acostada en una cama junto a un hombre extraño, en un lugar extraño, sin ningún recuerdo de la noche anterior. El hombre, fuera quien fuese, le había pasado un brazo pesado y una pierna pesada por encima, y la aplastaba. Al tratar de zafarse, ella empujó una mesita de noche que se volcó con un estrépito de vidrios rotos. Él no despertó, pero gruñó y se dio la vuelta, lo que hizo posible que ella pudiera arrastrarse hasta el pie de la cama y librarse, evitando los cristales rotos; caminó luego a tientas hasta encontrar el interruptor de la luz. Conservó la calma: nunca le había sucedido algo así, pero eso no significaba que volviera a ocurrir. Si podía encontrar la ropa y salir de ese lugar, tomar un taxi y volver a su casa, tal vez aún estaba a tiempo de ordenar el mundo.
Cuando encontró el interruptor, la habitación cobró vida ante sus ojos, pero no la reconoció. Tampoco reconocía al hombre. Estaba de espaldas a ella pero podía ver su perfil; lo estudió con mucho cuidado, como si estuviera a punto de dibujarlo del natural, pero no le dijo nada. Lo único familiar en el cuarto era su ropa, puesta sobre el respaldo de un sillón tapizado en cordero y no lejos de la silla alrededor de la cual estaban desparramados, en el suelo, los zapatos del hombre, los pantalones, la camisa y la ropa interior. Vino a su mente la palabra «sórdido». Era un asunto sórdido.
Se vistió rápidamente y encontró el baño. Mientras se peinaba frente al espejo se dio cuenta de que no era crucial alejarse de ese lugar; había otra alternativa. Podía darse una ducha caliente, ir a la cocina, preparar café y esperar a que él se despertara; lo saludaría con una agradable sonrisa matinal —levemente reservada, apenas estudiada— y mientras conversaban seguramente se acordaría de todo: quién era él, cómo se habían conocido, dónde había estado ella la noche anterior. Todo le volvería a la mente, y a lo mejor el hombre le gustaba. A lo mejor sabía preparar un bloody mary para aliviar la borrachera, la invitaba a desayunar fuera, y llegaban a…
Pero ése era el consejo de la irresponsabilidad, de la promiscuidad, de la sordidez, y decidió no seguirlo. De regreso en la habitación donde había dormido levantó la mesa en forma de huso que se había venido abajo con su carga de botellas y vasos. Encontró una hoja de papel y le escribió una nota que dejó sobre la mesa:
Ten cuidado.
Hay cristales rotos en el suelo.
E.
Luego salió del apartamento y quedó libre. Hasta que estuvo en la calle —resultó ser la calle Morton, cerca de la Séptima Avenida— no empezó a sentir el peso de todo lo que había bebido la noche anterior, ya que no estaba acostumbrada. El sol la asaltó, penetrándola con rayos amarillos de dolor que le atravesaron el cráneo; apenas si podía ver, y al tratar de abrir la puerta de un taxi notó que le temblaba la mano. Pero durante el viaje a su casa, aspirando el viento caliente que entraba por la ventanilla, empezó a sentirse mejor. Era sábado —¿cómo podía estar segura del día si se había olvidado de todo lo demás?— y eso le daba dos días de recuperación antes de volver al trabajo.
Era el verano de 1961, y tenía treinta y seis años.
Al poco tiempo de volver de Iowa la habían empleado como redactora en una pequeña agencia de publicidad, y se había convertido en una especie de protegida de la mujer que la administraba. Era un buen empleo, aunque hubiera preferido estar en el periodismo, pero lo mejor de todo era que le permitía vivir en un apartamento espacioso, en un piso alto, cerca de Gramercy Park.
—Buenos días, señorita Grimes —dijo Frank, en la recepción. Nada en el rostro de él revelaba que pudiera imaginarse cómo había pasado la noche, pero no podía estar segura: recorrió el pasillo con un desusado porte de severidad, por si él la seguía con la mirada.
El papel de la pared del vestíbulo tenía un motivo de cría de caballos, en amarillo sobre gris; siempre pasaba por allí sin mirar siquiera, pero esta vez lo primero que notó al salir del ascensor fue que alguien había dibujado con lápiz un pene largo y grueso asomando entre las patas posteriores de uno de los caballos, con enormes testículos colgando. Su primer impulso fue conseguir una goma y borrarlo, pero se dio cuenta de que no serviría de nada: tendrían que poner una hoja nueva de papel encima.
Sola y segura tras la puerta cerrada de su apartamento, sintió placer al ver que todo estaba limpio. Pasó media hora en la ducha, lavándose con jabón, y mientras se bañaba se empezó a acordar de la noche anterior. Había ido al piso de un matrimonio que apenas conocía, en la calle setenta y tantos Este, y resultó que daban una fiesta grande y ruidosa, lo que explicaba sus nervios, que la hicieron beber demasiado rápido. Cerró los ojos bajo el fuerte golpe del agua y recordó una marejada de conversaciones y risas. Vinieron a su mente los rostros de personas extrañas: un hombre calvo y jovial que dijo que la descabellada idea de Kennedy presidente había sido un triunfo del dinero y las relaciones públicas; un individuo apuesto, delgado, con un traje muy caro, que le dijo: «Tengo entendido que usted también está en el juego de la publicidad»; y el hombre que era posiblemente con quien se había acostado. Tenía una voz atenta y formal, que había escuchado durante horas, y una cara común, de cejas espesas, que posiblemente era la misma que ella había observado esa mañana. Pero no se podía acordar del nombre. ¿Ned? ¿Ted? Algo así.
Se puso ropa limpia y cómoda y tomó café —le hubiera gustado beber cerveza pero tuvo miedo de abrir una botella— y empezaba a disfrutar de la sensación de haber vuelto a componer el cuadro mental cuando sonó el teléfono. El se había despertado; había gruñido al hacer las abluciones matinales y había tomado una cerveza; había encontrado el número que ella probablemente le había dado y preparado un cortés saludo en su honor, mezcla de disculpa y deseo renovado. La invitaba a desayunar o a almorzar, y ella tendría que decidir qué contestarle. Se mordió el labio y dejó que sonara el teléfono cuatro veces antes de levantar el auricular. "



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