Un cura casado (fragmento)Jules Barbey d'Aurevilly

Un cura casado (fragmento)

"Calixte era menos una mujer que una visión -"una visión, decía Jeanne Roussel, que casi consiguió que pudiera verla, a fuerza de hablarme de ella, como Dios quería, en sus planes, que ese malvado de Sombreval la tuviera siempre ante sus ojos". Se diría que era el Ángel del sufrimiento andando por la tierra del Señor y andando con su belleza de ángel fulgurante y virginal, la cual no podía ser profanada por el dolor por muy cruel que éste fuera. [...] Poseía la belleza cristiana, la doble poesía, la doble virtud de la Inocencia y la Expiación... La palidez de la cólera de Néel no era más que rosas lavadas por las lluvias en comparación con la palidez sobrenatural de Calixte. Como un recipiente de marfil humano, demasiado puro para resistir ante las rudas embestidas de la vida, su rostro, más que pálido, quedaba sencillamente enmarcado por unos cabellos de un rubio oro claro, recogido hacia arriba y que dejaban al descubierto sus doloridas sienes.
[...]
Demasiado ancha para considerarla un adorno, aquella cinta escarlata que le ceñía la cabeza de un blanco tan mate y bajaba muy cerca de las cejas, figuraba perfectamente la corona sangrante de una frente mártir. Se diría que era un círculo de sangre coagulada -derramada allí en sublimes torturas- y se podría pensar en las Medusas cristianas. De cuya frente abierta mana realmente sangre bajo las espinas de la coronación mística, como la que hemos visto derramarse en los últimos años de las desgarradas frentes de las estigmatizadas del Tirol.
[...]
Al acercarle la hostia, en la cual quizás percibía como Santa Teresa, a Jesucristo bajo la forma visible y sangrante de su pasión, ya no se veía en ella una muchacha que iba a expirar, sino un ser humano que la santidad divinizaba.
El rostro de Calixte se hizo totalmente celeste. Sus hermosos ojos engrandecidos emitieron un resplandor desconocido. Su cabello se iluminó como una aureola. La cruz de su frente lanzó destellos, y su palidez, diáfana como el éter, y como si su alma, desde dentro, la hubiera iluminado, transpiró un ligero efluvio de oro... Su cuerpo entero fulguró... ¡qué prodigiosa visión! (...) Calixte, atraída por el divino imán de la Eucaristía, pareció alzarse horizontalmente de su lecho y, bajo la atracción del amor, acercarse a la hostia. "



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