Las diabólicas (fragmento)Jules Barbey d'Aurevilly

Las diabólicas (fragmento)

"Las estatuas de mármol están desnudas y la desnudez es casta. Esa es la fuerza de la castidad. Pero esa mujerzuela, criminalmente impúdica, que sería capaz de prenderse fuego a sí misma como una de las antorchas vivientes de los jardines de Nerón, para encender mejor los deseos de los hombres, y a quien su oficio le había enseñado sin duda las más bajas rúbricas de la corrupción, había combinado la transparencia insidiosa de los velos y la osadía de la carne con el genio y el mal gusto de un libertinaje atroz, pues, ¿quién ignora que en materia de libertinaje, el mal gusto es todo un poder?... Por los detalles de su atuendo, monstruosamente provocador, le recordaba a Tressignies esa estatuilla de bronce indescriptible que se encontraba en todos los anticuarios del París de entonces, y en cuya base se leía la misteriosa palabra: "Señora Husson". ¡Peligroso sueño obsceno! El sueño era aquí una realidad. Ante tan irritante realidad, ante semejante belleza absoluta, pero que no tenía la frialdad que a menudo posee la belleza absoluta, Tressignies, de regreso de Turquía, aunque hubiera sido el más hastiado de los pachás de tres colas, habría recuperado los sentidos de un cristiano, e incluso los de un anacoreta. Así, cuando muy segura de los desvaríos que estaba acostumbrada a producir, se acercó a él y le dejó caer, a la altura de la boca, el inventario de las magnificencias sabrosas de su corsé, con el movimiento resabido de la cortesana que tienta al Santo en el cuadro de Pablo Veronés, Roberto de Tressignies, que no era un santo, sintió pavor... ante lo que se le ofrecía y tomó en sus brazos a esa brutal tentadora, con igual fogosidad que ella, pues se había echado en ellos. ¿Lo haría igual en todos los brazos que se le ofrecieran? Por muy experimentada que fuera en su oficio o en su arte de cortesana, mostró esa noche tan furioso y sobrecogedor ardor, que ni aun el enajenamiento de sentidos excepcionales o enfermos hubiera bastado para explicarlo. ¿Se encontraría en los comienzos de la horrible vida de prostituta, como para hacerlo con semejante fogosidad? Pero, verdaderamente, era algo tan bestial y tan encarnizado, que parecía querer dejar la vida en ello o arrebatar la del otro en cada caricia. En el París de entonces había entre ese tipo de mujeres, quienes no les parecía muy acertado el bonito nombre de "loretes" que la literatura les había dado y que Gavarni había inmortalizado, y preferían ser conocidas con el nombre oriental de "panteras". Pues bien, nadie mejor que ella hubiese justificado el nombre de pantera... Aquella noche tuvo su agilidad, sus retorcimientos, sus saltos, sus arañazos y hasta sus mordiscos. Tressignies pudo atestiguar que hasta el presente ninguna mujer que había pasado por sus brazos, le había proporcionado unas sensaciones más inauditas que las que le ofreció esa criatura, loca por su cuerpo hasta el punto de contagiarle su locura, y ¡Tressignies había amado mucho! Pero, ¿es menester decirlo para gloria o vergüenza de la naturaleza humana? En lo que se conoce como placer, con bastante desprecio quizá, hay abismos tan profundos como en el amor. ¿A esos abismos lo arrastró ella, como el mar arrastra a los suyos a un buen nadador? Ella sobrepasó con creces sus recuerdos más culpables de mala persona, e incluso los sueños de una imaginación como la suya, violenta y corrupta a la vez. Se olvidó de todo, -de quién era ella y de por qué había venido a esa casa, a ese apartamento, que casi le produjo ganas de vomitar cuando entró en él. Seguramente ella transfirió el alma de él a su cuerpo... Embriagó hasta el delirio sentidos difíciles de emborrachar. Le colmó con tales voluptuosidades que llegó un momento en el que, este ateo en cuestión de amor, este escéptico, pensó que aquella mujer, que comerciaba con su cuerpo, se había encaprichado de él. Sí, Roberto Tressignies, que casi tenía el temple de acero de su maestro Roberto Lovelace, creyó que esa prostituta se había encaprichado de él, que no podía ser así con todos los demás, so pena de perecer muy pronto consumida. Por dos minutos, este hombre tan duro, ¡se lo creyó como un imbécil! Pero la vanidad que había encendido, con la llama de un ardiente placer similar al amor, tuvo de repente, entre dos caricias, el pequeño escalofrío de una súbita duda. "


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