La carreta (fragmento)Enrique Amorim

La carreta (fragmento)

"Desde el primer día, marchaba rezagada. Al pasar por el rancherío de Saucedo, un viejo que sabía mucho de yugos y picanas comentó que no era porque sus bueyes barcinos fuesen pachorrientos. La carreta marchaba como avergonzada de formar parte de la tropa. Los bueyes iban con los ojos cerrados como los toros al embestir. Llevaban seis días de marcha hacia el oeste, con el sol de frente. Sol de invierno que en los atardeceres pasaba un hilván dorado por cada carreta, con excepción de la última, cerrada con cueros negros. Las otras tres, en conserva, ayudándose los carreros mutuamente con gritos roncos y clavos de silbidos tan agudos como los que lucían las picanas. La huella se estiraba pareja para las tres carretas y al caer la noche se hacía un ovillo en la falda de algún vallecito. Casi a un tiempo se libraban los yugos y la boyada seguía por el cañadón husmeando la aguada, mientras se calentaba el agua de los primeros mates. Y recién entonces, cuando los fogones de las carretas punteras aleteaban entre las ruedas, Matacaballos, el capataz de la tropa, detenía los barcinos y acampaba a la vista como un caudillo de la soledad. -¡Tanto cuidau, tanto partes!... -dijo uno de los carreros, el correntino Eduardo, un poco mosqueado por el misterio-. ¡Y a lo mejor lleva cuatro chuzas locas! -Pa mí lleva pólvora -opinó el petiso Manolo, un tape de alpargatas bigotudas que viajaba impaciente por incorporarse a las tropas revolucionarias y calzar botas de potro que, según mentas, repartían para la futura patriada.
-¡Pimienta, qué pólvora ni qué niño muerto! -volvió a cargar Eduardo-. ¡Pimienta y gracias! -Vaya a saber... Pero algo que no debemos ver, si que lleva... -reflexionó el tape Manolo. Los otros dos compañeros callaban discretamente. Matacaballos no siempre se acercaba al fogón de los punteros. Y cuando dejaba su carreta, paraba rodeo a fin de que se hallasen presentes los cuatro hombres que le respondían. Venía a pie, abriéndose paso en la tiniebla con el pucho encendido y sin perros, porque los dejaba atados en la carreta. En las primeras jornadas, el campamento aparte no fue motivo de intrigas. Matacaballos tenía derecho a desayuntar los bueyes donde le diese la real gana. -¿No se acerca, don Mata? -habíale preguntado el hombre más entrado en años de los que traía bajo sus órdenes. Era Jerónimo, un fornido guerrillero con vago acento español. Fue en la tibia pulpería mientras llenaban sus maletas de fariña y fideos. Matacaballos no halló malicia en la pregunta, por eso dio gustosas explicaciones: -Me han pedido, ¿sabe?... que marche un poco separau. Cosas de estos tiempos de rivoluciones... Y así terminó la cosa. Matacaballos contestaba con modestia, como excusándose de permanecer al margen de la tropa. Pero no era por modestia. Lo hacía por temor de que un muchacho de veinte años, el rubio Felipe, mozo silencioso y melancólico, le diese por sospechar. Tenía razones muy serias para procurar que Felipe no se enterase de su preciada carga... El fogón de la carreta misteriosa pocas veces veíase cubierto por sombras humanas. Con Matacaballos iba Farías, un viejo de carácter despótico, en el que confiaba tanto como en sus perros. Dos figuras, dos sombras que en la noche rondaban la llama aunque para el correntino viajaba alguien más en la carreta. Pero nadie se atrevía a hacerle preguntas a Matacaballos. Éste no perdía de vista al rubio sospechoso que, a través de sus cabellos lacios, caídos sobre la cara al inclinarse a avivar el fuego, seguía todos los movimientos del distante fogón. Hablaba poco, miraba mucho. Sus ojos nuevos, atrapaban las sombras que cubrían a intervalos la luz del fogón de Matacaballos. -Este rubio me va a arruinar el trabajo -se dijo el carrero-. No despega los ojos del fogón. Durante la marcha, Felipe mal podía ocuparse de la carreta solitaria. Al desatar las coyundas, en cambio, observaba curioso. Una noche creyó ver alrededor del fuego las faldas de una mujer. "



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