La trampa del pajonal (fragmento)Enrique Amorim

La trampa del pajonal (fragmento)

"La charla de los niños anda lejos del lugar, por el campo, por los caminos. La madre los mira uno a uno y suspira. Aquello quiere decir: abnegación, sacrificio, perdón...
El amo se levanta, besa la frente de cada uno de sus hijos, luego a su mujer en los labios y camina hacia el "hall". Toma el bastón y el sombrero. Se da vuelta y ve a su mujer, en el umbral, con encendidos ojos de reproche.
Diariamente así... ¿Vencedora en el hogar? ¿Víctima en él?...
... No se puede saber...
En la calle el hombre suspira hondamente, libre de la cadena. La mujer, feliz en el fondo, si fuese una bestia, lamería a sus hijuelos, largamente. Los acaricia, los besa y, contenta de su triunfo verdadero, final, rotundo, se torna triste, para no aburrirse. Al día siguiente... ¿Para qué repetir
la historia? Diariamente.... diariamente...
Acodado en la ventana del cuarto de huéspedes, el avestrucero Pedro Farías contemplaba el amanecer. A medida que el sol iba saliendo, se dejaba estar en aquella cómoda posición. Medía con sus ojos las pampas y cerrilladas de Ñapindá, en donde habría de extender el galope de su caballo. Era el día señalado para la arriada y desplume de los avestruces. Asomaba su delgada faz, curtida por el sol. El acicalado corte de su cabello delataba sus frecuentes y largas estadas en la ciudad.
Al hallarle en aquella actitud, el peón casero, que volvía al tambo con un balde de leche en cada mano, los dejó en tierra y se puso a contemplarle. Aparentaba descansar, a la vera del sendero bordeado de naranjos.
Solamente a un recién llegado —pueblero por más señas— se le podía ocurrir la idea de acodarse en una ventana, a mirar vagamente el amanecer. Aparte de esto, algo debía tener metido en la cabeza aquel forastero, para estarse absorto en tan singular actitud.
El avestrucero Pedro Farías acababa de ser juzgado....
Por cuarta o quinta vez, arribaba a la estancia de los Amaro. Siempre en gira comercial, comisionado por un fuerte negociante en plumas. Pero, aparte de su trabajo, en esta ocasión, le llevaba a la estancia de La Ventana un vehemente deseo de alcanzar la gracia de una muchacha, hija adoptiva del matrimonio sin descendencia de los Amaro. Floriana se llamaba la protegida. Habíala conocido en un corso de Carnaval, en la vecina ciudad. A más de su rozagante y rubia juventud, Floriana poseía otro atractivo: seguramente habría de ser heredera de los dueños de La Ventana. Era, en verdad, mujer conveniente y apetecible para Farías, rudo hombre de campo a quien la ciudad había transformado su vestimenta y suavizado un poco sus manos. Como era delgado, esbelto y rubio, las prendas ciudadanas caían bien en su cuerpo.
Acodado en la ventana, dejaba vagar sus ojos, desde las pampas y cerrilladas de Ñapindá hasta la casa de los patrones. Sacaba la cabeza hacia afuera, de vez en vez, mirando atentamente a su derecha. Luego se volvía para adentro. A la derecha, entre viejas casuarinas de un verde sucio o gastado, aparecía la casa. El avestrucero aguardaba los primeros movimientos. Una puerta entreabierta, una ventana, el andar de la cocinera por el patio posterior, el ruido de una roldana, el rechinar de un gozne...
Sus días en aquella estancia estaban contados. No pasarían de tres, a lo sumo. Debía, pues, aprovecharlos desde el amanecer. "



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